domingo, 19 de mayo de 2019

POR QUÉ ESCRIBO

Por Miriam Mejía (*)
octubre de 2012


En diversas ocasiones me han preguntado acerca de las motivaciones que me llevan a escribir cuentos. Confieso que las más de las veces he respondido con vaguedades. Quizás porque no me había detenido a explorar las posibles razones de una sinrazón. Analizando introspectivamente ese proceso totalizador, resbaladizo y seguro, ignoto y tan cercano, destellante y transformador como es la creación literaria, en mi pensamiento rutilan y se entremezclan imágenes pasadas y presentes. Exploro de manera puntual hechos y/o personajes de mi cotidianidad que pudiesen haber fraguado un proceso de sensibilización estética.

MI PUEBLO

En primera instancia me retraigo en los recuerdos de mi pueblo natal de gentes campechanas, sencillas, genuinas y muy laboriosas, acostumbradas a trabajar desde que el sol se levanta hasta que se pierde en el ocaso. Con sus alegrías engarzadas en las notas repiqueteantes de un encendido perico ripiao o una bachata de amargue.

Con sus casas de madera de colores alegres y brillantes y sus puertas batientes con grandes aldabones.

De calles limpias gracias a la diligencia de sus escobas de guano.

Con sus personajes pintorescos y sus poetas innatos de versos sorprendidos ante la belleza del entorno.

Pueblo como todos los demás, con el parque demarcando el punto central urbano. Su banda municipal de música de escasos instrumentos y músicos apasionados de su quehacer. En perfecto ritual, cada domingo en la glorieta del parque, la banda interpretaba su mejor repertorio de melodías bailables mientras decenas de personas se paseaban vestidas con sus mejores galas.

Pueblo ubicado en una zona de naturaleza agreste y dadivosa, de guazábaras y bayahondas donde recuas de chivos pastaban entre oréganos silvestres. Arrozales infinitos pespunteados por airosas palmeras y cocoteros. En las lejanías las azules cordilleras, contrastando con los cercanos verdes del entorno.

Pueblo de historia contada por los viejos que la sobrevivieron. Cuna de Desiderio Arias héroe nacional y de la gesta patriótica “La Barranquita”.

Mao, vocablo indígena que significa tierra entre ríos, con sus hermosos atardeceres anaranjados reflejados en la espejeante superficie de sus ríos (Yaque, Mao, y Bao) que acunan sus tierras en abrazo eterno.

Tierras matizadas por la fertilidad que fermentaba el río más largo de la isla. Con resonancias de cascabeles y rivera matizada por ululantes bambúes, donde florecidos flamboyanes descolgaban perezosos sobre la irisada piel de su caudal.

Muy temprano en mi vida aprendí a nadar en sus aguas sorteando sus corrientes indescifrables, cabalgando en el tronco de una mata de plátano o cruzando a nado sus áreas profundas. Sentía una atracción especial por las piedras y légamos de su cauce donde, según contaban los mayores, se escondían nuestros antepasados taínos.

MUJERES ESPECIALES

Las mujeres de mi pueblo, de tan comunes y corrientes devenían en mujeres especiales. Mujeres sabias que, sin proponérselo, transgredían su entorno.

Mi madre, mujer de corazón inmenso. Dedicada por completo a cuidar su larga familia la que como ella, debía acostarse con las gallinas y levantarse con el primer cantar de los gallos. Cocinera mágica, con muy poco hacía deliciosas maravillas. Nadie como ella para preparar un oloroso sancocho de tres carnes o un suave y cremoso dulce de batata. Costurera práctica, nacida de la necesidad de abaratar los costos que implicaba vestir a sus hijas e hijos. Depositaria y dadora de conocimientos ancestrales. Siempre presta a auxiliar enfermos. En esa, según ella su misión, desarrolló un conocimiento vasto sobre plantas medicinales y remedios caseros.

Las sembradoras de arroz con sus sombreros de cana de ala ancha y sus pantalones amarrados a media pierna, con el torso inclinado bajo el sol inclemente mientras plantaban el cereal, entonando a coro cantos de siembra.

Ubaldina Almonte, apodada la vieja desde niña, sembradora de arroz sin competencia. Se jactaba de que ningún hombre la había sobrepasado en su agilidad asombrosa de plantar y recosechar el demandado cereal. Experta en extirpar con fuego las sanguijuelas que con sus ávidas bocas en forma de ventosas se adherían inclementes a los descalzos pies de los(as) sembradores(as) de arroz, pero sumamente miedosa ante la presencia de cualquier minúsculo gusano o indecisa cucaracha.

Mamaína la comadrona de muchas millas a la redonda quien vio nacer a medio pueblo y bautizó al resto.

Doña Milita la rezadora, con su voz adormilada, hojeando sin leer el libro de oraciones que se aprendió a la perfección de tanto velar difuntos mientras, de manera displicente, deslizaba entre sus dedos las incompletas cuentas de su viejo rosario.

Emilia, experiencia probada en la elaboración de conconetes. Niños y niñas hacíamos fila frente a la vitrina de su ventorrillo para adquirir los caballitos de harina. De color marrón oscuro los caballitos, de patas regordetas y una cola simbólica, no pasaban mucho tiempo detrás de la pequeña vidriera.

Clementina lavando y planchando montañas de ropa por paga. Solía decir que nadie como ella para planchar un pantalón almidonado y hacerle el finísimo filo. Alardeaba de que en su hogar se podía comer en las brillantes bacinillas por la pulcritud con que mantenía su casa. Murió con sus pulmones horadados de tanto inhalar las emanaciones del cloro usado en la limpieza.

Ernestina experta en carnes saladas, longanizas, morcillas y mondongos. De madrugada esperaba las calientes vísceras de los animales sacrificados para luego ir al cercano canal a limpiar tripas y estómagos mientras cientos de voraces e impacientes pececitos la rodeaban en espera del fétido manjar. De cuando en vez atendía la solicitud de alguna madre desesperada porque su hijo o hija no caminaba. Indiferente a los chillidos de pavor de niños y niñas los sentaba en los estómagos de reses recién abiertos. Convencida a su decir de que el calor emanado de las abiertas entrañas fortalecería las “babillas” de las débiles rodillas infantiles.

Doña Negra quien hacía los dulces de leche más sabrosos de la región. Era todo un espectáculo observarla en el proceso de cortar el dulce extendido en una mesa. Rapidez y geometría. En un abrir y cerrar de ojos los dulces en forma romboidal comenzaban a depositarse simétricamente en bandejas listos para la venta.

Sigfrida y Miosotis reconocidas meretrices quienes cantaban salves en velorios de niños y niñas.

Blanca, celestina de siempre, haciendo guardia para que ningún hombre abusara de las muchachas de su negocio clandestino que funcionaba a la luz pública.

Tatica, llamada la loca mansa, siempre descalza caminando de vecindario en vecindario cargando en la cabeza un altar en forma de capilla como penitencia, a su decir, por todas aquellas promesas que otros no cumplieron.

Daniela mujer callada y hacendosa cuidadora de apiarios, quien en cada embarazo entraba en estado de locura. Caminaba noches enteras tirando piedras, tocando puertas y llamando por sus nombres a todos los habitantes del vecindario. Con el parto recuperaba su cordura y más silenciosa que nunca regresaba a sus hijos y a las colmenas.

EL MUNDO DE LOS HOMBRES

Sobre el mundo paralelo de los hombres guardo innúmeras historias.

Mi padre quien me enseñó a leer y escribir a los tres años de edad y a contar y multiplicar utilizando el recurso de las brillantes semillas de cañafístula. Lector asiduo del periódico más importante de la época del que solía leer en voz alta hasta los anuncios clasificados. Esposo solidario y padre ejemplar. Madrugador empedernido con la firme convicción de que el dicho “quien madruga Dios lo ayuda” no era una simple frase. Para cuando mi madre se levantaba encontraba las viandas alegremente hirviendo y el café listo. El día lo sorprendía en su faena de traquear sus gallos de pelea. De las galleras regresaba cargado de canquiñas latigosas, hojaldres y roquetes que hacían la delicia de todos nosotros. De recio carácter pero amable y juguetón. Experto en sorprender a más de una garganta con el “tin bola” y pellizcar ingenuos deditos con la treta de “mete un dedo aquí que la cacatica no está aquí”. Firme creyente de que una mujer no se debía casar hasta que no supiera hacer un ojal, pero conminando a sus hijas a que estudiaran para que no tuvieran que depender económicamente de ningún hombre.

Agustín asador de puercos en pulla por encargo. Durante el año recorría los montes buscando las mejores horquetas. Seis para cada puerco a ser asado. Tres de un lado, pegadas una de la otra y a diferentes alturas. Lo mismo del lado opuesto. Preparaba las horquetas en los abiertos traspatios de las casas que le habían solicitado el servicio. Las hogueras en que asaba los bien sazonados cerdos iluminaban la madrugada y el olor de la carne asada despertaba el vecindario. Con las primeras luces del día, niños y niñas revoleteábamos alrededor del apetitoso manjar disputándonos el crujiente rabo. Mientras, Agustín medio acostado al pie de un árbol y rodeado de botellas semivacías de aguardiente y diferentes rones dormía lo que el llamaba su jumo pascuero y de año nuevo.

Ballillo el vendedor de verduras y vegetales en su bicicleta de canastos. Se desplazaba por el vecindario promoviendo su venta a voz en cuello. Nadie se quedaba sin comer ensalada por falta de dinero porque él, presto, regalaba gustoso el producto de sus hortalizas.

Júa el fotógrafo, vestido de frac en medio del calor reverberante.

Marrañao tocando un merengue con notas musicales extraídas en el accionar de uno de sus brazos aprisionando la mano opuesta en el hueco de sus axilas. Luego descansaba del intenso ejercicio y pasaba a las melodías extraídas de un añejo y destartalado xilofón plástico.

Juanito “el Búcaro” dueño de miles de cabezas de ganado, interrumpiendo la quietud de los amaneceres con la bocina de su carro replicando el mujir de una vaca que busca por su becerro recién nacido.

Josesito el Quinielero promoviendo sus quinielas y billetes con el constante repiquetear de un timbre de manivela instalado en el timón derecho de su archi-adornada bicicleta que a su decir “cuidaba como una señorita”. Cintas multicolores adornaban en círculos concéntricos los aros de las ruedas. Iguales lazos colgaban de la empuñadura plásticas de los timones. Dos relucientes espejos retrovisores, y una bocinilla en forma de corneta manual completaban la rebuscada decoración. Sin descuidar la parrilla de entramado barroco donde cada domingo transportaba a su mujer.

Lucas abogado práctico y experto en mensura catastral. Más de una persona perdió propiedades por sus constantes enredos judiciales.

Sebastián el barbero haciendo cojines con pelo humano. El nombre de la barbería escrito en la puerta: “Valbería La cinigual” ce recoltan hombre.

René el barquillero recorría poblados cercanos con su rechinante carrito de madera de tres ruedas. Todo aquel que compraba una barquilla tenía opción a la “ñapa”. La minúscula barquilla se rifaba utilizando una rústica ruleta con clavos. Una paletilla de madera con un rápido “taque-taque-taque” luego lenta, lenta, muy lenta determinaba el feliz ganador o ganadora del codiciado premio.

Suárez el cuenta cuentos nutrió mi imaginación con su forma peculiar de contar historias. Trota-pueblos incansable, de figura menuda y caminar ligero. Regresaba al vecindario cada luna llena a contar en forma de cuentos la experiencia adquirida en cada viaje. Adultos y niños aguardamos ávidos cada nuevo regreso. Sentados en círculo permanecíamos callados mientras él hacia magia con su verbo elaborado y descriptivo. Dominaba la cuentística oral con tal maestría que de sus cuerdas vocales pareciera que brotaban imágenes que casi se podían tocar. Sentada por horas en el círculo de contar cuentos aprendí a admirar las figuras de Pedro Animal y Juan Bobo. Héroes de extracción popular que ayudaban a los depauperados. En esa versión Juan no tenía nada de bobo y de la figura de Pedro emanaba una sabiduría que movía a emularlo.

EL CENTRAL

Crecí a muy pocos kilómetros de un ingenio azucarero que en tiempos de zafra impregnaba la brisa con los peculiares efluvios de su trapiche. En ocasiones grandes humaredas negras ascendían el firmamento para luego disolverse en una lluvia de despojos producto de cañaverales quemados.

Tiempos de molienda. Largas jornadas de trabajo bajo un sol abrasador. Cansancio medular. Bueyes y carretas en movimiento eterno. Cortadores de caña desangrados en ríos de sudor. Mochas blandidas en un sesgo perfecto. Gajos de caña como única comida del día para exorcizar sed y hambre.

Cada nueva zafra engrosando el nivel de hacinamiento de los barrancones del batey. El producto del trabajo endeudado en los vales por adelantado de la bodega perteneciente al central. La pobreza brotando por los ojos famélicos de niñas y niños haitianas(os).

Entonces de nuevo el regreso. Camiones de todos los tamaños en grotesca procesión atiborrados de seres humanos. Personas mayores, niños y niñas, mujeres, hombres amontonados en la partida-regreso sin fin.

En medio de la vida resquebrajada por la pobreza, todo el colorido y la fuerza expresiva del baile del ga-ga. El grupo compacto recorría su ruta entre sudores, olores y cimbreantes cinturas al ritmo del fotuto y los tambores. La ofrenda de canto, danza y música contrastaba a su paso con el oleaje de los amarillos intensos de los florecidos cardos santos.

FACETAS

Fui en mi familia la del centro, el mismo número de hermanos antes y después de mí. Punto de intersección entre los dilemas de los mayores y la fantasía de los menores. En medio de la nada y de todo. Tejiendo con hilos de la imaginación todo lo incomprensible. Realidad y fantasía en trémulo abrazo definiendo con ribetes indelebles la memoria de lo vivido.

Ya en mi adultez y como madre de tres seres muy especiales, de nuevo experimenté muy de cerca la magia hermosa de la fantasía infantil. Con mi hija y mis dos hijos volví a montarme en barcos imaginarios que surcaban inmensos océanos o volar tan alto como las nubes y luego comer parte de ellas en un palito azucarado. Ellos motivaron mi primer cuento que fue publicado en una sección infantil de un periódico nacional dominicano.

De niña solía leer lo que llegase a mis manos. Revistas viejas. Periódicos sin vigencia. Diccionarios. Luego los paquitos. Muchos. Montañas de los mismos. Más luego las novelas románticas, lecturas que hacía a escondidas de mis padres. Sin dejar de mencionar el período dedicado a las siempre idénticas novelitas de vaqueros. En sexto grado me inicié en la lectura de novelas clásicas latinoamericanas marcando una fase en mi vida que ya no tuvo retroceso.

Deuda eterna a los profesores y profesoras especiales con quienes tuve la buena fortuna de cruzar caminos en mis tiempos de estudiante. Maestros y maestras que hicieron una diferencia en mi vida. Doña Leopoldina paciente y amorosa quien alfabetizó a todos los alfabetizados en el área. Frank Coronado maestro sin igual, mago en lectura comprensiva. Doña Neyda maestra que trascendió sus tiempos, siempre conminando a la lectura. Lavinia del Villar, maestra ejemplo, muy joven, de mucha rectitud, su sabiduría me embelezaba y su modo de enseñar me hizo mejor ser humana. Manuelito Ferreira con su dicción impecable. Dirigiéndonos en el análisis de grandes autores. Describiendo de manera majestuosa las figuras gramaticales y exacerbando la composición. Freddy Núñez un visionario profesor de literatura. Sin dejar de lado aquellos que estimularon mi afición por las matemáticas. En mi primer año de universidad tuve el honor de sentarme en la cátedra de Don Pedro Mir maestro de maestros. El asombro de lo aprendido en tan corto tiempo me ha acompañado por siempre.

DESTELLOS DE UNA COMUNIDAD

Mi arribo como inmigrante a New York reforzó el caudal de historias que mueven a ser contadas. Las luchas cotidianas de una comunidad fuerte en sus desafíos. Las nostalgias por la patria lejana y los seres queridos dejados atrás mueven los mecanismos que bloquean el desarraigo.

Agencias de viajes ofertando todo tipo de paquetes turísticos para regresar a recrearse en las azules aguas de “República Dominicana, la inagotable”. Vuelos aéreos repletos de dominicanidad. “La Quisqueyana”. “Navarrete Travel & Tours”. “American World Travel”. El alborozo navideño del viaje de Juanita “quien regresa a su patria con sus maletas cargadas de lejanía” luego de mucho esfuerzo para completar el costo total de su ticket de vuelo.

Remesas. Más remesas. Estafetas de llamadas de angostas cabinas donde sólo queda espacio para el anhelo de estar en contacto con los que están lejos. Telefonía para transmitir miles de historias de amor, de afectos y desafectos, de celos, de felicitaciones, de pésame o de buenas nuevas.

Tarjetas de llamadas para complacer todos los gustos “La Cibaeñita”, “La Sanjuanera”, “La Cigua”, “Merengue Ripiao”, “Plátano”, “Tiriquito”, “No me jodas phone card”

Desfiles y paradas para hacer ondear la bandera tricolor y bañar de merengue y bachata exclusivas avenidas neuyorquinas.

El solitario busto del patricio Juan Pablo Duarte ubicado en el Bajo Manhatan, mirando imperturbable en dirección a la isla de Quisqueya e inmune a las grandes nevadas y bajas temperaturas, cada 27 de Febrero recibe flores lleno de regocijo.

La representación dominicana llega al concejo de la ciudad y a la Asamblea del Estado de New York. La comunidad crece, se expande, se fortalece. En el “Alto Manjata”, bién llamado “Quisqueya Heights” escuelas y calles se enorgullecen con nombres de héroes y heroínas dominicanos(as).

Solidaridades espontáneas en espacios creados desde la necesidad misma. Bodegas repletas de productos esenciales en la comida dominicana. Villa Jaragua Deli &Grocery. Dominicana Grocery Store. El Primo Supermarket. Villa Duarte Delicatessen.

Elsa reina desde su imperio de chicharrones crujientes acompañados de batatas fritas, yuca recién sancochada o casabe serrano.

En navidad y todo el año, Bienbo atiende el desfile continuo de personas interesados(as) en comprar puercos asados enteros o por libras

Cajas de plátanos que viajan por correo con la etiqueta de “special delivery” cumpliendo con el objetivo de alimentar la conexión con el (la) estudiante dominicano(a) que se fue a estudiar a un college en upstate.

Vendedores ambulantes promoviendo sus mercancías. Doña Nena con sus habichuelas con dulce, maíz caquiao y arroz con leche. Antonia con su carrito de compras repleto de arepa dulce mientras a voz en cuello va diciendo: “areeeepaaa, aaareeeepaaaa”. Juan M. ubicado en la Calle Wadsworht esquina 181 con su archi-demandada empanada de catibía y su peculiar manera de preguntar ¿primo de que la quiere, suave o tostadita? Ahora tengo las tres clases, pollo, res y queso. Frío-fríos en verano: de jagua, limón, anís o la infaltable frambuesa.

Camiones de carga y guaguas amarillas adaptados para vender comida típica dominicana. Longanizas fritas, orejitas de puerco, chicharrones, morcillas, mondongo, mangú, sopas, moros de todos tipo expuestos en las alumbradas vitrinas que activa una planta eléctrica o una conexión a un poste de energía eléctrica.

Bases de taxis que contribuyen a la ampliación del desarrollo económico de la comunidad. Taxis sin necesidad de particiones interiores. Taxistas conversadores contando su historia y escuchando miles más como forma de mitigar su solitario trabajar. Siempre atentos a responder las rápidas llamadas del “dispacher”. “Aquí trifortrí, digale que ya estoy cerca. Voy por el “jaguelito” del puente. Déjele saber que la recojo en un dos por tres. Que vaya bajando porque en menos de lo que canta un gallo estaré frente al building”

Salones de belleza para dejar salir los desconsuelos mientras el pelo recibe los tratamientos suavizantes traídos desde la República.

Lavanderías para cultivar la amistad y recordar a los ausentes. Puerto Plata Landromat. Lavanderia “La prima”. Se dobla y se lleva la ropa a domicilio

Juegos de dominó en las esquinas de los calurosos veranos exclamando de cuando en vez un alegre ¡¡coño capicúa!!

Merengues y bachatas para exorcizar los crudos inviernos mientras se resiste la presión del vecino que conmina a irse con la música al lugar de donde vinieron.

ELUCUBRACIÓN FINAL

Debo concluir entonces que quizás escribo para no olvidar lo vivido, talvez como una forma de buscarle color a mis palabras o simplemente para nombrar lo que me rodea como una forma de tratar de entender mejor la razón de una sin razón.



(*) Miriam Mejía, escritora dominicana residente en New York. Estudió Estadísticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha publicado: Crisálida (cuentos, 1997); De Fantasmas interiores y otras complejidades (cuentos, 2004); Garabatos en púrpura (2007); Piel de agua (2008). Textos suyos aparecen en las antologías Di aroma di cafe (2006); Antología de cuentistas dominicanas (2007); Voces de la Inmigración: Historias y testimonios de mujeres inmigrantes Dominicanas (2007). Aristas ancestrales es su segundo libro de poesías.

Miriam nació en Mao y dice que a pesar de estar lejos, nunca ha perdido contacto con sus gentes y siempre lleva a Mao en su corazón.

Su website es miriammejia.com

Hace unos meses, la prestigiosa periodista Ángela Peña escribió el reportaje, Ya no lloro cuando me voy , acerca de Miriam Mejía.



ENLACES A MÁS DE, Y SOBRE, MIRIAM MEJÍA

DOS NUEVOS LIBROS DE MIRIAM MEJÍA

AFORISMOS DE MIRIAM MEJÍA

ASOMBRO - POEMA

EL ASESINO - CUENTO

CONVERSACIÓN - CUENTO

MI RELACIÓN CON LA FOTOGRAFÍA

INVITACIÓN A PUESTA EN CIRCULACIÓN DE LIBRO DE MIRIAM MEJÍA

CANTO A MI NEGRITUD

YA NO LLORO CUANDO ME VOY, por Ángela Peña

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