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viernes, 7 de diciembre de 2018
CONVERSACIONES CON BORGES
Por José Donoso Yáñez
«Borges... ¡oh, claro! Jorge Luis Borges», decía yo en Chile cuando se hablaba del escritor argentino, y aunque su nombre aparecía familiar en mi mente, rodeado de prestigio y de importancia, jamás lo había leído, ni hubiera sabido decir nada de él.
Pero llegando a Buenos Aires comencé a oírlo nombrar con tal veneración por unos, y con tal desprecio por otros, que en mi mente su prestigio aumentó enormemente. Sin embargo, aún no lo leía. Hasta que una tarde, sentado con Enrique Zuleta, el extraordinario crítico literario de la Universidad de Mendoza, a una mesita de la confitería El Águila, observando cómo los habitantes del Barrio Norte, aristocrático, europeo, y absurdo en su pequeñez de aldea, entraban a divertirse, exclamó: «¡Ché, pero lo tenés que leer! ¡Ahora mismo!». Pagamos, y en la librería contigua al «Águila» Zuleta compró los dos tomos de cuentos de Borges, Ficciones y El Aleph, y me los colocó debajo del brazo, reconviniéndome seriamente para que los leyera, y diciéndome que antes del fin de la semana me llamaría para que habláramos sobre Borges.
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