¿Qué tiene el humilde haiku para haber atraído a tantos y tan distintos poetas a lo largo de los siglos?
Quizá sea la sencillez de su estructura —17 sílabas divididas en tres versos— que obliga a condensar la carga poética en un único y breve fogonazo. O tal vez la exigencia que impone al autor, que debe despojarse de su ‘yo’ y fijar la atención en un instante irrepetible que transcurre ante sus ojos:
¡Un viejo estanque!
Dentro salta una rana…
Ruido del agua.

