A Roberto Rafael Rodríguez Rodríguez
Como de costumbre, Macondiano y Talito, después de entregar sus columnas al semanario para el que contribuían con sus escritos, se juntaron en el parque Common, de Salem, para hacer su caminata semanal. Era un sábado esplendoroso de principios de septiembre, soleado y de temperatura agradable. Las hojas comenzaban a madurar, algunas a caer, y la gente se apresuraba a gozar del buen clima antes de que se agudizara el frío. Todo Salem parecía estar en el parque; muchos, con sus mascotas.
Mientras caminaban, Talito y Macondiano, que conversaban animadamente sobre los play-offs de las Grandes Ligas, para los que los Medias Rojas habían sido eliminados, vieron de pronto a un señor de pelo, barba, zapatos y traje blancos, vistiendo corbata negra azabache, muy aristocrático él, con un parecido al Coronel Sanders, el de los Kentucky Fried Chicken, que se les paró en frente y les dijo sentencioso: “De lo que es capaz un perro, son capaces todos los perros”, y prosiguió su marcha con aire marcial, caminando erecto, como midiendo los pasos, con el brazo izquierdo doblado detrás con elegancia, y empuñando con la mano derecha un bastón fino y reluciente de color dorado el que acotejaba horizontalmente debajo del brazo derecho y apoyaba esporádicamente en tierra, y que evidentemente no necesitaba.
