Segundo capítulo del libro “Invitación a la lectura”
Sobre cual sea el valor específico del arte literario, y por lo tanto, qué puede obtener o recibir quien escucha o lee literatura, hay varias teorías que se proponen a nuestro examen.
Afirma una de ellas que la literatura nos da una forma del conocimiento, forma diferente de las que pueden dar la ciencia y la filosofía. Aristóteles nos dice que la historia nos presenta lo que ha pasado, y la literatura lo que puede pasar, lo que es general y probable, en los aspectos esenciales que el tiempo no puede alterar. Ante la literatura nos hallamos, pues, ante la eternidad de lo probable.
A esta teoría parece oponerse la que proclama la importancia que en literatura tiene lo particular o individual. Un personaje literario bien concebido no es solamente un tipo genérico, es una personalidad. Hamlet no es la encarnación de la duda, ni Otelo la de los celos: ambos son seres humanos de gran complejidad, con esa «infinita variedad» que el propio Shakespeare atribuye a su personaje Cleopatra. La duda que atormenta a Hamlet es la suya propia, no la que puede haber sentido por un instante su precursor Orestes; los celos de Otelo son los que caben en su sensibilidad, y verosímilmente, como lo sugiere Marañón, son más accidentales que esenciales a su naturaleza. No ponen en juego los mismos resortes psicológicos que, por ejemplo, los del Tetrarca en El mayor monstruo, los celos de Calderón.
