Como le iba diciendo...
A veces quisiera poseer una supermemoria, para no tener que consumirme en la frustración (cada día más frecuente) de no poder recordar dónde puse las llaves del carro o cómo se llama esa persona cuyo nombre tengo en la punta de la lengua, etc. Pero, ¿cuán buena me gustaría que fuera mi memoria? ¿Quiero una memoria perfecta? ¿Me haría eso un mejor ser humano, más completo, mucho más feliz?
Recientemente volví a leer el cuento “Funes, el memorioso”, de Jorge Luis Borges, que relata la historia de Ireneo Funes, un joven con una memoria infalible, incapaz de olvidar, que para él es como una maldición, pues Funes no puede distinguir entre lo trivial y lo importante, lo que le impide priorizar, generalizar y hasta dormir. Definitivamente, la memoria de Funes, que muere a los 21 años (aunque no de un cerebro recargado e hinchado, sino de una congestión pulmonar) es demasiado buena; y para él, causa de tortura.