“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, dice el relato de Augusto Monterroso. Eso es todo.
Con solo siete palabras, es uno de los microrrelatos más celebrados de los millones que existen. Tratando de descubrir dónde está la magia que lo hace tan famoso, he reunido dos opiniones al respecto. Veamos:
LA DE RAFAEL CARCELÉN
“Al leer este brevísimo relato de Augusto Monterroso, pueden pasar dos cosas: que uno no vea dónde está el interés o que su cabeza empiece a dar vueltas. Tenemos a alguien que se despierta y que, o bien antes de dormirse o bien durante el sueño, se ha topado con un dinosaurio. Al despertar, proceda de donde proceda, el animal sigue allí, prolongando la pesadilla. Además, ese “todavía” de la segunda oración aporta una enorme carga amenazante del animal a toda la escena. Como si el personaje, aunque le cueste creerlo, no hubiese podido deshacerse de él. Por insólito que sea todo aquí, podemos llegar a pensar que se trata de algo simbólico, abstracto, como esas pesadas cargas que llevamos encima y de las que no nos libramos tan fácilmente. Incluso, por la sintaxis y las elipsis en el texto, cabe interpretar que quien despierta es el propio dinosaurio, convertido así en personaje central del relato. Pero nada de todo esto se encuentra implícitamente en las siete palabras del microrrelato; y, sin embargo, como una cápsula vitaminada, apenas leído el texto toda nuestra imaginación se activa y empapa nuestro sensible territorio intelectual y emocional.
