por Alex Joyce,
especialista en “demoliciones perversas”, según sus propias palabras. Sus
reseñas son despiadas, irreverentes, (¿blasfemas?... usted decidirá),
sobre obras reverenciadas y que en general se colocan entre las más
respetadas de la literatura mundial.
No hay empresa más peligrosa en estos tiempos de inflación literaria que abrir
un libro con entusiasmo. Uno corre el riesgo de quedar sepultado bajo las olas
de la erudición o de ahogarse en el océano de la grandilocuencia. Yo, que por
desgracia aún conservo la manía de leer cuanto cae en mis manos, caí como
muchos en las redes de una novela titulada
Moby Dick, obra de un tal Herman Melville, norteamericano él,
por oficio temporal el de cronista de cetáceos y filósofo de los mares.
¡Dichoso hombre! ¡Qué talento para complicar lo sencillo y para agotar la
paciencia ajena!
Cuando oí hablar por primera vez de esa ballena blanca que enloquece a los
hombres, creí hallarme ante una alegoría interesante. Pensé: he aquí una
parábola de la ambición humana, un espejo donde se reflejará la locura de
quien persigue lo imposible. ¡Oh ingenuidad de lector confiado! Abrí el
volumen con el mismo fervor con que el marinero iza su vela al primer soplo
del viento, y apenas había avanzado unas páginas cuando comprendí que el viaje
sería largo, penoso y, sobre todo, sin recompensa.


















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