Por Maria Popova
Revista The Marginalian
Una de las grandes paradojas de estar vivos en esta civilización es que
hemos llegado a temer y desvalorizar el triunfo que supone haber vivido,
olvidando que envejecer no es un castigo, sino un privilegio: el de haber
sobrevivido a
la soledad de la infancia, a la impetuosa inseguridad de la juventud y a las
turbulencias de la mediana edad, para así comenzar el continuo acto creativo de aferrarse mientras se
aprende a dejar ir.
Esto no resulta fácil en una cultura que fetichiza la juventud y que nos
envuelve en un manto de invisibilidad a medida que la vida nos va despojando
del tiempo. Necesitamos toda la ayuda posible: un equivalente psicológico de
lo que Eva Perón intentó lograr en el ámbito político con su
decálogo constitucional para la dignidad de la vejez. A continuación presento la mejor ayuda que he encontrado a lo largo de
los años: una especie de
decálogo para la constitución del país interior.



















