por Alex Joyce, especialista en “demoliciones perversas”, según sus propias
palabras. Sus reseñas son despiadas, irreverentes, (¿blasfemas?... usted
decidirá), sobre obras reverenciadas y que en general se colocan entre las
más respetadas de la literatura mundial.
Hay libros que, al cerrarlos, dejan en el alma una impresión viva, una
inquietud, un fuego interior, o cuando menos una sonrisa. Otros, en cambio,
dejan tan sólo el polvo de las páginas y un bostezo que amenaza con romper el
techo. Entre estos últimos debo colocar, con dolor y sin rubor,
esa célebre y celebrada novela del señor
Flaubert, Madame Bovary,
que tanto ruido ha hecho entre los doctos de París y los ociosos de media
Europa, premios Nobel incluidos.
¡Cuánto escándalo por tan poca cosa! ¡Cuánto ruido por una mujer aburrida! No
sé qué hechizo encuentran los críticos en seguir durante cuatrocientas páginas
los suspiros, bostezos y devaneos
de una provinciana que soñó con ser heroína de folletín y acabó, como era
natural, víctima de su propia lectura.
Si el señor Flaubert quería darnos una lección contra el sentimentalismo
barato con el suicidio literario —previo al suicidio físico— de una boba más
simple que el mecanismo de un yo-yó, pudo hacerlo en veinte líneas y
ahorrarnos el martirio de acompañar a Emma en sus delirios de salón y
sus tazas de té provinciano.












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