Una historia hermosa y diestramente contada, llena de admiración por la naturaleza y su poder destructivo y empatía por los seres vivientes salvajes que tratan de sobrevivir en medio de las dificultades y hostilidad que esta presenta. Al final, sin embargo, el autor parece decirnos: ¡no hay fuerza sobre la tierra más destructiva que el hombre!
Nunca antes las montañas francesas habían sufrido un invierno tan frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieve, color blanco mate, yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche los atravesaba la luna, pequeña y clara, una luna helada, furibunda, con un brillo amarillento cuya luz fuerte se volvía azul y sorda sobre la nieve, y que parecía la escarcha en persona. Los seres humanos evitaban todos los caminos y, sobre todo, las alturas; apáticos y maldiciendo, permanecían en las cabañas, cuyas ventanas rojas, de noche, aparecían empañadas y turbias junto a la luz azul de la luna, y se apagaban pronto.
