lunes, 27 de abril de 2026

HOMERO COMO ENIGMA Y COMO OCASO

Fragmento —copiado sin autorización, con la única, expresa intención de tratar de persuadirle a leerlo, si no lo ha hecho aún— del fascinante, fabuloso e imprescindible El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo antiguo, de © Irene Vallejo.

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La Gran Biblioteca [de Alejandría] lo adquiría todo, desde poemas épicos a libros de cocina. En medio de ese océano de letras, los estudiosos debían elegir a qué autores y obras dedicaban su esfuerzo. No había discusión posible sobre el gran protagonista de la literatura griega, y en él se especializaron. Alejandría se convirtió en la capital homérica.
        Homero está envuelto en el misterio. Es un nombre sin biografía, o tal vez solo el mote de un poeta ciego —el nombre «Homero» se puede traducir como «el que no ve»—. Los griegos nada sabían con
certeza sobre él y ni siquiera se ponían de acuerdo cuando intentaban situarlo en el tiempo. Heródoto creía que había vivido en el siglo IX a. C. («cuatro siglos antes de mi época y no más», escribió), mientras que otros autores lo imaginaban contemporáneo a la guerra de Troya, en el siglo XII a. C. Homero era un vago recuerdo sin contornos, la sombra de una voz a la que atribuían la música de la Ilíada y la Odisea.
        Todo el mundo en aquella época conocía la Ilíada y la Odisea. Quienes sabían leer habían aprendido a hacerlo leyendo a Homero en la escuela, y los demás habían escuchado contar de viva voz las aventuras de Aquiles y Ulises. Desde Anatolia hasta las puertas de la India, en el mundo helenístico expandido y mestizo, ser griego dejó de ser un asunto de nacimiento o de genética; tenía mucho más que ver con amar los poemas homéricos. La cultura de los conquistadores macedonios se resumía en una serie de rasgos distintivos, que las poblaciones nativas estaban obligadas a adoptar si querían ascender: la lengua, el teatro, el gimnasio —donde los hombres se ejercitaban desnudos, para escándalo de los demás pueblos—, los juegos atléticos, el simposio —una forma refinada de reunirse para beber— y Homero.
        En una sociedad que nunca tuvo libros sagrados, la Ilíada y la Odisea eran lo más parecido a la Biblia. Fascinados por Homero o enfurecidos con él, pero sin la vigilancia de una clase sacerdotal, los escritores, artistas y filósofos griegos se sintieron libres para explorar, cuestionar, satirizar o ensanchar los horizontes homéricos. Se cuenta que Esquilo dijo humildemente que sus tragedias eran solo «las migajas del gran banquete de Homero». Platón dedicó largas páginas a atacar la presunta sabiduría del poeta, y lo expulsó de su república ideal. Cierta vez desembarcó en Alejandría un sabio ambulante llamado Zoilo, que promocionaba sus conferencias declarándose subversivamente «el fustigador de Homero», y el rey Ptolomeo acudió en persona a su espectáculo para «acusarlo de parricidio». Nadie permanecía indiferente ante las epopeyas de Aquiles y Ulises. Los papiros desenterrados en Egipto confirman que la Ilíada fue con diferencia el libro griego más leído en la Antigüedad, y se han encontrado pasajes de los poemas en los sarcófagos de momias grecoegipcias —personas que se llevaron consigo versos homéricos rumbo a la eternidad—.
        Los poemas homéricos eran más que un entretenimiento para un público hechizado, expresaban los sueños y las mitologías de los pueblos antiguos. Desde tiempos remotos, de generación en generación, los seres humanos nos relatamos los hechos históricos que han dejado huella en la memoria de las generaciones, pero tenemos la manía reincidente de convertirlos en leyenda. En el siglo XXI, la invención de gestas heroicas puede parecernos un mecanismo primitivo y ya superado. Sin embargo, no es así: cada civilización elige sus episodios nacionales y consagra a sus héroes para enorgullecerse de un pasado legendario. Tal vez el último país en forjar su universo mítico haya sido los Estados Unidos, con el western, y ha logrado exportar su fascinación al mundo globalizado contemporáneo. John Ford reflexionó sobre la mitificación de la historia en El hombre que mató a Liberty Valance, donde el director de un periódico, rasgando el artículo sólidamente documentado de su reportero de investigación, concluye: «Esto es el Oeste, señor. Y, en el Oeste, cuando los hechos se convierten en leyenda, hay que imprimir la leyenda». No importa que la época añorada (los tiempos del genocidio indio, la guerra civil, la fiebre del oro, el poder de los salvajes vaqueros, las ciudades sin ley, la apología del rifle y la esclavitud) fuese en realidad poco gloriosa. Algo parecido podría afirmarse —y algunos griegos tuvieron el coraje de decirlo— acerca del gran acontecimiento fundacional heleno, la sangrienta guerra de Troya. Pero, igual que el cine nos ha enseñado a enamorarnos de los paisajes polvorientos y grandiosos del Lejano Oeste, de los territorios fronterizos, del espíritu pionero y del afán de conquistar la tierra, Homero emocionaba a los griegos con sus violentos y vibrantes relatos del campo de batalla y del regreso de los veteranos al hogar.
        Como las mejores películas del Oeste, Homero es más que un mero panfleto patriótico. Es cierto que sus poemas representaban al mundo aristocrático sin rebelarse contra sus injusticias ni ponerlo en entredicho, pero también sabía captar los claroscuros de sus historias. Allí reconocemos una mentalidad y unos conflictos no tan lejanos de los nuestros —o, para ser exactos, dos mentalidades, porque la Odisea es muchísimo más moderna que la Ilíada—.
        La Ilíada narra la historia de un héroe obsesionado por la fama y el honor. Aquiles puede elegir entre una vida sin brillo, larga y tranquila, si se queda en su país, o una muerte gloriosa, si se embarca hacia Troya. Y decide ir a la guerra, aunque las profecías le advierten de que no regresará. Aquiles pertenece a la gran familia de las personas deslumbradas por un ideal, valientes, comprometidas, melancólicas, insatisfechas, empecinadas y propensas a tomarse muy en serio a sí mismas. Alejandro soñó desde la infancia con parecerse a él, y buscó inspiración en la Ilíada durante los años de su fulgurante campaña militar.
        En el cruel universo bélico, los jóvenes mueren y los padres sobreviven a sus hijos. Una noche, el rey de Troya se aventura a solas hasta el campamento enemigo, para rogar que le devuelvan el cadáver de su hijo, con el fin de enterrarlo. Aquiles, el asesino, la máquina de matar, se compadece del viejo y, ante la imagen de dolorida dignidad del anciano, recuerda a su propio padre, a quien no volverá a ver. Es un momento conmovedor, en el que el vencedor y el vencido lloran juntos y comparten certezas: el derecho a sepultar a los muertos, la universalidad del duelo y la belleza extraña de esos destellos de humanidad que iluminan momentáneamente la catástrofe de la guerra. Sin embargo, aunque la Ilíada no lo cuenta, sabemos que la tregua será breve. La guerra continuará, Aquiles morirá en combate, Troya será arrasada, sus hombres, pasados a cuchillo, y sus mujeres, sorteadas como esclavas entre los vencedores. El poema termina al borde del abismo.
        Aquiles es un guerrero tradicional, habitante de un mundo severo y trágico; en cambio, el vagabundo Ulises —una criatura literaria tan moderna que sedujo a Joyce— se lanza con placer a aventuras fantásticas, imprevisibles, divertidas; a veces eróticas, a veces ridículas. La Ilíada y la Odisea exploran opciones vitales alejadas, y sus héroes afrontan las pruebas y azares de la existencia con temperamentos opuestos. Homero deja claro que Ulises valora intensamente la vida, con sus imperfecciones, sus instantes de éxtasis, sus placeres y su sabor agridulce. Es el antepasado de todos los viajeros, exploradores, marinos y piratas de ficción —capaz de afrontar cualquier situación, mentiroso, seductor, coleccionista de experiencias y gran narrador de historias—. Añora su hogar y su mujer, pero se entretiene a gusto por el camino. La Odisea es la primera representación literaria de la nostalgia, que
convive, sin demasiados conflictos, con el espíritu de navegación y aventura. Cuando su barco encalla en la isla de la ninfa Calipso de lindas trenzas, Ulises se queda con ella durante siete años.
        En ese pequeño edén mediterráneo donde florecen las violetas y el suave oleaje baña las playas paradisiacas, Ulises goza del sexo con una diosa, disfrutando a su lado de la inmortalidad y la eterna juventud. Sin embargo, después de varios años de placer, tanta felicidad le hace desgraciado. Se cansa de la monotonía de esas vacaciones perpetuas y llora a orillas del mar recordando a los suyos. Por otra parte, Ulises conoce lo suficiente a la raza divina como para pensárselo dos veces antes de confesarle a su poderosa amiga que se ha cansado de ella. Será Calipso quien aborde la peliaguda conversación: «Ulises, ¿así que quieres marcharte a tu casa en tu tierra natal? Si supieras cuántas tristezas te deparará el destino, te quedarías aquí conmigo y serías inmortal. Yo me precio de no ser inferior a tu esposa ni en el porte ni en estatura, pues ninguna mujer puede rivalizar con el cuerpo y con el rostro de una diosa».
        Es una oferta muy tentadora: vivir para siempre como amante de una voluptuosa ninfa, en la plenitud del cuerpo, sin vejez, sin enfermedades, sin malas rachas, sin problemas de próstata ni demencia senil. Ulises contesta: «Diosa, no te enfades conmigo. Sé muy bien que Penélope es inferior a ti, pero aun así deseo marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me maltrata en el mar rojo como el vino, lo soportaré con ánimo paciente. He sufrido ya tanto entre las olas, en la guerra…». Y, después de decidir su ruptura —dice el poeta con encantadora naturalidad—, el sol se puso, llegó el crepúsculo y los dos se fueron a deleitarse con el amor en mutua compañía. Cinco días después, él zarpó de la isla, feliz de desplegar las velas al viento.
        El astuto Ulises no fantasea, como Aquiles, con un destino grandioso y único. Podría haber sido un dios, pero opta por volver a Ítaca, la pequeña isla rocosa donde vive, a encontrarse con la decrepitud de su padre, con la adolescencia de su hijo, con la menopausia de Penélope. Ulises es una criatura luchadora y zarandeada que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad artificial. El regalo que le ofrece Calipso es demasiado parecido a un espejismo, a una huida, al sueño de una droga alucinógena, a una realidad paralela. La decisión del héroe expresa una nueva sabiduría, alejada del estricto código de honor que movía a Aquiles. Esa sabiduría nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y sus desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies.

El mundo perdido de la oralidad:
un tapiz de ecos
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        La primera palabra de la literatura occidental es «cólera» (en griego, ménin). Así empieza el hexámetro inicial de la Ilíada, sumergiéndonos de golpe, sin contemplaciones, en el ruido y la furia. Con la ira de Aquiles se inicia la ruta que nos lleva a los territorios de Eurípides, a Shakespeare, a Conrad, a Faulkner, a Lorca, a Rulfo.
        Sin embargo, más que un principio, Homero es un final. En realidad, es la punta de un iceberg sumergido casi por completo en el olvido. Cuando escribimos su nombre junto al de los escritores de
la literatura universal, estamos mezclando dos universos incomparables. La Ilíada y la Odisea nacieron en otro mundo distinto del nuestro, en un tiempo anterior a la expansión de la escritura, cuando el lenguaje era efímero (gestos, aire y ecos). Una época de «aladas palabras», como las llama Homero, palabras que se llevaba el viento y solo la memoria podía retener.
        El nombre de Homero está asociado a dos textos épicos que proceden de un periodo en el que tiene poco sentido hablar de autoría. Durante la etapa oral, los poemas se recitaban en público, perpetuando una costumbre heredada de las tribus nómadas, cuando los ancianos recitaban junto al fuego los viejos cuentos de sus ancestros y las hazañas de sus héroes. La poesía estaba socializada, era de todos y no pertenecía a nadie en concreto. Cada poeta podía usar libremente los mitos y cantos de la tradición, retocándolos, desembarazándose de lo que considerase irrelevante, incorporando matices, personajes, aventuras inventadas y también versos que había escuchado a sus colegas de profesión. Detrás de cada relato había toda una galaxia de poetas que no habrían entendido el concepto «derechos de autor». Durante los largos siglos de oralidad, el romancero griego fue cambiando y expandiéndose, estrato a estrato, generación tras generación, sin que los textos alcanzasen nunca una versión cerrada o definitiva.
        Los poetas analfabetos crearon cientos de poemas que se han perdido para siempre. Algunos de ellos dejaron una sombra de recuerdo en los escritores antiguos y por sus alusiones —resúmenes y breves fragmentos— conocemos su argumento por encima. Además del ciclo de Troya, hubo al menos otro sobre la ciudad de Tebas, donde nació el desgraciado Edipo. Un canto antiquísimo, anterior a la Ilíada y la Odisea, estaba protagonizado por el guerrero Memnón, nacido en Etiopía. Si las conjeturas sobre su antigüedad son ciertas, significaría, sorprendentemente, que el cantar de gesta más antiguo que conocemos en Europa narraba las hazañas de un héroe negro.
        En la sociedad oral, los bardos actuaban en las grandes fiestas y en los banquetes de los nobles. Cuando un profesional de las aladas palabras interpretaba su repertorio de narraciones ante un auditorio, por pequeño que fuera, estaba «publicando» su obra. Si queremos imaginar aquella forma de contar y escuchar historias —que no es todavía literatura porque no conoce las letras ni la escritura—, tenemos dos cauces de información. La Ilíada y la Odisea ofrecen pinceladas de la vida, el oficio (y también las penurias) de los aedos griegos. Además, los antropólogos han estudiado otras culturas en las que la épica oral ha subsistido —conviviendo con la imprenta y las nuevas tecnologías de la comunicación— hasta tiempos actuales. Aunque nos parezcan visitantes del pasado, los cantos tradicionales se niegan a morir y en algunos rincones del planeta sirven para relatar las nuevas guerras y las peligrosas vidas del presente. Los estudiosos del folclore han grabado la canción de un bardo cretense que relata el ataque de los paracaidistas alemanes en Creta en 1941, y se emociona tanto al recordar a los amigos caídos que de pronto su voz falla, titila y enmudece.
        Imaginemos una escena de la vida cotidiana en el pequeño palacio de un señor local del siglo X a. C. Se celebra un banquete y, para alegrar la noche, el anfitrión ha contratado a un cantor ambulante. Junto al umbral, en el lugar de los mendigos, el forastero espera hasta que lo invitan a sentarse en el salón donde los más ricos del lugar engullen carne asada y beben, con las gotas de grasa escurriéndoles por la barbilla. Cuando las miradas se clavan en él, se avergüenza de su túnica gastada y no demasiado limpia. Templa en silencio su instrumento, la cítara, mientras se prepara para el esfuerzo de la actuación. Es un gran narrador de historias, ha practicado desde niño el oficio de trenzar palabras. Con voz clara acompañada por el rasgueo de las cuerdas, sentado solo, como un cantautor con su guitarra, envuelve a todo el mundo en la magia de un relato apasionante entretejido de aventuras y combates. Los convidados al banquete sacuden la cabeza, asienten, siguen el ritmo con el pie. Enseguida quedan hechizados. El cuento los arrastra a su interior, les brilla la mirada y empiezan a sonreír sin darse cuenta. En eso coinciden los griegos antiguos y los modernos testigos de recitaciones de las aldeas eslavas: la canción épica atrapa, invade y fascina a quien la escucha.
        No solo actúa el conjuro del relato, el astuto bardo tiene también un repertorio de trucos. Al llegar a la localidad, se ha informado sobre los antepasados de la familia que lo contrata, ha aprendido sus nombres y peculiaridades, para introducirlos en la trama codeándose con los héroes legendarios. Siempre desliza en la narración un episodio que casualmente glorifica a los paisanos de sus clientes. Acorta o alarga la canción dependiendo del humor y el ambiente de la sala. Si al auditorio le gustan las descripciones del lujo, adorna la armadura del guerrero, los arreos de sus caballos y las joyas de las princesas —como suele decir, esas riquezas no tiene que pagarlas con su dinero—. Domina el arte de las pausas y el suspense, y siempre interrumpe la historia en un momento muy calculado para que lo inviten a continuar al día siguiente. El recital prosigue noche tras noche, a veces durante una semana o más, hasta que el interés de sus anfitriones empieza a disminuir. Entonces, el músico viajero vuelve a los caminos, a la vida vagabunda, en busca de un nuevo refugio.
        En tiempos de palabras aladas, la literatura era un arte efímero. Cada representación de esos poemas orales era única y sucedía una sola vez. Como un músico de jazz que a partir de una melodía popular se entrega a una apasionada improvisación sin partitura, los bardos jugaban con variaciones espontáneas sobre los cantos aprendidos. Incluso si recitaban el mismo poema, narrando la misma leyenda protagonizada por los mismos héroes, nunca era idéntico a la vez anterior. Gracias a un entrenamiento precoz y disciplinado, aprendían a usar el verso como un lenguaje vivo, moldeable. Conocían los argumentos de cientos de mitos, dominaban las pautas del lenguaje tradicional, tenían un arsenal de frases preparadas y de comodines para rellenar los versos, y con esos mimbres tejían para cada recitación un canto a la vez fiel y diferente. Pero no había ningún afán de autoría: los poetas amaban la herencia del pasado y no veían razones para ser originales si la versión tradicional era bella. La expresión de la individualidad pertenece al tiempo de la escritura; por aquel entonces, el prestigio de la originalidad artística estaba en horas bajas.
        Por supuesto, para dominar su oficio era necesario poseer una memoria prodigiosa. El etnólogo Mathias Murko —que abrió la senda continuada luego por Milman Parry y Albert Lord— comprobó a principios del siglo XX que los cantores bosnios musulmanes dominaban treinta o cuarenta cantos orales; algunos más de cien, y otros incluso hasta ciento cuarenta. Los cantos podían durar siete u ocho horas —como los poemas griegos, cada vez eran versiones distintas de un mismo relato—, y se necesitaban varias noches completas (hasta el alba) para recitarlos enteros. Cuando Murko preguntó a qué edad empezaban a aprender, le contestaron que tocaban el instrumento ya en brazos de sus padres y relataban leyendas desde los ocho años. Había niños prodigio, pequeños Mozart de la narración. Uno de ellos recordaba que a los diez años acompañaba a su familia a los cafés del bazar, donde absorbía todos los cantos; no podía dormir hasta haber repetido las historias escuchadas y, cuando se dormía, quedaban guardadas en su memoria. A veces, los bardos viajaban durante horas para poder escuchar a un colega de profesión. Una sola audición de un canto —dos, si estaban muy borrachos— les bastaba para poder interpretarlo ellos mismos. Así sobrevivía la herencia de los poemas.
        Probablemente en Grecia sucediera algo parecido. Los poetas épicos conservaban el recuerdo del pasado porque desde la infancia crecían en un mundo doble —el real y el de las leyendas—. Cuando hablaban en verso, se sentían transportados al mundo del pasado, que solo conocían a través del sortilegio de la poesía. Ellos —como libros de carne y hueso, vivos y palpitantes, en tiempos sin escritura y, por tanto, sin historia— impedían que todas las experiencias, las vidas y el saber acumulado acabasen en la nada del olvido.

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        Un nuevo invento empezó a transformar silenciosamente el mundo durante la segunda mitad del siglo VIII a. C., una revolución apacible que acabaría transformando la memoria, el lenguaje, el acto creador, la manera de organizar el pensamiento, nuestra relación con la autoridad, con el saber y con el pasado. Los cambios fueron lentos, pero extraordinarios. Después del alfabeto, nada volvió a ser igual.
        Los primeros lectores y los primeros escritores eran pioneros. El mundo de la oralidad se resistía a desaparecer —ni siquiera hoy se ha extinguido del todo—, y la palabra escrita sufrió al principio cierto
estigma. Muchos griegos preferían que las palabras cantasen. Las innovaciones no les gustaban demasiado, refunfuñaban y gruñían cuando las tenían delante. A diferencia de nosotros, los habitantes del mundo antiguo creían que lo nuevo tendía a provocar más degeneración que progreso. Algo de esa reticencia ha perdurado en el tiempo; todos los grandes avances —la escritura, la imprenta, internet…— han tenido que enfrentarse a detractores apocalípticos. Seguro que algunos cascarrabias acusaron a la rueda de ser un instrumento decadente y hasta su muerte prefirieron acarrear menhires sobre la espalda.
        Sin embargo, era difícil resistirse a la promesa del nuevo invento. Toda sociedad aspira a perdurar y ser recordada. El acto de escribir alargaba la vida de la memoria, impedía que el pasado se disolviera para siempre.
        En los primeros tiempos, los poemas aún nacían y viajaban por cauces orales, pero algunos bardos aprendieron el trazado de las letras y empezaron a transcribirlos en hojas de papiro (o los dictaron) como pasaporte hacia el futuro. Quizá entonces algunos empezaron a tomar consciencia de las inesperadas implicaciones de aquella osadía. Escribir los poemas significaba inmovilizar el texto, fijarlo para siempre. En los libros, las palabras cristalizan. Había que elegir una sola versión de los cantos, lo más bella posible, para que sobreviviera a las demás. Hasta aquel momento, el canto era un organismo vivo que crecía y cambiaba, pero la escritura lo iba a petrificar. Optar por una versión del relato significaba sacrificar todas las demás y, al mismo tiempo, salvarlo de la destrucción y el olvido.
        Gracias a ese acto audaz, casi temerario, han llegado hasta nosotros dos obras memorables que han conformado nuestra visión del mundo. Los 15,000 versos de la Ilíada y los 12,000 versos de la
Odisea que ahora leemos como si fueran dos novelas son un territorio fronterizo entre la oralidad y el nuevo mundo. Un poeta, seguramente educado en la fluidez de las recitaciones, pero en contacto con la escritura, enhebró varios cantos tradicionales en el hilo de una trama coherente. ¿Fue Homero ese personaje en el umbral de dos universos? Nunca lo sabremos. Cada investigador imagina su propio Homero: un bardo analfabeto de tiempos remotos; el responsable de la versión definitiva de la Ilíada y de la Odisea; un poeta que les dio un último toque; un copista aplicado que firmó el manuscrito con su nombre; o un editor seducido por esa estrafalaria invención de los libros, aire escrito. No deja de fascinarme que un autor tan trascendente para nuestra cultura sea solo un fantasma.
        Con la escasa información disponible, es imposible aclarar el misterio. La sombra de Homero desaparece en tierras de penumbra. Y eso vuelve todavía más fascinantes a la Ilíada y la Odisea —son documentos excepcionales que nos permiten acercarnos al tiempo de los relatos alados y las palabras perdidas—.

[...]

LA AUTORA



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