Fragmento —copiado sin autorización, con la única, expresa intención de
tratar de persuadirle a leerlo, si no lo ha hecho aún— del fascinante,
fabuloso e imprescindible
El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo
antiguo, de © Irene Vallejo.
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La Gran Biblioteca [de Alejandría] lo adquiría todo, desde poemas épicos a
libros de cocina. En medio de ese océano de letras, los estudiosos debían
elegir a qué autores y obras dedicaban su esfuerzo. No había discusión posible
sobre el gran protagonista de la literatura griega, y en él se especializaron.
Alejandría se convirtió en la capital homérica.
Homero está envuelto en el misterio. Es un nombre sin biografía, o tal vez
solo el mote de un poeta ciego —el nombre «Homero» se puede traducir como «el
que no ve»—. Los griegos nada sabían con
certeza sobre él y ni siquiera se ponían de acuerdo cuando intentaban situarlo
en el tiempo. Heródoto creía que había vivido en el siglo IX a. C. («cuatro
siglos antes de mi época y no más», escribió), mientras que otros autores lo
imaginaban contemporáneo a la guerra de Troya, en el siglo XII a. C. Homero
era un vago recuerdo sin contornos, la sombra de una voz a la que atribuían la
música de la Ilíada y la Odisea.
Todo el mundo en aquella época conocía la Ilíada y la Odisea.
Quienes sabían leer habían aprendido a hacerlo leyendo a Homero en la escuela,
y los demás habían escuchado contar de viva voz las aventuras de Aquiles y
Ulises. Desde Anatolia hasta las puertas de la India, en el mundo helenístico
expandido y mestizo, ser griego dejó de ser un asunto de nacimiento o de
genética; tenía mucho más que ver con amar los poemas homéricos. La cultura de
los conquistadores macedonios se resumía en una serie de rasgos distintivos,
que las poblaciones nativas estaban obligadas a adoptar si querían ascender:
la lengua, el teatro, el gimnasio —donde los hombres se ejercitaban desnudos,
para escándalo de los demás pueblos—, los juegos atléticos, el simposio —una
forma refinada de reunirse para beber— y Homero.
En una sociedad que nunca tuvo libros sagrados, la Ilíada y la
Odisea eran lo más parecido a la Biblia. Fascinados por Homero o
enfurecidos con él, pero sin la vigilancia de una clase sacerdotal, los
escritores, artistas y filósofos griegos se sintieron libres para explorar,
cuestionar, satirizar o ensanchar los horizontes homéricos. Se cuenta que
Esquilo dijo humildemente que sus tragedias eran solo «las migajas del gran
banquete de Homero». Platón dedicó largas páginas a atacar la presunta
sabiduría del poeta, y lo expulsó de su república ideal. Cierta vez desembarcó
en Alejandría un sabio ambulante llamado Zoilo, que promocionaba sus
conferencias declarándose subversivamente «el fustigador de Homero», y el rey
Ptolomeo acudió en persona a su espectáculo para «acusarlo de parricidio».
Nadie permanecía indiferente ante las epopeyas de Aquiles y Ulises. Los
papiros desenterrados en Egipto confirman que la Ilíada fue con
diferencia el libro griego más leído en la Antigüedad, y se han encontrado
pasajes de los poemas en los sarcófagos de momias grecoegipcias —personas que
se llevaron consigo versos homéricos rumbo a la eternidad—.
Los poemas homéricos eran más que un entretenimiento para un público
hechizado, expresaban los sueños y las mitologías de los pueblos antiguos.
Desde tiempos remotos, de generación en generación, los seres humanos nos
relatamos los hechos históricos que han dejado huella en la memoria de las
generaciones, pero tenemos la manía reincidente de convertirlos en leyenda. En
el siglo XXI, la invención de gestas heroicas puede parecernos un mecanismo
primitivo y ya superado. Sin embargo, no es así: cada civilización elige sus
episodios nacionales y consagra a sus héroes para enorgullecerse de un pasado
legendario. Tal vez el último país en forjar su universo mítico haya sido los
Estados Unidos, con el western, y ha logrado exportar su fascinación al
mundo globalizado contemporáneo. John Ford reflexionó sobre la mitificación de
la historia en El hombre que mató a Liberty Valance, donde el director
de un periódico, rasgando el artículo sólidamente documentado de su reportero
de investigación, concluye: «Esto es el Oeste, señor. Y, en el Oeste, cuando
los hechos se convierten en leyenda, hay que imprimir la leyenda». No importa
que la época añorada (los tiempos del genocidio indio, la guerra civil, la
fiebre del oro, el poder de los salvajes vaqueros, las ciudades sin ley, la
apología del rifle y la esclavitud) fuese en realidad poco gloriosa. Algo
parecido podría afirmarse —y algunos griegos tuvieron el coraje de decirlo—
acerca del gran acontecimiento fundacional heleno, la sangrienta guerra de
Troya. Pero, igual que el cine nos ha enseñado a enamorarnos de los paisajes
polvorientos y grandiosos del Lejano Oeste, de los territorios fronterizos,
del espíritu pionero y del afán de conquistar la tierra, Homero emocionaba a
los griegos con sus violentos y vibrantes relatos del campo de batalla y del
regreso de los veteranos al hogar.
Como las mejores películas del Oeste, Homero es más que un mero panfleto
patriótico. Es cierto que sus poemas representaban al mundo aristocrático sin
rebelarse contra sus injusticias ni ponerlo en entredicho, pero también sabía
captar los claroscuros de sus historias. Allí reconocemos una mentalidad y
unos conflictos no tan lejanos de los nuestros —o, para ser exactos, dos
mentalidades, porque la Odisea es muchísimo más moderna que la Ilíada—.
La Ilíada narra la historia de un héroe obsesionado por la fama y el
honor. Aquiles puede elegir entre una vida sin brillo, larga y tranquila, si
se queda en su país, o una muerte gloriosa, si se embarca hacia Troya. Y
decide ir a la guerra, aunque las profecías le advierten de que no regresará.
Aquiles pertenece a la gran familia de las personas deslumbradas por un ideal,
valientes, comprometidas, melancólicas, insatisfechas, empecinadas y propensas
a tomarse muy en serio a sí mismas. Alejandro soñó desde la infancia con
parecerse a él, y buscó inspiración en la Ilíada durante los años de su
fulgurante campaña militar.
En el cruel universo bélico, los jóvenes mueren y los padres sobreviven a sus
hijos. Una noche, el rey de Troya se aventura a solas hasta el campamento
enemigo, para rogar que le devuelvan el cadáver de su hijo, con el fin de
enterrarlo. Aquiles, el asesino, la máquina de matar, se compadece del viejo
y, ante la imagen de dolorida dignidad del anciano, recuerda a su propio
padre, a quien no volverá a ver. Es un momento conmovedor, en el que el
vencedor y el vencido lloran juntos y comparten certezas: el derecho a
sepultar a los muertos, la universalidad del duelo y la belleza extraña de
esos destellos de humanidad que iluminan momentáneamente la catástrofe de la
guerra. Sin embargo, aunque la Ilíada no lo cuenta, sabemos que la
tregua será breve. La guerra continuará, Aquiles morirá en combate, Troya será
arrasada, sus hombres, pasados a cuchillo, y sus mujeres, sorteadas como
esclavas entre los vencedores. El poema termina al borde del abismo.
Aquiles es un guerrero tradicional, habitante de un mundo severo y trágico;
en cambio, el vagabundo Ulises —una criatura literaria tan moderna que sedujo
a Joyce— se lanza con placer a aventuras fantásticas, imprevisibles,
divertidas; a veces eróticas, a veces ridículas. La Ilíada y la
Odisea exploran opciones vitales alejadas, y sus héroes afrontan las
pruebas y azares de la existencia con temperamentos opuestos. Homero deja
claro que Ulises valora intensamente la vida, con sus imperfecciones, sus
instantes de éxtasis, sus placeres y su sabor agridulce. Es el antepasado de
todos los viajeros, exploradores, marinos y piratas de ficción —capaz de
afrontar cualquier situación, mentiroso, seductor, coleccionista de
experiencias y gran narrador de historias—. Añora su hogar y su mujer, pero se
entretiene a gusto por el camino. La Odisea es la primera
representación literaria de la nostalgia, que
convive, sin demasiados conflictos, con el espíritu de navegación y aventura.
Cuando su barco encalla en la isla de la ninfa Calipso de lindas trenzas,
Ulises se queda con ella durante siete años.
En ese pequeño edén mediterráneo donde florecen las violetas y el suave
oleaje baña las playas paradisiacas, Ulises goza del sexo con una diosa,
disfrutando a su lado de la inmortalidad y la eterna juventud. Sin embargo,
después de varios años de placer, tanta felicidad le hace desgraciado. Se
cansa de la monotonía de esas vacaciones perpetuas y llora a orillas del mar
recordando a los suyos. Por otra parte, Ulises conoce lo suficiente a la raza
divina como para pensárselo dos veces antes de confesarle a su poderosa amiga
que se ha cansado de ella. Será Calipso quien aborde la peliaguda
conversación: «Ulises, ¿así que quieres marcharte a tu casa en tu tierra
natal? Si supieras cuántas tristezas te deparará el destino, te quedarías aquí
conmigo y serías inmortal. Yo me precio de no ser inferior a tu esposa ni en
el porte ni en estatura, pues ninguna mujer puede rivalizar con el cuerpo y
con el rostro de una diosa».
Es una oferta muy tentadora: vivir para siempre como amante de una voluptuosa
ninfa, en la plenitud del cuerpo, sin vejez, sin enfermedades, sin malas
rachas, sin problemas de próstata ni demencia senil. Ulises contesta: «Diosa,
no te enfades conmigo. Sé muy bien que Penélope es inferior a ti, pero aun así
deseo marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me
maltrata en el mar rojo como el vino, lo soportaré con ánimo paciente. He
sufrido ya tanto entre las olas, en la guerra…». Y, después de decidir su
ruptura —dice el poeta con encantadora naturalidad—, el sol se puso, llegó el
crepúsculo y los dos se fueron a deleitarse con el amor en mutua compañía.
Cinco días después, él zarpó de la isla, feliz de desplegar las velas al
viento.
El astuto Ulises no fantasea, como Aquiles, con un destino grandioso y único.
Podría haber sido un dios, pero opta por volver a Ítaca, la pequeña isla
rocosa donde vive, a encontrarse con la decrepitud de su padre, con la
adolescencia de su hijo, con la menopausia de Penélope. Ulises es una criatura
luchadora y zarandeada que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad
artificial. El regalo que le ofrece Calipso es demasiado parecido a un
espejismo, a una huida, al sueño de una droga alucinógena, a una realidad
paralela. La decisión del héroe expresa una nueva sabiduría, alejada del
estricto código de honor que movía a Aquiles. Esa sabiduría nos susurra que la
humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus
limitaciones y sus desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se
vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies.
El mundo perdido de la oralidad:
un tapiz de ecos
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La primera
palabra de la literatura occidental es «cólera» (en griego, ménin). Así
empieza el hexámetro inicial de la Ilíada, sumergiéndonos de golpe, sin
contemplaciones, en el ruido y la furia. Con la ira de Aquiles se inicia la
ruta que nos lleva a los territorios de Eurípides, a Shakespeare, a Conrad, a
Faulkner, a Lorca, a Rulfo.
Sin embargo, más que un principio, Homero es un final. En realidad, es la
punta de un iceberg sumergido casi por completo en el olvido. Cuando
escribimos su nombre junto al de los escritores de
la literatura universal, estamos mezclando dos universos incomparables. La
Ilíada y la Odisea nacieron en otro mundo distinto del nuestro,
en un tiempo anterior a la expansión de la escritura, cuando el lenguaje era
efímero (gestos, aire y ecos). Una época de «aladas palabras», como las llama
Homero, palabras que se llevaba el viento y solo la memoria podía retener.
El nombre de Homero está asociado a dos textos épicos que proceden de un
periodo en el que tiene poco sentido hablar de autoría. Durante la etapa oral,
los poemas se recitaban en público, perpetuando una costumbre heredada de las
tribus nómadas, cuando los ancianos recitaban junto al fuego los viejos
cuentos de sus ancestros y las hazañas de sus héroes. La poesía estaba
socializada, era de todos y no pertenecía a nadie en concreto. Cada poeta
podía usar libremente los mitos y cantos de la tradición, retocándolos,
desembarazándose de lo que considerase irrelevante, incorporando matices,
personajes, aventuras inventadas y también versos que había escuchado a sus
colegas de profesión. Detrás de cada relato había toda una galaxia de poetas
que no habrían entendido el concepto «derechos de autor». Durante los largos
siglos de oralidad, el romancero griego fue cambiando y expandiéndose, estrato
a estrato, generación tras generación, sin que los textos alcanzasen nunca una
versión cerrada o definitiva.
Los poetas analfabetos crearon cientos de poemas que se han perdido para
siempre. Algunos de ellos dejaron una sombra de recuerdo en los escritores
antiguos y por sus alusiones —resúmenes y breves fragmentos— conocemos su
argumento por encima. Además del ciclo de Troya, hubo al menos otro sobre la
ciudad de Tebas, donde nació el desgraciado Edipo. Un canto antiquísimo,
anterior a la Ilíada y la Odisea, estaba protagonizado por el
guerrero Memnón, nacido en Etiopía. Si las conjeturas sobre su antigüedad son
ciertas, significaría, sorprendentemente, que el cantar de gesta más antiguo
que conocemos en Europa narraba las hazañas de un héroe negro.
En la sociedad oral, los bardos actuaban en las grandes fiestas y en los
banquetes de los nobles. Cuando un profesional de las aladas palabras
interpretaba su repertorio de narraciones ante un auditorio, por pequeño que
fuera, estaba «publicando» su obra. Si queremos imaginar aquella forma de
contar y escuchar historias —que no es todavía literatura porque no conoce las
letras ni la escritura—, tenemos dos cauces de información. La Ilíada y
la Odisea ofrecen pinceladas de la vida, el oficio (y también las penurias) de los aedos griegos. Además, los antropólogos han estudiado otras
culturas en las que la épica oral ha subsistido —conviviendo con la imprenta y
las nuevas tecnologías de la comunicación— hasta tiempos actuales. Aunque nos
parezcan visitantes del pasado, los cantos tradicionales se niegan a morir y
en algunos rincones del planeta sirven para relatar las nuevas guerras y las
peligrosas vidas del presente. Los estudiosos del folclore han grabado la
canción de un bardo cretense que relata el ataque de los paracaidistas
alemanes en Creta en 1941, y se emociona tanto al recordar a los amigos caídos
que de pronto su voz falla, titila y enmudece.
Imaginemos una escena de la vida cotidiana en el pequeño palacio de un señor
local del siglo X a. C. Se celebra un banquete y, para alegrar la noche, el
anfitrión ha contratado a un cantor ambulante. Junto al umbral, en el lugar de
los mendigos, el forastero espera hasta que lo invitan a sentarse en el salón
donde los más ricos del lugar engullen carne asada y beben, con las gotas de
grasa escurriéndoles por la barbilla. Cuando las miradas se clavan en él, se
avergüenza de su túnica gastada y no demasiado limpia. Templa en silencio su
instrumento, la cítara, mientras se prepara para el esfuerzo de la actuación.
Es un gran narrador de historias, ha practicado desde niño el oficio de
trenzar palabras. Con voz clara acompañada por el rasgueo de las cuerdas,
sentado solo, como un cantautor con su guitarra, envuelve a todo el mundo en
la magia de un relato apasionante entretejido de aventuras y combates. Los
convidados al banquete sacuden la cabeza, asienten, siguen el ritmo con el
pie. Enseguida quedan hechizados. El cuento los arrastra a su interior, les
brilla la mirada y empiezan a sonreír sin darse cuenta. En eso coinciden los
griegos antiguos y los modernos testigos de recitaciones de las aldeas
eslavas: la canción épica atrapa, invade y fascina a quien la escucha.
No solo actúa el conjuro del relato, el astuto bardo tiene también un
repertorio de trucos. Al llegar a la localidad, se ha informado sobre los
antepasados de la familia que lo contrata, ha aprendido sus nombres y
peculiaridades, para introducirlos en la trama codeándose con los héroes
legendarios. Siempre desliza en la narración un episodio que casualmente
glorifica a los paisanos de sus clientes. Acorta o alarga la canción
dependiendo del humor y el ambiente de la sala. Si al auditorio le gustan las
descripciones del lujo, adorna la armadura del guerrero, los arreos de sus
caballos y las joyas de las princesas —como suele decir, esas riquezas no
tiene que pagarlas con su dinero—. Domina el arte de las pausas y el suspense,
y siempre interrumpe la historia en un momento muy calculado para que lo
inviten a continuar al día siguiente. El recital prosigue noche tras noche, a
veces durante una semana o más, hasta que el interés de sus anfitriones
empieza a disminuir. Entonces, el músico viajero vuelve a los caminos, a la
vida vagabunda, en busca de un nuevo refugio.
En tiempos de palabras aladas, la literatura era un arte efímero. Cada
representación de esos poemas orales era única y sucedía una sola vez. Como un
músico de jazz que a partir de una melodía popular se entrega a una apasionada
improvisación sin partitura, los bardos jugaban con variaciones espontáneas
sobre los cantos aprendidos. Incluso si recitaban el mismo poema, narrando la
misma leyenda protagonizada por los mismos héroes, nunca era idéntico a la vez
anterior. Gracias a un entrenamiento precoz y disciplinado, aprendían a usar
el verso como un lenguaje vivo, moldeable. Conocían los argumentos de cientos
de mitos, dominaban las pautas del lenguaje tradicional, tenían un arsenal de
frases preparadas y de comodines para rellenar los versos, y con esos mimbres
tejían para cada recitación un canto a la vez fiel y diferente. Pero no había
ningún afán de autoría: los poetas amaban la herencia del pasado y no veían
razones para ser originales si la versión tradicional era bella. La expresión
de la individualidad pertenece al tiempo de la escritura; por aquel entonces,
el prestigio de la originalidad artística estaba en horas bajas.
Por supuesto, para dominar su oficio era necesario poseer una memoria
prodigiosa. El etnólogo Mathias Murko —que abrió la senda continuada luego por
Milman Parry y Albert Lord— comprobó a principios del siglo XX que los
cantores bosnios musulmanes dominaban treinta o cuarenta cantos orales;
algunos más de cien, y otros incluso hasta ciento cuarenta. Los cantos podían
durar siete u ocho horas —como los poemas griegos, cada vez eran versiones
distintas de un mismo relato—, y se necesitaban varias noches completas (hasta
el alba) para recitarlos enteros. Cuando Murko preguntó a qué edad empezaban a
aprender, le contestaron que tocaban el instrumento ya en brazos de sus padres
y relataban leyendas desde los ocho años. Había niños prodigio, pequeños
Mozart de la narración. Uno de ellos recordaba que a los diez años acompañaba
a su familia a los cafés del bazar, donde absorbía todos los cantos; no podía
dormir hasta haber repetido las historias escuchadas y, cuando se dormía,
quedaban guardadas en su memoria. A veces, los bardos viajaban durante horas
para poder escuchar a un colega de profesión. Una sola audición de un canto
—dos, si estaban muy borrachos— les bastaba para poder interpretarlo ellos
mismos. Así sobrevivía la herencia de los poemas.
Probablemente
en Grecia sucediera algo parecido. Los poetas épicos conservaban el recuerdo
del pasado porque desde la infancia crecían en un mundo doble —el real y el de
las leyendas—. Cuando hablaban en verso, se sentían transportados al mundo del
pasado, que solo conocían a través del sortilegio de la poesía. Ellos —como
libros de carne y hueso, vivos y palpitantes, en tiempos sin escritura y, por
tanto, sin historia— impedían que todas las experiencias, las vidas y el saber
acumulado acabasen en la nada del olvido.
32
Un nuevo invento empezó a transformar silenciosamente el mundo durante la
segunda mitad del siglo VIII a. C., una revolución apacible que acabaría
transformando la memoria, el lenguaje, el acto creador, la manera de organizar
el pensamiento, nuestra relación con la autoridad, con el saber y con el
pasado. Los cambios fueron lentos, pero extraordinarios. Después del alfabeto,
nada volvió a ser igual.
Los primeros lectores y los primeros escritores eran pioneros. El mundo de la
oralidad se resistía a desaparecer —ni siquiera hoy se ha extinguido del
todo—, y la palabra escrita sufrió al principio cierto
estigma. Muchos griegos preferían que las palabras cantasen. Las innovaciones
no les gustaban demasiado, refunfuñaban y gruñían cuando las tenían delante. A
diferencia de nosotros, los habitantes del mundo antiguo creían que lo nuevo
tendía a provocar más degeneración que progreso. Algo de esa reticencia ha
perdurado en el tiempo; todos los grandes avances —la escritura, la imprenta,
internet…— han tenido que enfrentarse a detractores apocalípticos. Seguro que
algunos cascarrabias acusaron a la rueda de ser un instrumento decadente y
hasta su muerte prefirieron acarrear menhires sobre la espalda.
Sin embargo, era difícil resistirse a la promesa del nuevo invento. Toda
sociedad aspira a perdurar y ser recordada. El acto de escribir alargaba la
vida de la memoria, impedía que el pasado se disolviera para siempre.
En los primeros tiempos, los poemas aún nacían y viajaban por cauces orales,
pero algunos bardos aprendieron el trazado de las letras y empezaron a
transcribirlos en hojas de papiro (o los dictaron) como pasaporte hacia el
futuro. Quizá entonces algunos empezaron a tomar consciencia de las
inesperadas implicaciones de aquella osadía. Escribir los poemas significaba
inmovilizar el texto, fijarlo para siempre. En los libros, las palabras
cristalizan. Había que elegir una sola versión de los cantos, lo más bella
posible, para que sobreviviera a las demás. Hasta aquel momento, el canto era
un organismo vivo que crecía y cambiaba, pero la escritura lo iba a
petrificar. Optar por una versión del relato significaba sacrificar todas las
demás y, al mismo tiempo, salvarlo de la destrucción y el olvido.
Gracias a ese acto audaz, casi temerario, han llegado hasta nosotros dos
obras memorables que han conformado nuestra visión del mundo. Los 15,000
versos de la Ilíada y los 12,000 versos de la
Odisea que ahora leemos como si fueran dos novelas son un territorio
fronterizo entre la oralidad y el nuevo mundo. Un poeta, seguramente educado
en la fluidez de las recitaciones, pero en contacto con la escritura, enhebró
varios cantos tradicionales en el hilo de una trama coherente. ¿Fue Homero ese
personaje en el umbral de dos universos? Nunca lo sabremos. Cada investigador
imagina su propio Homero: un bardo analfabeto de tiempos remotos; el
responsable de la versión definitiva de la Ilíada y de la
Odisea; un poeta que les dio un último toque; un copista aplicado que
firmó el manuscrito con su nombre; o un editor seducido por esa estrafalaria
invención de los libros, aire escrito. No deja de fascinarme que un autor tan
trascendente para nuestra cultura sea solo un fantasma.
Con la escasa información disponible, es imposible aclarar el misterio. La
sombra de Homero desaparece en tierras de penumbra. Y eso vuelve todavía más
fascinantes a la Ilíada y la Odisea —son documentos excepcionales que
nos permiten acercarnos al tiempo de los relatos alados y las palabras
perdidas—.
[...]
LA AUTORA

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