jueves, 30 de abril de 2026

RESEÑAS IRREVERENTES

por Alex Joyce, especialista en “demoliciones perversas”, según sus propias palabras. Sus reseñas son despiadas, irreverentes, (¿blasfemas?... usted decidirá), sobre obras reverenciadas y que en general se colocan entre las más respetadas de la literatura mundial.



Hay libros que, al cerrarlos, dejan en el alma una impresión viva, una inquietud, un fuego interior, o cuando menos una sonrisa. Otros, en cambio, dejan tan sólo el polvo de las páginas y un bostezo que amenaza con romper el techo. Entre estos últimos debo colocar, con dolor y sin rubor, esa célebre y celebrada novela del señor Flaubert, Madame Bovary, que tanto ruido ha hecho entre los doctos de París y los ociosos de media Europa, premios Nobel incluidos.

¡Cuánto escándalo por tan poca cosa! ¡Cuánto ruido por una mujer aburrida! No sé qué hechizo encuentran los críticos en seguir durante cuatrocientas páginas los suspiros, bostezos y devaneos de una provinciana que soñó con ser heroína de folletín y acabó, como era natural, víctima de su propia lectura. Si el señor Flaubert quería darnos una lección contra el sentimentalismo barato con el suicidio literario —previo al suicidio físico— de una boba más simple que el mecanismo de un yo-yó, pudo hacerlo en veinte líneas y ahorrarnos el martirio de acompañar a Emma en sus delirios de salón y sus tazas de té provinciano.

Mas no, por Dios, que el realismo exige detalle, y el señor Flaubert, hombre minucioso hasta la desesperación, tuvo a bien describirnos cada cortina, cada plato, cada rincón de la botica de Homais, con tal profusión que el lector se ve convertido en huésped forzoso de Joinville, condenado a recorrerlo todo como alma en pena. ¡Qué precisión! ¡Qué escrupulosa fidelidad a lo nimio! Pero ¿y el alma, señor Flaubert? ¿Dónde está el fuego, el temblor, la vida? Se diría que ha disecado usted su novela como un boticario diseca un insecto: con mucho esmero, sí, pero dejándolo fiambre con trufas.


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