Luego de muchísimo tiempo de ignorar el spanglish (son incontables las
ocasiones en que su líder máximo, Víctor García de la Concha, anunció
públicamente que “no existe”), la Real Academia Española de la Lengua (RAE),
desde su sede en Madrid, ha incluido la palabra spanglish en su
diccionario.
Como su principal defensor (no por nada me llaman
The Cheech and Chong Professor of Spanglish at Amherst College), la
inclusión debería llenarme de júbilo. En efecto, estamos ante un momento
histórico.
La primera palabra americana que, de forma oficial, viajó de regreso a la
Península Ibérica después del arribo de Colón en 1492 fue canoa, que
Antonio de Nebrija insertó en la edición de 1496 de su Gramática de la lengua
castellana. Canoa, pues, es testimonio que las colonias no son sumisas,
que terminan reconfigurando las entrañas del imperio que las dominó.
Aunque esta no es la primera vez que una palabra en spanglish entra en el
diccionario de la RAE, sí es la más significativa: ahora que García de la
Concha felizmente ha sido reubicado por el gobierno español (tiene a su mando
la dirección del evangelizador Instituto Cervantes), la Academia se ha animado
a reconocer lo que el resto de nosotros ya sabía, que el spanglish es una
realidad, necia e incómoda para algunos, pero realidad, al fin y al cabo. Sin
embargo, no es alegría lo que siento sino frustración.
Desafortunadamente, la definición que la RAE decidió insertar en su
diccionario es ridícula:
Modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos, en
la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gramaticales del
español y del inglés.
¿Deformándolos? ¿En qué siglo vive la Academia, el dieciocho, cuando se fundó,
el veintiuno, en el que vivimos? A estas alturas del conocimiento lingüístico,
describir el contacto dinámico entre dos lenguas como una deformación es
rechazar la base misma del desarrollo verbal. Toda lengua viva está en
constante movimiento. Ese movimiento implica la reinvención constante de
estrategias. Únicamente las lenguas muertas pueden ser consideradas puras
porque la pureza no existe en los códigos que se actualizan a diario para
estar al día en términos tecnológicos, científicos, de publicidad y cultura.
¿No es el español americano una deformación del español peninsular? Sí, pero
describirlo así es negar su autenticidad.
A más de quinientos años de la conquista de América, la ecuación se ha
invertido, al menos si usamos el ámbito demográfico como fuerza censora. Somos
más de cuatrocientos millones de hispanoparlantes en este continente. Las
posibilidades del español entre nosotros son múltiples. El número de
habitantes de España no llega a los cincuenta millones. ¿Quién está al mando?
La lengua es de quien la usa, no de quien la legisla.
Algo similar ocurre con el spanglish. En vez de ser una deformación, su
textura es evidencia del surgimiento de una nueva manera de concebir al
universo. Es cierto que esa concepción deviene del inglés y el español, pero
la mezcolanza, la yuxtaposición no es ni de uno ni de otro. Tampoco es una
deformación sino, más bien, una posibilidad nueva.
El mismo español, en la época de Gonzalo de Berceo, en el siglo trece, era un
menjunje que conllevó a la gestación de lo que hoy es la tercera lengua más
importante del mundo (después del mandarín y el inglés).
La palabra deformación sigue denunciando una actitud colonialista. Ya es hora
que España se libre de sus propios fantasmas. Sí, el spanglish, como
realidad, merece ser registrada en el diccionario de la RAE. No, este vehículo
de comunicación —útil, hermoso y duradero—no es un monstruo.
Artículo de 2012, tomado de
elcastellano.org
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