Imagen por Shannon May
Hubo un tiempo, según Sir George H Darwin, en que la Luna estaba muy
cerca de la Tierra. Las mareas fueron poco a poco empujándola lejos, esas
mareas que ella, la Luna, provoca en las aguas terrestres y en las cuales
la Tierra pierde lentamente energía.
¡Claro que lo sé! —exclamó el viejo Qfwfq—, ustedes no pueden
acordarse, pero yo sí. La teníamos siempre encima. La Luna desmesurada: cuando
era plenilunio —noches claras como de día, pero de una luz color mantequilla—,
parecía como si nos aplastase; cuando era luna nueva rodaba por el cielo como
un paraguas negro llevado por el viento, y en cuarto creciente se acercaba con
los cuernos tan bajos que parecía a punto de ensartar la cresta de un
promontorio y quedarse allí anclada. Pero todo el mecanismo de las fases
marchaba de una manera diferente de la de hoy, porque las distancias del Sol
eran distintas, y las órbitas, y la inclinación de no recuerdo qué; además,
eclipses, con Tierra y Luna tan pegadas, los había a cada rato, imagínense si
esas dos bestias no iban a encontrar manera de hacerse continuamente sombra
una a la otra.








