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© Zenda Libros
Por Manuel Moreno Belosillo
La escritora norteamericana Flannery O’Connor (1925-1964) fue una ferviente
católica: profundamente creyente, practicante y con una fe a prueba de bombas.
Solía afirmar, citando a Pascal, que toda su experiencia personal había
sido
“la del escritor que cree en el Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de
Jacob, no en el de los filósofos y de los sabios”. Podría pensarse, entonces, que su literatura habría de ser instructiva,
doctrinaria, ejemplarizante y consoladora; pero no es así en absoluto. Sus
relatos son duros, despiadados y (a menudo) violentos; nada edificantes.
Flannery O’Connor procedía de una familia de raíces irlandesas asentada en
Georgia, estado que forma parte del llamado “cinturón bíblico”, una
región del sur de Estados Unidos en su mayor parte coincidente con los
antiguos estados confederados (actual bastión electoral de Donald Trump),
caracterizada por un fuerte arraigo del cristianismo evangélico y por valores
religiosos conservadores. La Iglesia católica y la Iglesia evangélica difieren
en diversas cuestiones doctrinales, pero se puede simplificar el asunto
afirmando que los católicos son cristianos sofisticados y los evangélicos
cristianos más sencillitos.
Un católico en el “cinturón bíblico” se debe de sentir algo extraño y
aislado. Con razón, la escritora comentó en una de sus cartas que
en el sur ser católico era tan inusual como tener dos cabezas.
Sin embargo, ser visto como algo exótico o incluso sospechoso no incomodaba a
Flannery, que siguió profesando su fe con total convicción y
naturalidad. Decía la autora que
“ser sureño y vivir en una sociedad religiosa, aunque no católica,
proporciona al novelista católico algunos excelentes antídotos contra sus
peores tendencias”.
Flannery O’Connor nació en Savannah en marzo de 1925. Estudió en la Escuela
Superior Femenina del Estado de Georgia y posteriormente en la Universidad
Estatal de Iowa. Pasó una temporada en Nueva York y más tarde se instaló en
Connecticut junto a sus amigos Robert y Sally Fitzgerald. En 1950 le
diagnosticaron lupus, la misma enfermedad que había causado la muerte de su
padre, y decidió regresar definitivamente a Georgia para vivir con su madre
(figura clave en su vida) en la granja familiar llamada Andalusia. Allí
permaneció hasta su fallecimiento en 1964,
dedicada a la escritura y a la cría de pavos reales.
Flannery tenía una pasión desordenada por los pavos reales. Adquirió su
primera pareja tras serle diagnosticado el lupus y llegó a reunir docenas de
ejemplares en su granja. Los pavos reales son, además de vistosos, aves muy
escandalosas, y los vecinos se quejaban, especialmente durante la época de
apareamiento, porque sus estridentes llamadas no les dejaban dormir. En un
cuento de la autora titulado “Una persona desplazada”, un cura contempla fascinado a un pavo real desplegando una constelación de
soles “en una nube verde y dorada sobre su cabeza” y exclama:
«¡Cristo vendrá así!». Es posible que Flannery viera en los ojos tornasolados de las plumas de la
cola de los pavos reales una especie de luz divina, un símbolo de la
Transfiguración.
Y es que la religión católica impregna cada aspecto de la vida de
Flannery O’Connor y, de manera especial, su creación literaria. En una
de las entradas de sus diarios juveniles (1946-1947) apunta el siguiente
ruego:
“Por favor, ayúdame, querido Dios, a ser una buena escritora y a lograr
que me acepten algo más”.
Y al mismo tiempo, suplica que su talento no se convierta en vanidad, sino en
un medio al servicio del mensaje católico:
“No permitas que piense jamás, querido Dios, que fui otra cosa que el
instrumento de Tu historia.”
Flannery heredó su fe católica, pero su vocación literaria nació
espontáneamente, no seguía ninguna tradición familiar. En su casa no había
demasiados libros y en sus cartas refiere que sus primeras lecturas (además de
la Biblia) fueron los cuentos humorísticos de Edgar Allan Poe. No fue
hasta la universidad cuando comenzó a formarse literariamente, leyendo a
escritores marcadamente católicos como
Leon Bloy, François Mauriac, Graham Greene y
Evelyn Waugh. También le impresionó Kafka y, decía, leer a
Henry James, más que por gusto, para mejorar su forma de escribir. Pero su escritor
favorito era Joseph Conrad, de quien había leído todas sus novelas y
admiraba la profundidad moral de su literatura. También tenía sus fobias:
detestaba (quizá más por motivos morales que literarios)
a André Gide, a Djuna Barnes y a Virginia Woolf.
Su estilo literario es seco y directo, preciso y sin adornos, evitando el
sentimentalismo y la retórica.
En sus cuentos predominan la acción y los diálogos. Sostenía que los
personajes se muestran a través de la acción, la cual se rige, a su vez, por
los personajes, y que dicha acción debe revelar el misterio de la
existencia.
Como dato anecdótico, la autora tenía dificultades con la ortografía y ella
misma reconocía que no se daba cuenta de cuándo cometía una falta.
Probablemente ello se debía a que poseía un oído tan fino que registraba las
palabras tal como sonaban (y no como se escribían), un oído que redunda en la
calidad y autenticidad de sus diálogos.
Los relatos de Flannery O’Connor son despiadados, la autora se ceba sin
compasión con sus personajes, los vapulea y los maltrata, a veces
físicamente.
Casi todas sus historias transcurren en el sur rural de EEUU, y sus
protagonistas suelen ser marginados e inadaptados con alguna tara física y/o
mental. Algunos relatos incluyen episodios brutales, escenas violentas y
desmesuradas que estremecen al lector y, en ocasiones, pueden llegar a
resultar cómicas.
Flannery O’Connor cultivaba un humor negro y mordaz, burlándose
especialmente de las pretensiones sociales, de la hipocresía religiosa y de
la soberbia intelectual.
Ella misma confesaba que se reía sin parar al releer sus propios cuentos. En
“Revelación”, una señora engreída es atacada salvajemente en la sala de espera de un
médico por una joven obesa y marcada por el acné, lo que desencadena una
visión espiritual que pone en duda su orgullo. En
“La buena gente del campo”, una joven intelectual y descreída con una pierna ortopédica intenta
ridiculizar a un devoto vendedor ambulante de Biblias, pero acaba humillada
cuando él la seduce y se marcha llevándose su pierna de palo. En
“Una vista de los bosques”, un abuelo y su nieta, ambos egoístas
y orgullosos, se entienden maravillosamente en su mutua mezquindad hasta que
se acaban enfrentando violentamente y el abuelo aplasta la cabeza de su nieta
con una piedra.
Como antes hemos apuntado, sus relatos no parecen edificantes, son más bien
despiadados, violentos y crueles.
Es como si la autora hubiera levantado un dique entre su fe católica y su
creación literaria, evitando que ambos ámbitos se mezclaran o se contaminaran
mutuamente. Sin embargo, esa separación resulta solo aparente si atendemos a
lo que ella misma afirma en una carta del 4 de abril de 1958:
“Todos mis relatos tratan de la acción de la gracia sobre un personaje
que no está dispuesto a aceptarla, pero la mayoría de la gente considera
estos relatos como duros, desesperados, brutales, etcétera.”
Si esa mayoría de lectores que no entendían los relatos y los consideraban
duros, desesperados y brutales desfilara, yo marcharía al frente con la
bandera. La propia autora admitía que la dificultad para comprender sus
cuentos radicaba en que los lectores no sabían lo que era la gracia ni
lograban reconocerla cuando se manifestaba.
Procede entonces preguntarse: ¿qué es exactamente la gracia? Según la
definición teológica,
la gracia es un favor divino espontáneo que Dios concede al ser humano, no
por méritos propios, sino por su amor y benevolencia. Se describe como un
don inesperado, generoso e inmerecido, central en la doctrina cristiana de
la salvación.
La definición de gracia nos abre un poco los ojos, ese carácter espontáneo,
inesperado e inmerecido encaja bien con lo que se relata en los cuentos de
Flannery O’Connor. En un ensayo titulado Sobre su obra, la autora considera que
“nuestra época no solo carece de una vista afilada para las irrupciones
casi imperceptibles de la gracia, sino que ya no capta la naturaleza de
las violencias que la preceden y que las siguen”.
Para Flannery O’Connor la violencia tiene la extraña capacidad de devolver a
sus personajes a la realidad y de prepararlos para aceptar su momento de
gracia.
Frente a quienes solo veían la brutalidad de sus relatos,
Flannery O’Connor se defendía afirmando que las historias eran duras
porque no había nada más cruel y menos sentimental que el
“realismo cristiano”. Este “realismo cristiano” le exigía zarandear a
un público secularizado y mostrar que la gracia irrumpe en lo cotidiano,
incluso a través de la violencia. Su “realismo cristiano” tenía que ser
forzosamente brutal, pues era preciso sacudir las conciencias descreídas y
adormecidas de sus lectores habituales para que percibieran la presencia de lo
divino en medio de la realidad más cruda.
En el ensayo titulado Naturaleza y fin de la literatura la
autora considera que
“la clase de visión que el escritor necesita tener o desarrollar a fin de
aumentar el significado de su relato se llama visión anagógica […], que
tiene que ver con la vida divina en nuestra participación en ella”. Aunque este era un método de interpretación aplicado a la exégesis bíblica,
la autora está sugiriendo que los lectores la apliquen al leer sus relatos,
que adviertan la irrupción de lo divino en lo cotidiano, el misterio en la
realidad, actuando para ello la violencia como catalizador.
En el reconocido relato
“Un hombre bueno es difícil de encontrar”
una familia —la abuela, su hijo, la esposa de este y sus tres hijos (uno de
ellos bebé)— viajan hacia Florida. Tras desviarse por insistencia de la
abuela, sufren un accidente y se topan con un fugitivo conocido como el
Inadaptado y sus secuaces. Uno a uno, los miembros de la familia son
asesinados, mientras la abuela intenta salvarse apelando a la humanidad del
criminal.
La interpretación de Flannery O’Connor se fundamenta en la acción de la
gracia:
“El Inadaptado es tocado por la gracia que proviene de la anciana cuando
lo reconoce como hijo suyo, al igual que ella ha sido tocada por la gracia
que proviene de él en su particular sufrimiento […]. En la perspectiva
protestante, gracia y naturaleza no tienen mucho que ver, por eso la vieja
señora hipócrita, banal y sin humanidad no puede ser instrumento de la
gracia. Pero yo veo las cosas de otro modo, yo soy una escritora
católica”.
Sin embargo, aceptando la intervención de la gracia, cabe otra interpretación.
La abuela, personaje odioso, egoísta, caprichoso e infantil, aparece como la
verdadera causante de las desgracias de su familia: primero, al llevar
escondida a la gata Pitty Sing que provoca el accidente; después, al
forzar la desviación hacia una hacienda donde se cruzan con el
Inadaptado y sus secuaces; y, finalmente, al reconocer al criminal,
provocando por ello que los tenga que liquidar. Ello no le supone reparo
alguno para intentar salvar su miserable pellejo y, aunque ha visto cómo se
llevaban a su hijo, su nuera y sus nietos para matarlos, en un rapto de
inspiración le dice al Inadaptado, acercándose para tocarle:
“¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!”. Pero el Inadaptado salta para atrás como si le hubiera picado una víbora,
le dispara tres veces en el pecho y sentencia:
“Habría sido una buena mujer si cada instante de su vida hubiera tenido a
alguien cerca que le disparara”.
El Inadaptado es, en última instancia, quien recibe la gracia divina y el don
de la interpretación teológica. Advierte la verdadera naturaleza de la abuela,
quien no actúa inspirada por el amor, sino por temor al castigo. La abuela es
una vieja hipócrita incapaz de hacer el bien, salvo que tenga a alguien cerca
apuntándola con una pistola.
La atrición y la contrición son dos formas de arrepentimiento en la
tradición teológica cristiana, especialmente en la doctrina católica. La
contrición nace del amor a Dios y la atrición del temor al castigo
divino.
Ambas son válidas en la práctica sacramental, pero no para el Inadaptado, que
desenmascara la hipocresía de la abuela y le descerraja tres tiros.
¿Es sincera esta interpretación? No demasiado. ¿Me creo a Flannery O’Connor
cuando afirma que
“todos mis relatos tratan de la acción de la gracia sobre un personaje
que no está dispuesto a aceptarla”? Solo a medias. ¿Es Flannery O’Connor una impostora? De ningún modo.
Flannery es incapaz de considerar que esas violentas historias que le dicta su
inspiración sean ajenas al mensaje cristiano y se justifica afirmando
categóricamente que el tema de sus relatos es la acción de la gracia.
No había dejado de ser aquella joven fervorosa que le rogaba a Dios que no le
permitiera jamás pensar que no era otra cosa que el instrumento de su
historia. O’Connor es sincera cuando declara que
“esto (la acción de la gracia) no es un conocimiento que incluyo
conscientemente en mis relatos, sino un descubrimiento que hago en
ellos”.
Solo al releer sus cuentos interpreta que el verdadero tema de su obra es
la acción de la gracia.
Es mediante la lectura católica de sus propias historias, aplicando la visión
anagógica, como llega a descubrir que sus relatos muestran
“la acción de la gracia en un territorio en gran parte dominado por el
demonio”.
A pesar de, sin perjuicio de, o precisamente por la presencia de la gracia,
los relatos de Flannery O’Connor nos deslumbran y nos cautivan,
horrorizándonos y fascinándonos a partes iguales pues, por encima de todo, es
una narradora con un talento extraordinario para contar historias.
Dios te bendiga, Flannery O’Connor.
ENLACES
Biografía de Flannery
O’Connor, en Wikipedia
Cuentos de Flannery O’Connor,
en Ciudad Seva
Flannery O’Connor en
Literatura.us

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