sábado, 16 de febrero de 2019

POÉTICA DE LA LECTURA: EL SUPERLECTOR – II

Por Randolfo Ariostto Jiménez
Parte 2 de 5


En general suponemos vivir cuando en realidad rumiamos ciertos estados de ser, ciertas maneras de pensar, como en un corral estereotipado de pensamientos, existencia enlatada en la cuadratura del exterior, desgastamiento a oscuras, sin el calor natural de aquello que somos aquí, ahora, nuestro ser situado en el tiempo, presente continuo disparado hacia todos lados. Súmesele la transitoriedad del instante, el presente es un molino de instantes, la rueda en movimiento del ahora nos mantiene braceando cuesta arriba en el constructo preestablecido por los órdenes de turno. No hay descanse y respire, no hay un: analice lo que está pensando; solo: piense lo que le hemos dado, en lo económico, cultural, político, religioso, oportuno salvavidas para quienes disfrutan el mareado oficio de la pereza mental.

Para muestra lo que hicieron las ideologías de dominio a la literatura estadounidense, y sí, hablo de las sospechas de injerencia de la CÍA en el tipo de autores que eran promovidos desde estamentos oficiales y la injerencia del partido comunista de sus respectivos países en el Boom de la Literatura Latinoamericana y de los talleres promovidos por las grandes editoriales, dirigidos a crear literatura al gusto del mercado. En lo concerniente a estos talleres literarios, existen los que son aupados desde el sector oficial, como un modo de prevenir posibles embestidas ideológicas desafectas a determinado régimen y los que son aupados por la oposición. En cada país abundan talleres apadrinados por el oficialismo y los que son levantados por el sector que le adversa en lo inmediato, otra cara del mismo dominio. Pero aún en el caso que por desconocimiento de origen se pretenda establecer un taller independiente, estos no podrán evitar las influencia de los maestros o padrinos, lo que de por sí es una garantía de dependencia, más que de influencia, que la habrá. A la fecha ninguna universidad y ningún taller puede adjudicarse el haber formado un solo artista, porque estos nacen de la interacción con distintos maestros, de ahí que los más grandes genios han sido siempre desafectos a la enseñanza sistematizada o la han superado con creces al escapar del rebaño. Jesús de Nazaret no solo fue el mayor maestro de todos los tiempos sino el más grande cínico, porque enseñaba con la confrontación. Llevaba sus discípulos a las sinagogas o al templo y entraba en disputas fríamente enchinchadas por Él con los maestros fariseos, saduceos, herodianos y demás parcelas contrarias, para que sus discípulos aprendieran antes que todo del sentido crítico necesario para pensar, caso que no ocurría con las demás parcelas políticorreligiosas de su tiempo. Es por eso que Saulo de Tarso se convirtió en Pablo de Roma y los ricos pescadores y cobradores de impuestos lo respetaron de inmediato, porque el pensamiento de Jesús no temía a la libertad de análisis, sino que huía de las reglas ortodoxas hacia las universales del hombre, hacia la creación de un ser capaz de leerse a sí mismo en el otro, en el universo, incluso llamaba al pecador y lo confrontaba y siempre era el propio pecador quien tomaba la decisión de sentirse en falta. Solo la interacción con las ideas de los distintos maestros puede llevar al discípulo a la consecución de una mente crítica, por eso un círculo de escritores llevará a la realización de obras que no podrá un taller, porque entre escritores hay independencia crítica, reflexión y la necesidad inherente a cada de uno conocerse a sí mismo, de poseer una identidad propia.

Ahora bien, la lectura trae a la superficie al hombre intelectual, si es que le muestran un hueco por donde amanecer. No olviden que existimos en una concepción falsa de nosotros y nuestro entorno, si se puede llamar existencia al estado virtual que obnubila nuestras mentes poco habituadas a leer la realidad, apáticas a leerlo todo, redargüirlo, cuestionarlo, reinventarlo en cada acto lector. Llamémosle existir a medias y no se existe a medias, ni siquiera se vegeta a medias, existir reclama que nos apoderemos de nuestra lectura del mundo, del día a día que nos soborna con imágenes pueriles, luminiscentes, sobre el facilismo mental de la Era de lo Inmediato.

No existimos en el buen sentido del término hasta no ser capaces de leer aquello que nos impide fructificar cuanto hacemos, colar nuestros pensamientos e incluso colar nuestras lecturas previas para allanar una lectura nueva cada vez y aceptarnos a nosotros mismos en estado primigenio, lo que somos sin más. El hombre cibernético no se conforma con su situación, enfermo de degradación frente a su espejo, se ve a sí mismo como un ser inacabado en el errado sentido de la inmediatez material, ansiedad insaciable que lo lleva al consumismo y al exceso de comparación, esta última abordada no para encontrarse a sí mismo, sino para ser a través del otro, ambiciona la otredad como a un dios eternamente en menguado, en vez de ser con el otro, que es reconocer y amar su mismidad, recurre al otro con recelo, en un acto de intromisión que lo separa de sí mismo.

No obstante, la lectura precede a nuestra visión de la realidad y por ende a nuestra versión de la misma, porque su espació de dominio es la verdad, pura y simple, sin mácula, y si bien el universo no deja de estar ahí porque no consigamos leerlo, la lectura espera en cuclillas su turno al bate, algo que jamás cesa porque hay más dialéctica entre la realidad y la lectura que entre el sol y las sombras. Ciertamente la lectura acapara la realidad del sujeto, proclive a la creación de nuevas realidades ya que leer es situar la realidad en esa existencia multívoca y polidimensionada, ahondar en cada constructo que obnubila nuestros pensamientos como en un matrimonio por conveniencia, entrega razonada cuya firmeza dependerá de paciencia y parsimonia.

El acto lector se empaña con la falta de práctica, en demasiadas ocasiones requiere tenacidad y siempre debe actuar con caución; la mente humana, en el íncipit, padece con dolor lo que más necesita. Debido a ello es que leer en realidad es leernos a nosotros mismos, al entorno, dilucidar las lecturas previas en el fluir de las ideas, reparar en los engranajes del sistema que invade nuestra lectura, entrever el constructo que nos capta, a veces con promesas de clarividencias; distinguir cuánto hay de nublazón en los sentidos, someter a juicio las verdades que antes acogíamos con devoción de amante, desconfiar de la misma lectura hasta que el acto lector, como un axioma, se eleve sobre un continente de lecturas, estampado hasta el tuétano sobre lecturas pasadas y por venir. No es extraño que a tantos les cueste disfrutar la proliferación de mundos que nos abre la lectura, pero descuiden, hay paz detrás de las ideas, solo se precisa de práctica.

La buena lectura busca el axioma y en consonancia orilla en una verdad que por universal reclama una lectura extensa, descubriendo una nueva realidad tanto al lector lastrado de pensamientos torvos como al más avezado acumulador de conocimientos. De la batalla entre el pensamiento que se resiste a ser leído con eficiencia y la lectura como acto acrisolador de la realidad surgen nuevos conceptos que permiten no solo concebir nuevas ideas, sino recrearlas, a un paso del advenimiento poético. De hecho la poesía, como acto creativo, no está limitada al instrumento de la palabra, a los signos, como materia prima, sino que es el resultado de la más excelsa lectura de la realidad, porque el lector-poeta-artista, moldea su propia realidad.

Entre las principales inquietudes del artista está crear obras de arte que el mundo considere privativas de él, para lo que se vale de la creación estética desde su óptica particular. Todo artista debe procurar una obra que por genial, o por sencilla, solo él haya creado, como ejemplo: los que crearon la rima se ganaron sus laudos miles de años atrás, toca a nosotros apropiarnos de nuevos envases que encuadren el ritmo, de otro modo particular de expresar nuestro arte; si alguien quiere hallar un camino distinto dentro de la rima, bueno, ese camino ha sido recorrido por milenios, emprenderá una labor titánica. Recuerden que Salomón dijo: nada hay nuevo debajo del sol, por eso recurrió a la poesía.

La poesía existe para crear, para parir nuevas vivencias. De la poesía objetiva desenmarañada por Einstein en La Relatividad General a la poesía subjetiva de Así habló Zaratustra, de Nietzsche o Las flores del mal, de Baudelaire, se requiere ahondar a piernas sueltas el lagar de las veritas tendido a nuestros pies en la platea del cosmos. Ya dijimos que toda absorción consciente y creativa de la realidad es lectura y toda interpretación de esta lectura produce un acto, en otras palabras, somos lectura y signo, eso nos hace humanos; dependemos de esta dialéctica para vivir y sin esta, en estado consciente, somos respuestas automáticas y borreguitas, constructos manidos ajenos a nosotros. Y, aunque nunca es bueno especular, quizá a nuestras múltiples realidades se refirió El Dios de Nazaret cuando habló de legiones. Ciertamente somos esclavos del de adentro, realidad que solo alcanzamos a reconocer tras una lectura despierta, que incrimina la liviandad de las doctrinas, capaz de sentar en el banquillo de los acusados a quienes nos premian por el poco esfuerzo y nos conminan a creer por sobre todas las cosas. Aceptaré todo de Cristo, con amor, incluso su cruz si me permiten creer con los ojos abiertos y me dejan leer a la luz de un acto crítico y comparativo con las doctrinas del orbe. Cada acto de fe es un paso hacia al abismo que devora como llamas de un incendio a la cauta humanidad. Necesitamos leernos constantemente para existir y para no morir lentamente de inanición mental. Lo malo de morir de inanición mental es que alude a un proceso lento de esclavitud que afecta aún a nuestros seres queridos. Existir es ser dueño de nuestra realidad como espacio existencial, impedir que el enanismo intelectual nos subyugue en la inconsciencia, o expresado de otra manera, la eternidad radica en la singularidad, pero esta debe ser separada de la mezcolanza doctrinal de las distintas sociedades.

La relación Lectura/Acto de Habla tiende un puente a la relación Lectura y Poesía, y la de esta última combinación es tan estrecha que bien podemos afirmar que el acto perfecto de leer determinadas realidades conduce a un acto puro de creación artística, una nueva estética capaz de azorar el mundo. En ocasiones somos golpeados por una realidad plagada de lecturas ocultas agazapadas en nuestra sique, que solo despiertan a una nueva realidad al confrontarla en el espejo de una lectura eficaz. No es extraño que se hable de epifanía, misticismo, clarividencia, iluminación, siempre que el intelecto es golpeado por una realidad que empatiza de inmediato con nuestra concepción, que estructura la realidad en que nos sentimos situados.

La lectura como acto que precede a la poesía exorciza la realidad a costa de desmitificarla, extrayendo la savia de un nuevo paradigma; incluso, exige un modo distinto de abordar la realidad. La poesía es una nueva forma de leernos a nosotros mismos, a la otra realidad adscrita a nosotros, un leernos en la realidad que nos encuadra. La poesía es una relectura tan propia, singular, que solo admite nuestra lectura de nosotros mismos en estado puro, rivalizando con ideas, conceptos, sistemas, paradigmas estatuidos en un plano mayor del componente crítico. La poesía critica la realidad en toda su pureza, no la admite por el solo hecho de ser, sino que esta debe sobrevivir a la poesía, si es que puede. Se posiciona sobre una amalgama de lecturas previas de la realidad, suerte de espejo en el interior, léase, no desde el interior sino en el interior, para reflejarnos en sustancia, una nueva visión de aquello que somos, totalidad que no admite reducciones. El cosmos somos nosotros a través del ojo visor de la poesía, somos en el exterior, léase, no por el exterior sino en el exterior, otredad y mismidad una criatura. He aquí que me leo a mí mismo y me interpreto, someto las voces que invaden mi lectura porque todas son mi voz, aunque solo una me interpreta.

La Lectura transustancia el Acto de Habla; sustanciación y dispersión hacia todas las aristas del arte: pintura, música, arquitectura, ballet, cine y una retahíla de otras artes más. En cuanto al poema su coronación poética recoge el cosmos acá y acullá, su realidad, sus yerros, que siempre serán los más, aquellos paradigmas y realidades que lo conforman, porque no hay libertad en el interior a no ser por ese destello que implica el acto poético cuando el poeta se lee a sí mismo. Su cara frente al espejo mostrará el rostro que más desagrada a su lectura de la realidad o de lo contrario su poética surgirá natimuerta por nacer sujeta a lecturas erradas de sí mismo. Solo la humildad, el reconocimiento de sus imperfecciones rescatarán la belleza del poeta, de su Yo reflejado en sí mismo y en el resto. La poesía salva al lector/poeta de la lectura que hace de sí mismo porque lo rescata de esa vorágine de realidades que les son ajenas en su mismo interior, o que le son internas en el exterior. El cosmos poético no conoce la diversidad sustancial, no hay separación, ni razas, ni elementos diversos, el poeta es uno con el cosmos, el cosmos es una unidad embutida con piezas indisociables.

La poesía implica la existencia misma para el lector suspendido en el tormentoso dispendio de sistemas que pueblan la lectura, una vez que acierta en la realidad, que despierta por primera vez al soliloquio de su interior, que descubre que solo con él mismo, incluso reflejado en otras realidades o leído en otros textos, es posible la comunicación creativa. No hay quietud en la lectura de la realidad, no hay un banco para el solaz antes del entendimiento. A la lectura de la realidad solo hay invitación para la nuestra, la realidad no cede puesto a lecturas erradas. No obstante, la era de la información semeja una era de señales de humo con la peculiaridad de que hay humo de todos los colores y el fuego que humea se reviste de espectacularidad. La poesía, con todo y su carácter inefable, depende de la lectura para sorber la realidad.

Llegar a la poesía por la vía sicodélica, el alcohol, el libre fluir de la conciencia, si bien ayudaron a nuevas lecturas y nuevas formas de tocar la creación en un momento dado, funcionaron mientras persistió la novedad, porque la poesía no se trata de modos, ni destinos, el ser humano no aprende a leerse de determinada manera, ni con determinada finalidad, como en la frase cliché, el destino es el vehículo, no hay una meta en el frente, el destino es la lectura que lleva a la creatividad del mismo modo que la creatividad exige una lectura esencial, de allí que algunos asignen a la poesía ese errado carácter de irracionalidad y visión determinista, pasando por alto que los locos y los visionarios la padecen por igual; los primeros en estado surrealista, los últimos en un objetivismo medular, mas, por el contrario, la poesía es creación constante.

Si bien en ocasiones la creatividad aflora en la locura, no implica un fenómeno inherente, como tampoco los visionarios pueden empezar a vender fórmulas teleológicas al por mayor, por más libros Paraidiotas con supuestos atajos para alcanzar sueños que se publiquen. Ser visionario funciona para el sujeto que enfrenta su realidad con la meta en lo que desea alcanzar y podría servir para cambiar un paradigma en particular; pero como en el huevo de Colón: después que alguien encuentra el modo ahí acaba la poesía, porque la poesía no persigue un objeto dado, no es un texto prescriptivo para la consecución de un ideal, la poesía es un río de arena movediza que se hunde hacia arriba, o mejor dicho, una bipolaridad hacia adentro y hacia afuera. Mientras los visionarios transgreden la realidad misma, y en ello hacen bien, no son conscientes de la encomienda poética de leerse a sí mismos para leer el mundo, su lectura del mundo es una fijación que no logran apartar de la que subyace en ellos como un don, pero es demasiado objetiva, fija, tanto, que fragmenta en un objetivo particular la universalidad de su lectura del cosmos, de ahí que a más grande la capacidad de leer el cosmos del visionario, mayor se considere su brillantez, pero nunca su poesía.

Si el intelecto es capaz de leer distintas realidades sin importar los desafíos que estas le planteen, el lector poeta es capaz de atrapar el cosmos en su vastedad sin importar su rareza por considerarse parte de él. El de los locos parece ser el estado poético natural, en toda su pureza, pero al carecer de la capacidad de razonar no se puede hablar de que se lean a sí mismos, transgrediendo esa exigencia poética. Como se ha dicho, lectura y poesía hacen más que interactuar en la dialéctica de la creación; a fin de cuentas, crear no es siempre interpretar una realidad objetiva del cosmos, sino reformular la realidad del ser humano desde el punto de partida y hacia el punto de partida de él mismo, un todo ontológico sin final ni principio. Lo exterior del ser humano está ahí en las estrellas, solo necesita ser consciente de que no existe divergencia entre hombre, cosmos, naturaleza, ente, materia y tiempo. La lectura debe desentrañar ese Uno Mismo oculto en los pliegues de la realidad del cosmos, del pensamiento extraño, rescatar su singularidad, y por qué no, su simpleza, su levedad, su irracionalidad de emisario de ausencia trastocándola en presencia. Es crítica, reflexiva, al desembocar en acto de habla, deviene en acto legible, dialéctica del ser humano en definitiva, puente infinito a la producción de imágenes que tomaremos más adelante. Por eso la escritura es el envés de la lectura, porque nos permite reflejarnos en ella como en un instante eternizado mientras distinguimos influencias de otras lecturas por esa cualidad de leer para poder leernos, ser leídos para leer y leernos para vivir, ayudándonos a indagar en el lugar más oscuro, inhóspito e incomprendido de todos, el interior de nosotros mismos.

Tomado de Revista Cultural Amayaúna

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