por Alex Joyce, especialista en “demoliciones perversas”, según sus propias
palabras. Sus reseñas son despiadas, irreverentes, (¿blasfemas?... usted
decidirá), sobre obras reverenciadas y que en general son colocadas entre lo mejor de
la literatura mundial.
RAYUELA, QUE ALGO QUEDA
He tomado otra vez Rayuela, después de muchos años, con la saludable
intención con que uno abre una medicina amarga: esperando el bien prometido, o
recordado, y temiendo el sabor de ahora. He salido, no curado, sino con la
sospecha de que el viejo frasco venía vacío y el prospecto escrito en francés.
Dicen que es novela, y tal vez yo también lo dije; sostengo hoy que es un
mueble de Ikea sin tornillos, que exige del lector una fe activa y una llave
Allen metafísica. Se nos invita a saltar capítulos como quien cruza charcos:
no por necesidad, sino por deporte. El resultado es que uno acaba empapado de
referencias, citas y humo intelectual, con la elegante sensación de haber
participado en algo importante sin saber muy bien en qué.
Porque Rayuela no se lee: se padece. No se avanza: se deambula. No se
comprende: se consiente. Es un libro que no se conforma con ser libro, como si
eso fuera poca cosa, y decide convertirse en método, en desafío, en postura
vital y, si se descuida, en secta. El lector ya no es lector: es cómplice,
acróbata, saltimbanqui, y a ratos víctima voluntaria de un experimento cuya
hipótesis nunca se nos explica del todo.

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