por Alex Joyce, especialista en “demoliciones perversas”, según sus propias
palabras. Sus reseñas son despiadas, irreverentes, (¿blasfemas?... usted
decidirá), sobre obras reverenciadas y que en general se colocan entre las más
respetadas de la literatura mundial.
Yo no sé qué extraño embrujo ejerce sobre los hombres el nombre de lo antiguo.
Dígase “Homero”, y todo el mundo se quita el sombrero como ante una
aparición divina; pronúnciese “La Ilíada”, y las más jóvenes plumas tiemblan, los eruditos se inclinan, y los
estudiantes —¡pobres víctimas del hexámetro!— se preparan a sufrir su
penitencia con el estoicismo de Aquiles, que al menos tenía su botín de guerra
y su cólera para entretenerse.
Yo, que no tengo más que paciencia y un ejemplar ajado de la traducción de
Hermosilla, me he sentado estos días a leer la Ilíada, decidido a encontrar el genio inmortal de Grecia. Y lo he encontrado, sí,
pero sepultado bajo tantas enumeraciones de naves, tantos epítetos formularios
y tantos combates entre hombres que se parecen como gotas de vino aguado que
bien podría uno confundir a Héctor con cualquier lancero de provincias.
Dicen los sabios que la Ilíada es el poema de la guerra, de la cólera y del
destino. Y yo digo que es, ante todo, el poema del bostezo: veinte y cuatro
cantos de repeticiones solemnes, donde los dioses se entretienen en disputas
domésticas, los hombres se matan con admirable monotonía y los lectores
—modernos al fin— buscamos en vano un poco de humanidad que no esté
embalsamada en fórmulas.

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