por Alex Joyce, especialista en “demoliciones perversas”, según sus
propias palabras. Sus reseñas son despiadas, irreverentes, (¿blasfemas?...
usted decidirá), sobre obras reverenciadas y que en general se colocan entre
las más respetadas de la literatura mundial.
CIEN AÑOS DE ABURRIMIENTO
Hay libros que se leen por deber, otros por gusto y algunos, como este Cien
años de soledad, por ese embrujo colectivo que se apodera de los pueblos
cuando deciden alzar un título a la categoría de reliquia sagrada. Y ya se
sabe que cuando la multitud reverencia algo, uno, que ha recibido de la
naturaleza el ingrato don de pensar, siente la obligación moral de desconfiar.
Fue así como me adentré en Macondo: no por entusiasmo —que ya me
gustaría a mí conservarlo intacto a estas alturas— sino por responder a la
pregunta del millón de dólares: ¿Será esto realmente la obra maestra que me
han prometido, o me espera otra velada de tedio encuadernado?
No bien pasadas las primeras páginas, comprendí que la empresa iba a ser
ardua. A Macondo, como a tantos pueblos de esta tierra nuestra, no le faltan
personajes, pero sí orden, claridad y hasta un poco de misericordia hacia el
lector que intenta recordar quién es quién entre este ejército de
Aurelianos y Josés Arcadios que pululan como si el nombre fuese
moneda escasa. El empeño de recordar cuál personaje es hijo, tío, sobrino o
primo del otro exigiría un árbol genealógico tamaño mural, y aun así sospecho
que el escritor, en un rapto de humor, cambiaría las ramas cuando uno se
distrajera. ¡Y luego dicen que la literatura es un placer!
Se me dirá que la confusión es parte del encanto, que el caos es el espejo del
mundo. Muy bien, pero en ese caso, ¿para qué escribir novelas? Para caos ya
tenemos la vida. Si el propósito era extraviarnos, Macondo podría haberse
ahorrado tantas páginas y enviarnos directamente a una oficina pública en hora
punta. Allí también reina la magia, y los sucesos carecen de toda explicación
lógica.

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