jueves, 23 de enero de 2020

ES POSIBLE QUE SUCEDIERA

MINIFICCIÓN

I. El Pleito de Siboney

Al abrir la puerta, la luz de la calle reveló su enorme cabezota como de dinosaurio que me miraba con ojos fosforescentes desde el fondo del cuarto. Medio atemorizado, tratando de acostumbrar mis ojos a la poca luz, di varios pasos hacia adelante y vi su espigado cuerpo avanzar tambaleante hacia mí, como si anduviera en zancos. Al interceptarme el paso, comprendí que iba a tener que pelear. Recuerdo que pensé “Yo que no ‘toy en forma pa’ estas vainas”, pero como pude, con resoplidos de fuego de caballo agitado, y luchando por tenerme en pie, más por machismo que por deseos, alcé mis puños a ver si lo amedrentaba. Para mi sorpresa, lo vi a él hacer lo mismo y cuadrarse como yo. Avanzamos unas cuantas pulgadas más, como midiéndonos, y al encontrarnos fui el primero en lanzar un golpe que él me devolvió de forma automática y con tal fiereza que al abanicar de a poco caemos uno a los pies del otro. De pronto, utilizando el poquito de fuerza que conservaba, con el corazón en la boca, le asesté un puñetazo brutal que lo hizo saltar en pedazos por toda la habitación. No supe más de mí, pero al despertar en el piso frío, nadando en un fango hecho de un líquido amarilloso ligado con sangre, comida a medio digerir y vidrios rotos, al ver la sangre seca en mi mano derecha hinchada como si la hubiera picado una cacata, lo comprendí todo. Me senté y miré a mi alrededor y en la pared, que veía girar como tiovivo burlón, se destacaba el marco de caoba de casi tres pies de ancho, que iba desde el piso hasta el cielorraso, donde sólo quedaba el cartón marrón con manchas de sangre. Sentía mi cabeza vana como globo a merced del viento y próximo a explotar. Mientras, el carrusel en que navegaba, que apagaba y prendía sus lucecitas de colores con intermitencia creciente, se aceleraba, y mi estómago, asaltado por miles de sapitos perversos que lo aguijoneaban con sus diminutos falos que secretaban un jugo amargoamarilloverdoso que salía por mi boca, debilitaba todo mi cuerpo y me hacía sudar frío, lo que me obligó a buscar refugio en el cemento agradable del piso que me abrazó de nuevo resignado.

II. La duda de Siboney

Todo comenzó por una curiosidad aplazada y por complacer a mi ahijado, el hijo del compadre Miguel Ángel, quien siempre me vivía hablando de las cosas extraordinarias que se podían hacer en la Internet. Yo, que por el afán de ocultar mi ignorancia le hacía creer que entendía de esas cosas diciéndole “ya lo sé, mi ahijado”, y que hasta ese momento me había zafado de complacerlo alegando que no tenía tiempo, por fin acepté su invitación para quitármelo de encima. “En la Internet está todo, padrino Sibo”, me repitió Enerito, que así se llamaba mi ahijado.

“Vamos a teclear su nombre, a ver qué dicen de usted... a ver, a ver... ah, aquí está: ‘In Memoriam. Que en paz descanse el alma del Sr. Siboney Osiris Yépez Mendoza, vecino de Junquito-Mao, Provincia Valverde, República Dominicana, fallecido en la paz del Señor la semana Santa del año 2000. Sus hijos, Monchy y Mateo, sus nietos Chavo, Florinda y Doroteo, y su viuda Doña Bárbara, lo recuerdan con amor en éste el duodécimo aniversario de su sentida muerte...’”. ¿Será mi imaginación o en realidad estoy muerto?, pensé. En medio de la niebla inmensa que me rodeaba busqué una explicación de Enerito, pero este ya no estaba. Tampoco estaba mi cuerpo. Sólo mi pensamiento estaba y unas pelotas de playas con números grandotes que saltaban y rebotaban a mi alrededor como astronautas en la luna los cuales me sentía obligado a leer en voz alta: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144, 233, 377, 610, 987, 1597, 2584, 4181, 6765, 10946… y que leo sin cesar desde hace mucho y me persiguen como perros sabuesos en el limbo donde floto y desde donde les envío este recado con la esperanza de que alguien lo capte y me rescate.

III. El incendio

Ante las miradas asombradas de los curiosos, la cuadrilla de bomberos se resignó a observar desde la acera cómo a su cuartel con todo y camión-cisterna adentro lo consumían las voraces llamas del incendio...

Isaías Ferreira Medina

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Entradas populares