Mi primera experiencia con los relatos de Chéjov fue repentina y breve, y se
produjo prematuramente. Cuando lo leí a los veinte años, desconocía su
prestigio e importancia, o por qué debía leerlo (una de esas lagunas de
ignorancia que intenta subsanar la universidad). Pese a su aparente sencillez
y su engañosa accesibilidad, los relatos de Chéjov –en especial los más
destacados– siguen pareciéndome relativamente impenetrables para los jóvenes
corrientes. En realidad, Chéjov me parece un escritor para adultos. Su
obra se vuelve provechosa y espléndida, cuando consigue dirigir nuestra
atención hacia sentimientos maduros y casi imperceptibles alternativas morales
circunscriptas en dilemas mayores, cualquiera de las cuales, si las
encontráramos en nuestra precipitada vida con los demás, probablemente pasaría
inadvertida incluso a la observación más sutil.
El deseo de Chéjov es complicar y poner en tela de juicio nuestra impresión
sobre personajes que, erróneamente, nos creemos capaces de comprender a simple
vista. Casi siempre nos aborda con una gran seriedad, centrada en algo que se
propone hacer irreductible y accesible, y mediante esta concentración quiere
insistir en que nos tomemos la vida a pecho. Tal instrucción no es fácil de
seguir cuando uno es joven. Mi propia experiencia universitaria consistió en
la lectura del gran clásico de las antologías, “La dama del perrito” (1899),
que básicamente me causó perplejidad, si bien la franqueza y autoridad
esenciales del relato me indujeron a sentir cierto respeto por esa luz gris de
hondas emociones que emana del austero contenido del relato.
“La dama del perrito” trata del fortuito encuentro amoroso entre dos personas
unidas en matrimonio a otras dos personas. Uno de ellos es un aburrido hombre
de negocios moscovita de mediana edad, y la otra, una ociosa recién casada de
poco más de veinte años, ambos en un período de asueto marital en el balneario
de Yalta, a orillas del mar Negro. Los dos entablan un breve y tórrido idilio
que, para el hombre de negocios moscovita al menos, no parece muy distinto de
otros idilios de su vida. Después de un corto y trepidante tiempo juntos, sus
vacaciones concluyen de manera previsible: Anna, la joven “dama del perrito”,
parte de regreso a su casa y a su marido en Petersburgo, mientras que el
maduro Gurov reanuda sus tediosas relaciones profesionales y maritales en
Moscú. Pero los efectos de la aventura pronto empiezan a contaminar la vida
cotidiana de Gurov y a despertarle un devorador deseo, de modo que termina por
urdir una mentira para viajar a Petersburgo, donde se reúne con la anhelante
Anna en el entreacto de una obra de teatro expresivamente titulada La geisha.
En las semanas posteriores, Anna establece la rutina de visitar a Gurov en
Moscú, donde –observa el narrador omnisciente– “les parecía que era el mismo
destino quien los había hecho el uno para el otro, y les resultaba
incomprensible por qué él estaba casado y estaba casada ella”. En su secreto
nido de amor del bazar Slavianski, Anna llora amargamente a causa de esa
ingrata situación, mientras Gurov se esfuerza, de manera un tanto imperiosa,
por consolarla. Al final del relato, el narrador, como poniendo cara de poker,
concluye: “Y parecía que un poco más y encontrarían la solución, y empezaría
entonces una vida nueva, maravillosa, y para ambos estaba claro que hasta el
final faltaba mucho, mucho, y que lo más complicado y difícil no había hecho
más que empezar”.
Lo que yo no comprendía allá por 1964, a mis veinte años, era lo que convertía
en un gran relato –supuestamente uno de los más grandes jamás escritos– a esa
monótona sucesión de incidentes anticlimáticos. Sabía que trataba sobre la
pasión, y que –si bien Chéjov no lo describía– había sexo, sexo adúltero. Pero
me parecía que al final del relato, cuando Gurov y Anna se dan cita lejos de
las miradas de sus cónyuges, no ocurría casi nada, o al menos yo no lo
detectaba. Hacen el amor –entre bastidores–; Anna llora; Gurov dice
nerviosamente: “Basta ya, querida mía, ya has llorado. A ver, hablemos. Algo
se nos ocurrirá”. Y ahí termina el relato. Allá por 1964 no me atrevía a
afirmar que no me gustaba el relato. En realidad, no podía decirse que no me
gustara: sencillamente no veía en él ninguna razón para que gustara tanto. En
clase, se estudió a fondo el párrafo inicial, que contiene la presentación
–famosa por lo breve, compleja y sin embargo directa– con su información y
estrategias para prefigurar cómo se desarrollaría posteriormente la historia.
Se dijo asimismo que el final era admirable. Hoy, lo que diría que tiene de
bueno “La dama del perrito” (y quizá el lector debería detenerse aquí, leer el
relato y volver), es primordialmente que la narración no se centra en los
elementos convencionales de interés –sexo, engaño y desenlace final–, sino que
dirige nuestra atención hacia esos terrenos menos abruptos de una aventura
amorosa donde podrían pasar inadvertidos detalles importantes. Justamente, lo
que “La dama del perrito” demuestra es que los sucesos corrientes presentan
trascendentes alternativas morales y, por lo tanto, tienen consecuencias en la
vida que nos conviene tomar en consideración, aun si antes de leer el relato
suponíamos que no era así. Éstos son aspectos del relato que el autor desea
que no pasemos por alto.
Desde mi perspectiva de escritor, me interesa y complace esta elección por
parte de Chéjov, esta relación en apariencia anodina a la que otorga
trascendencia y trata con inteligencia, gracia y compasión. Porque,
supervisándolo todo, se halla la utilización quirúrgica que Chéjov hace de su
perspicaz narrador (“Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaba aquí
Yalta, y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos.
En esa inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de
cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación
eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra”). Con los años,
he llegado a tener en gran consideración “La dama del perrito”, y no sólo como
el relato gracias a cuyas sutilezas empecé a saber por qué me gustaba Chéjov,
sino también porque, debido a su ejemplar plenitud, llegué a experimentar la
literatura en el sentido que le da F.R. Leavis en su famoso ensayo sobre
Lawrence: entendiéndola como el medio supremo a través del cual “sufrimos una
renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia”.
El modo en que Chéjov presenta esta aventura amorosa en tono menor,
protagonizada por personas insignificantes y respetables, contribuyó a dar
forma a mi idea de lo que podían implicar las palabras “vida emocional”.
Ahora bien, dejando de lado esta pequeña obra maestra, ¿qué clase de
conciencia nos proporciona en general la lectura de los relatos de Chéjov?
Naturalmente, no existe el relato “típico” de Chéjov, circunstancia que reduce
al sinsentido el cómodo término seudocrítico “chejoviano”. Si bien hay muchos
relatos en los que la vida cotidiana ofrece una apariencia estéril desde el
punto de vista dramático –excepto por el hecho de que Chéjov la convierte en
objeto de una intensa investigación narrativa cuyo resultado es el
descubrimiento de una inesperada cobardía emocional o una dolorosa indecisión
moral, como en el caso de “La grosella”–, hay otros de un dramatismo
fulminante, que hacen temblar las ventanas y avanzan de manera desenfrenada
hacia su desenlace como trenes de carga. En “Enemigos”, por ejemplo, un joven
y angustiado esposo irrumpe en casa de un médico a altas horas de la noche y
le suplica que, fiel a su juramento, vaya a atender de inmediato a su esposa
agonizante (aunque el propio hijo del médico acaba de expirar momentos antes).
A su pesar, el médico deja de lado su dolor y cumple con su obligación, pero
cuando llegan a la casa del hombre, la esposa no está allí, porque ha huido
con otro hombre. El título del relato insinúa ya el vehemente desenlace de la
noche.
Si en general se cree que el característico final de Chéjov deja a los
lectores intentando aferrar en el aire las respuestas a las profundas, pero
ambiguas vacilaciones morales presentes en el relato –respuestas que el autor
no ha ofrecido porque las consideraba intelectualmente reductivas–, existe a
la inversa el Chéjov directo que de manera sistemática nos cuenta exactamente
lo que desea que sepamos. Y, por último, si se piensa que todos los relatos de
Chéjov rebosan trascendencia y severidad como la luz gris que ilumina
momentáneamente al pobre Ryabóvich en “El beso”, tenemos también al Chejov
burlesco. De hecho, es frecuente la aparición del humor de Chéjov, a menudo en
momentos sorprendentes pero nunca equívocos. Al igual que en Shakespeare y en
Faulkner y en Flannery O’Connor, el giro cómico no sólo intensifica y actúa
como contrapeso de la gravedad de un relato serio, sino que además humaniza
nuestra propia familiaridad, permitiendo que salga a la luz el contexto más
pleno, más real de la vida, como si Chéjov suscribiera la antigua máxima
cómica que rige la dualidad básica de la vida: si nada es gracioso, nada llega
a ser realmente serio.
En sus relatos, lejos de sucumbir a alguna forma reconocible por un esquema,
Chéjov parece tan comprometido con el carácter variopinto de la vida que nos
produce la sensación de que la ficción debe estar siempre al borde de resultar
irreconocible (claro que su inteligencia ordenadora impulsa fervientemente el
relato a la claridad). En Chéjov, no hay actitudes previsibles respecto de
nada: ni las mujeres, ni los niños, ni los perros, ni los gatos, ni el clero,
ni los campesinos, ni los militares, ni los hombres de negocios, ni los
funcionarios, ni el matrimonio, ni la propia Rusia. Y si algo puede
calificarse de “típico”, es su insistencia en que permanezcamos atentos a los
matices de la vida y sus más nimias connotaciones morales (“La falta de amor y
la infelicidad… ¡qué interesante era eso!”, piensa Nadya en “Después del
teatro” tras ver una representación de Eugenio Onegin). De hecho, todos los
relatos de Chéjov a menudo no parecen –por su lenguaje formal y directo–
siquiera ingeniosos, sino más bien la laboriosa descripción paso a paso de una
existencia común y corriente, hasta que Chéjov empieza a iluminar los
territorios sumidos en la oscuridad, como un modo de inventar lo que es nuevo,
fundamental o calamitoso en la existencia humana.
En realidad, la reacción más habitual ante alguno de esos momentos de
descubrimiento moral en un relato de Chéjov –que lo que tal personaje ha hecho
es correcto, que lo que tal otro ha pensado no lo es– suele ser, para nuestro
consuelo, de reconocimiento más que de sorpresa, como si en el fondo ya
supiéramos que la gente era así, pero hasta ese momento no hubiéramos
necesitado develarlo (como en esta extraordinaria frase del relato
“Campesinos”: “Cuando en una familia hay un enfermo ya sin esperanzas de sanar
y que tarda en morirse, a veces se suceden momentos penosos en que todos los
allegados desean en el fondo de su alma que muera”). Vale aclarar que Chéjov
no se distingue por la tendencia al aforismo. Por lo general, prefiere hacer
hincapié en el modo en que la vida lucha sin el menor heroísmo por alcanzar la
normalidad, en lugar de ofrecer momentos en que la vida es excepcional (o,
mediante una astuta observación, revestirla de una apariencia excepcional). Y,
pese a lo repletos de experiencia de vida que están los relatos, Chéjov
también parece regular la cantidad de complejidad que contienen, como si
existieran límites al grado de significado literario que podemos tener en
cuenta. Sus relatos rara vez se resuelven en desenlaces dramáticos y
epifánicos: eluden en gran medida esta estrategia, para remitirnos de nuevo a
detalles anteriores y hacernos reconsiderar momentos cuyo carácter decisivo y
trascendente hemos pasado por alto para ver con mayor claridad al género
humano.
Puede decirse con relativa certeza que, con la elección del relato como forma
narrativa, Chéjov optó por no representar toda la vida: no incurrir en el
exceso sino dar forma sólo a algunas partes discretas y centrar en éstas
nuestra atención como método de indispensable instrucción moral. Nunca nos
hace sentir desorientados o demasiado en deuda con su genialidad. Por el
contrario, pone su genialidad a nuestra altura y la acomoda a nuestra
capacidad de comprensión, en un acto de empatía cuyo mensaje es que la vida es
básicamente como la conocemos en nuestros esfuerzos. Todo esto puede ser sólo
una manera de decir que la razón por la que nos gusta tanto Chéjov todavía es
porque sus relatos siguen pareciendo modernos, en la medida que se ajustan
mucho a nuestro tiempo y a nuestra mentalidad. Sus meticulosas anatomías de
los complejos impulsos humanos, su concepción de lo que es gracioso y
patético, su lúcida atención a la vida se corresponde de algún modo con
nuestra experiencia. Sus relatos pueden leerse con placer y avidez por su
perspicacia, sin notas a pie de página para explicar la época o la región
donde suceden. Tan fresca adecuación al presente no sólo confirma la redentora
vitalidad del impulso literario, sino que a la vez nos garantiza que formamos
parte de un continuum y que somos perdurables. Chéjov hace que nos sintamos
corroborados, indemnizados dentro de nuestra fragilidad humana, e incluso un
tanto esperanzados respecto de nuestra capacidad para afrontar la vida, poner
orden y encontrar claridad.
Como lectores de ficción (es decir, de literatura imaginativa), siempre vamos
en pos de pistas, de señales: ¿dónde, en la vida, buscar con mayor diligencia?
¿Qué no dejar pasar inadvertido? ¿Cuál es el origen de tal clase de calamidad
humana, de tal clase de júbilo y placer? ¿Cómo podemos vivir más cerca de ésta
y más lejos de aquélla? Para esta clase de peregrinos, Chéjov es un guía,
quizá el guía. Para los escritores del siglo veinte, su obra ha incidido en
todos nuestros supuestos sobre qué es un tema apropiado para una narración
imaginativa; qué momentos en la vida son demasiado cruciales o preciosos para
relegarlos al lenguaje convencional; cómo debería comenzar un relato y las
diversas formas para terminarlos. Y, lo más importante, sobre lo inapelable
que es la vida y, por tanto, lo tenaces que han de ser nuestras
representaciones de ella. Sin embargo, más que ninguna otra cosa, es el gran
equilibrio de Chéjov lo que nos emociona y admira. Dados los temas, los
personajes y las acciones que Chéjov pone en juego, automáticamente tenemos la
sensación de que todo lo importante está siempre presente en cada una de sus
obras. Como adultos, suele gustarnos lo que nos incita a saber más, y nos
sentimos halagados por una firme autoridad que primero nos inspira confianza y
luego nos ofrece buenos consejos. Al leer a Chéjov, ciertamente da la
impresión de que él nos conociera.
Traducción: Ricardo San Vicente
ENLACE:
Cuentos y
opiniones de Antón Chéjov en Ciudad Seva
ENLACE: Resignación, por
Richard Ford
ENLACE:
Canadá, por Richard Ford
ENLACE:
Reseña de Canadá, de Richard Ford
ENLACE:
Pecados sin cuento, Richard Ford


No hay comentarios.:
Publicar un comentario