La poesía debe funcionar como una fotografía que es capaz de recoger en
palabras, en un instante, en un golpe de luz, las imágenes que enfoca. Sólo la
poesía salva del olvido lo que muchos en largas horas de discursos y
conversaciones quisieron decir sin lograrlo.
Un país que no respete a la creación poética es un país que coloca en su
corazón un becerro de oro para adorar. La imagen poética se sustrae del
becerro de oro para captar la deslumbrante energía que los pueblos y su habla
construyen en el trajín de la cotidianidad.
La palabra del poeta se dispara desde el lugar inesperado y en una fracción de
segundos logra que lo negativo y lo positivo, la vida y la muerte aparezcan de
cuerpo entero. Los vergonzantes de la palabra no perciben que sólo la poesía
es capaz de medir en un verso por milésima de segundo, la falsa plenitud o los
vacíos de la caída humana.
Una nación, una cultura pueden reconstruir su pasado, presente y futuro en la
medida en que la poesía las retrata con sus palabras. La antigüedad se puede
visualizar porque Homero la retrató. Walt Whitman fue el único que pudo captar
la fuerza de los hombres y mujeres que construían a Estados Unidos en el siglo
XX. Sin Puskin Rusia sería en el recuerdo una gran estepa con cadáveres
congelados en el frío y zares crueles.
No hay texto de sociología, historia, antropología o filosofía que pueda
explicar en brevedad la complejidad del hombre como lo hace una metáfora. Los
seres humanos estamos hechos y desechos por la palabra y sólo la que coloca la
imagen en la escritura puede precisar hasta dónde llega el vacío y la
desesperanza que a diario trata de esconder la vida en la grandilocuencia.
La estadística es grandilocuencia, la política es grandilocuencia, la economía
es grandilocuencia. La poesía como una zorra de pelo mojado se instala en la
mitad del gallinero de los grandilocuentes y desarma los falsos mundos con
fotos fugaces, instantáneas, que muestran la piel y los pellejos que han caído
de la carne viva en roja sangre.
Dado a ello los sostenedores de la grandilocuencia sospechan de la poesía.
¿QUIÉN FUE ÁLVARO MIRANDA?
Álvaro Miranda, nació en Santa Marta, Colombia, en 1945. Poeta, novelista,
historiador, ensayista, editor y director de revistas literarias. Licenciado
en Filosofía y Letras de la Universidad de La Salle. Su primer libro de
poemas Indiada aparece en 1971. En 1982, con ocasión de recibir el
Premio Nacional de Poesía, la Universidad de Antioquia publica
Los Escritos de don Sancho Jimeno. Su novela,
La Risa del Cuervo, escrita en 1983, obtuvo el primer premio en
Buenos Aires y fue publicada en el año siguiente por la universidad de
Belgrano. Reescrita durante varios años y editada nuevamente en Bogotá por
su editorial Thomas de Quincey, en 1992, es galardonada por Colcultura, con
el premio “Pedro Gómez Valderrama”. En 1996,
Simulación de un reino recopila toda su obra poética (1966-1995). Su
trabajo ha sido traducido al inglés, al ruso y al catalán. Buena parte de su
trabajo literario está referido a un constante interés por la conquista
española y el Caribe en sus sucesos y lenguaje.
La Otra épica del Cid, como poemario, obtuvo la primera mención en el
Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia (2007). El
Programa Leer el Caribe, auspiciado por Banco de la República y Observatorio
del Caribe Colombiano, publicó del autor Obra escogida (2016). La
Universidad Externado de Colombia publicó
El libro blanco de los muertos (2017). Entre sus libros publicados
también se encuentran: Colombia la senda dorada del trigo (2000),
León de Greiff en el país de Bolombolo (2004),
Un cadáver para armar (2007),
Jorge Eliécer Gaitán, el fuego de una vida (2008),
Totó la momposina la memoria del tambor (2011) y
Roberto Triana la memoria audiovisual (2015).
El poeta mexicano Marco Antonio Campos dijo al referirse a
La otra épica del Cid: “Libro muy estructurado siguiendo el modelo
del Myo Çid antiguo, pero volviéndolo intensa y admirablemente colombiano.
Imágenes y metáforas de gran belleza y originalidad que suceden unas a otras
sin perder nunca el hilo del discurso. Los nombres propios adquieren vida
intensa. Un ritmo terso que se conjuga naturalmente con los contenidos. El
autor combina muy bien el lenguaje culto con expresiones y palabras
colombianas y con menciones a elementos de la naturaleza de la región. Un
verdadero poeta”.
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Álvaro Miranda
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