“Un momento que cambió mi vida: mientras mataba el tiempo, encontré la inspiración para mi novela más exitosa”
Se crio en el seno de una secta religiosa puritana, pero una visita
casual a la catedral de Peterborough despertó en él un interés de por vida
por estos maravillosos edificios.
Según le contó a Emine Saner
Miércoles 2 de febrero de 2022
A mediados de los años setenta, cuando era un joven reportero del
Evening News, un periódico de Londres, me enviaron a Peterborough —que
por aquel entonces estaba prácticamente en el límite de la zona donde se
distribuía el periódico— para cubrir una noticia. Ya había terminado la
entrevista y todavía faltaba una hora para que saliera el siguiente tren de
regreso a Londres. Como no tenía nada que hacer, decidí aprovechar el tiempo y
visitar la catedral de Peterborough.
Al acercarse a ella por el lado oeste, uno se encuentra con tres enormes arcos
que parecen las puertas de entrada a una ciudad de gigantes. Al entrar, miré a
mi alrededor y quedé completamente fascinado. A la mayoría de las personas que
visitan una catedral les ocurre lo mismo y suelen hacerse dos preguntas: ¿por
qué querría la gente de la Edad Media construir algo así? ¿Y cómo lograron
levantarlo?
La gente del siglo XII era muy pobre y, sin embargo, creó estos edificios
maravillosos: bellísimos, costosísimos y muy difíciles de construir para
personas que tenían herramientas rudimentarias y carecían de los conocimientos
matemáticos para calcular las tensiones estructurales. Cuando miras hacia
arriba, a las enormes piedras, sobre todo si hay una torre, piensas: ¿cómo
lograron subir eso hasta ahí arriba? Luego está la pura belleza de estas
iglesias maravillosas, la forma en que los arcos se elevan majestuosamente y
la perspectiva a lo largo de la nave. La vista desde la distancia también
suele ser fascinante.
Fue la primera vez que realmente contemplé una iglesia de esa manera. Me crie
en la secta religiosa puritana los
Hermanos de Plymouth (the Plymouth Brethren). A nuestras iglesias nunca las llamábamos "iglesias"; eran locales con
paredes blancas y desnudas. Las imágenes y las estatuas estaban prohibidas; el
único elemento decorativo podía ser un pasaje bíblico bordado. Así que, para
mí, todo aquello era nuevo, y estar allí de pie, en la catedral de
Peterborough, fue el comienzo de mi fascinación.
Al poco tiempo, empecé a buscar otras catedrales. Si viajaba a algún lugar que
tuviera una, me reservaba tiempo extra para visitarla, a veces un par de días.
Ahora voy armado con todos los libros de texto para saber qué curiosidades
buscar; muchas de las cosas interesantes de las catedrales se encuentran allí
donde algo salió mal, y puedes ver los pequeños remiendos que los
constructores tuvieron que hacer sobre la marcha.
Una visita a mi editor alemán en Colonia nunca está completa sin una visita a
la catedral de esa ciudad, la cual lamento decir que casi destruimos en la
guerra. Me he adentrado en los espacios polvorientos bajo los techos de muchas
catedrales, incluidas las de Canterbury y Florencia, y me he parado sobre las
imponentes vigas que cruzan las naves de lado a lado.
Varias décadas después, sigo descubriendo cosas nuevas. Hace unos cinco años,
como parte de una campaña de recaudación de fondos para las reparaciones de la
catedral de Peterborough, me invitaron a subir al tejado. Tiene pináculos, que
son pequeñas torres de un metro de altura, y algunos de ellos habían sido
reemplazados en los años cincuenta por versiones bastante toscas y sencillas.
Cuando estabas en el tejado se veían fatales, pero desde el suelo no se
notaba. La gente de los cincuenta pensó:
"No se ve desde abajo, nadie se va a dar cuenta, así que ¿para qué gastar
el dinero?". En cambio, lo que pensaban en la Edad Media era:
"Este pináculo tiene que ser hermoso porque Dios sí lo ve".
Aquel primer viaje a Peterborough despertó en mí una idea: una novela sobre la
construcción de una catedral. Echando la vista atrás, me doy cuenta de que no
habría podido escribirla en ese momento. No era lo bastante bueno como para
escribir el libro que tenía en mente —ambientado en torno a la construcción de
una catedral del siglo XII, algo que llevaría décadas, y las vidas de las
personas que trabajaban en ella— y era un proyecto demasiado ambicioso para
mí. Fue unos diez años después, en 1986, cuando volví a pensar en ello. Me
llevó más de tres años, pero logré escribir
Los pilares de la
Tierra, que sigue siendo mi libro más exitoso y popular. Luego, en 2019,
publiqué un libro sobre la catedral de Notre Dame —un edificio que llegué a
conocer bien tras muchas visitas a París y que ha significado mucho para mí—
con el fin de recaudar fondos para su restauración tras el devastador incendio
de ese año. Así que, décadas después de la publicación de
Los pilares de la
Tierra, sigo escribiendo sobre catedrales.
Mi pasión de por vida por estos lugares va más allá de la simple arquitectura.
Cuando entras en una catedral, te encuentras envuelto por una sensación de
paz; es como un descanso para el alma, sobre todo en este ajetreado siglo XXI.
Entro en una catedral y siento ganas de sentarme y dejar que esa sensación me
inunde. Esa es una de las cosas que me hace volver una y otra vez.
Me rebelé contra la fe puritana de mis padres. Estudié filosofía en la
universidad porque sentía que necesitaba ayuda para aclararme con respecto a
la religión y, en cuestión de un año, me volví ateo, y lo he sido desde
entonces. Eso también me llevó a rechazar todo lo espiritual durante un
tiempo. Las catedrales me hicieron volver; sigo siendo ateo, pero
sí tengo una vida espiritual.
Me siento agradecido con la catedral de Peterborough por haberme descubierto
algo. Desde luego, en aquellos días nunca me habría imaginado que terminaría
escribiendo mi mejor libro sobre una catedral. Pero, en un sentido más amplio,
jamás soñé que estos maravillosos edificios llegarían a convertirse en una
parte tan importante de mi vida.

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