Por Maria Popova
Revista The Marginalian
Una de las grandes paradojas de estar vivos en esta civilización es que
hemos llegado a temer y desvalorizar el triunfo que supone haber vivido,
olvidando que envejecer no es un castigo, sino un privilegio: el de haber
sobrevivido a
la soledad de la infancia, a la impetuosa inseguridad de la juventud y a las
turbulencias de la mediana edad, para así comenzar el continuo acto creativo de aferrarse mientras se
aprende a dejar ir.
Esto no resulta fácil en una cultura que fetichiza la juventud y que nos
envuelve en un manto de invisibilidad a medida que la vida nos va despojando
del tiempo. Necesitamos toda la ayuda posible: un equivalente psicológico de
lo que Eva Perón intentó lograr en el ámbito político con su
decálogo constitucional para la dignidad de la vejez. A continuación presento la mejor ayuda que he encontrado a lo largo de
los años: una especie de
decálogo para la constitución del país interior.
JANE ELLEN HARRISON
Lo primero que debemos hacer en esta cultura es refutar la idealización
romántica de la juventud, recalibrar las métricas con las que nos valoramos
a nosotros mismos. Y nadie lo ha expresado con mayor concisión y creatividad
que Jane Ellen Harrison (9 de septiembre de 1850–15 de abril de 1928),
una de las intelectuales más audaces y menos valoradas del siglo
pasado, en su
extraordinaria reflexión sobre la juventud y la vejez:
“La gente me pregunta: «¿Le gustaría volver a ser joven o no?». Desde
luego, es una de esas preguntas tontas que nunca deberían formularse,
porque son imposibles. Tú —la persona que eres— no puedes volver a ser
joven, porque ya no eres la persona que eras. No puedes desenrollar esa
bola de nieve que eres tú: no existe un «tú» separado de tu vida... la
que has vivido. Pero, aun dejando eso de lado, cuando uno se levanta de
lo que alguien llamó «el banquete de la vida», con el rostro encendido
por el vino de la existencia, ¿puede realmente desear volver a sentarse
a la mesa?
Cuando has escalado la montaña y el paisaje comienza por fin a
desplegarse ante tus ojos, ¿quieres volver a escalarla desde el
principio? ¡Mil veces no! Quien de verdad desea volver a ser joven es
porque nunca ha vivido; solo ha imaginado, solo ha representado un
papel.”
URSULA K. LE GUIN
Al comenzar la década de sus sesenta —ese umbral en el que muchas personas,
y especialmente las mujeres, empiezan a sentir el frío desdén de la
sociedad, las pequeñas crueldades del rechazo cotidiano y las sutiles
insinuaciones de la irrelevancia—, Ursula K. Le Guin (21 de octubre de
1929–22 de enero de 2018) se planteó
qué significa realmente la belleza a medida que envejecemos, atravesando el colágeno de nuestra ideología cultural para celebrar lo
más hermoso de envejecer: cómo el paso de los años templa y fortalece la
identidad personal, cincelando el mármol de la personalidad hasta revelar la
escultura del alma desnuda:
“Para las personas mayores, la belleza ya no viene gratis con las
hormonas, como ocurre en la juventud. Tiene que ver con los huesos.
Tiene que ver con quién es realmente una persona. Cada vez tiene más que
ver con lo que brilla a través de esos rostros y cuerpos surcados por el
tiempo.
[…]
Hay algo en mí que no cambia, que no ha cambiado a lo largo de todas las
extraordinarias, emocionantes, inquietantes y decepcionantes
transformaciones por las que ha pasado mi cuerpo. Hay una persona ahí
que no es solamente su apariencia. Y para encontrarla y conocerla tengo
que mirar más allá, mirar hacia dentro, mirar en lo profundo. No solo en
el espacio, sino también en el tiempo.
También vale la pena leer la reflexión de Le Guin sobre
el cambio, la menopausia como un renacimiento y el valor que las
personas mayores aportan a la civilización.”
BERTRAND RUSSELL
En el primer año de sus ochenta, cuando ya había recibido el Premio Nobel y
sobrevivido a dos guerras mundiales, el filósofo, matemático y pensador
polifacético Bertrand Russell (18 de mayo de 1872–2 de febrero de 1970)
escribió un
breve ensayo
sobre cómo envejecer, cuyo eje es este consejo que ensancha el sentido de la
vida:
“Procure que sus intereses se vuelvan, poco a poco, más amplios y menos
centrados en usted mismo, hasta que, gradualmente, los muros del ego
retrocedan y su vida se funda cada vez más con la vida universal. La
existencia de un ser humano debería parecerse a un río: al principio es
pequeño, avanza confinado entre estrechas orillas y se precipita con
ímpetu entre rocas y cascadas. Poco a poco el río se ensancha, las
orillas se alejan, sus aguas fluyen con mayor serenidad y, al final, sin
que exista una ruptura visible, desemboca en el mar y pierde, sin dolor,
su existencia individual.”
HENRY MILLER
Al cumplir ochenta años, Henry Miller (26 de diciembre de 1891–7 de junio de
1980) puso por escrito
todo lo que había aprendido sobre el envejecimiento y el secreto para
conservar un espíritu joven. Su extensa reflexión se resume magistralmente en este breve pasaje:
“Si gozas de buena salud; si todavía disfrutas de un buen paseo y de una
buena comida, con todos sus acompañamientos; si puedes dormir sin
necesidad de tomar una pastilla; si los pájaros y las flores, las
montañas y el mar siguen inspirándote, eres una persona verdaderamente
afortunada, y deberías arrodillarte cada mañana y cada noche para dar
gracias a Dios por el don de la vida y por su protección.
Si puedes enamorarte una y otra vez; si eres capaz de perdonar a tus
padres el «delito» de haberte traído al mundo; si te conformas con no
tener que llegar a ninguna parte y simplemente acoges cada día tal como
viene; si sabes perdonar tanto como olvidar; si logras no volverte
agrio, hosco, amargado ni cínico, amigo, ya tienes la mitad de la
batalla ganada.”
SIMONE DE BEAUVOIR
Al adentrarse en la década de sus sesenta, Simone de Beauvoir (9 de enero de
1908–14 de abril de 1986) dirigió su mirada hacia la vejez en un pasaje de
sus memorias
y formuló un consejo tan apasionado como desprovisto de sentimentalismo.
Aunque parecía dirigírselo a sí misma, terminó convirtiéndose en una valiosa
orientación para todos:
“Solo hay una manera de evitar que la vejez se convierta en una absurda
parodia de la vida que hemos vivido: seguir persiguiendo fines que den
sentido a nuestra existencia; entregarnos a otras personas, a grupos o a
causas; dedicarnos al trabajo social, político, intelectual o
creativo...
Al llegar a la vejez, deberíamos seguir teniendo pasiones lo bastante
intensas como para impedir que nos encerremos en nosotros mismos. La
vida conserva su valor mientras seamos capaces de reconocer el valor de
la vida de los demás, por medio del amor, la amistad, la indignación y
la compasión.”
JOAN DIDION
Joan Didion (5 de diciembre de 1934–23 de diciembre de 2021) tenía apenas
treinta y cuatro años cuando, al reflexionar sobre
el valor de llevar un diario, iluminó de manera indirecta lo que quizá sea una de las actitudes más
importantes que podemos cultivar hacia nosotros mismos a medida que pasan
los años: impedir que el paso del tiempo se convierta en un arma de
revisionismo y arrepentimiento.
“Creo que hacemos bien en mantener una relación cordial con las personas
que alguna vez fuimos, nos resulten o no una compañía agradable. De lo
contrario, reaparecen sin avisar y nos sorprenden; llaman con
insistencia a la puerta de la mente a las cuatro de la madrugada de una
mala noche y exigen saber quién las abandonó, quién las traicionó y
quién va a reparar el daño. Olvidamos demasiado pronto las cosas que
creíamos imposibles de olvidar. Olvidamos por igual los amores y las
traiciones; olvidamos lo que susurramos y lo que gritamos; olvidamos
quiénes fuimos.
[…]
Por eso es buena idea mantener el contacto; supongo que mantener el
contacto significa, en el fondo, mantener abiertas esas líneas de
comunicación con nosotros mismos.”
NICK CAVE
No mucho después de ofrecerle a un joven de trece años algunos
excelentes consejos sobre cómo crecer y madurar, Nick Cave, ya bien entrado en la sesentena, reflexionó sobre las dos
cualidades cuyo cultivo garantiza que envejecer sea una ampliación, y no un
estrechamiento, de la vida: una manera de contemplar el mundo con mayor
sutileza y de transitar por él con más ternura:
“La primera es la humildad. La humildad consiste en comprender que el
mundo no está dividido entre personas buenas y personas malas, sino que
está formado por individuos de toda clase, cada uno marcado por sus
propias heridas, cada uno inmerso en la lucha común de la condición
humana y cada uno con la capacidad de hacer tanto cosas terribles como
cosas hermosas. Cuando entendemos y aceptamos de verdad que todos somos
seres imperfectos, nos volvemos más tolerantes con las limitaciones de
los demás, y el mundo empieza a parecer menos discordante, menos
aislante y menos amenazador.
La otra cualidad es la curiosidad. Cuando observamos con curiosidad a
quienes no comparten nuestros valores, dejan de parecernos una amenaza y
se convierten en personas interesantes. A medida que he envejecido, he
aprendido que el mundo y quienes lo habitan son sorprendentemente
interesantes, y que cuanto más se mira y se escucha, más interesantes se
vuelven. Cultivar una mente inquisitiva —de la que la conversación es su
principal instrumento— enriquece nuestra relación con el mundo. He
descubierto que conversar con alguien con quien no estoy de acuerdo es
uno de los grandes placeres de la vida, un placer que la abraza en toda
su amplitud.”
KAHLIL GIBRAN
Aunque Kahlil Gibran (6 de enero de 1883–10 de abril de 1931) nunca llegó a
la vejez, nació con el alma de un anciano y supo reconocer con claridad las
recompensas de las etapas posteriores de la vida. Su hermosa meditación
lírica sobre
el arte de llegar a ser uno mismo a lo largo del recorrido de la
existencia
se sustenta en una confianza en sí mismo, conquistada con esfuerzo, que nos
fortalece frente a los vaivenes de las circunstancias:
“En mi juventud no era más que un esclavo del flujo y reflujo de la
marea, y un prisionero de las medias lunas y de las lunas llenas.
Hoy permanezco de pie en esta orilla, y ya no subo ni desciendo con
ellas.”
PABLO CASALS
Poco después de cumplir noventa y tres años, el legendario violonchelista
Pablo Casals (29 de diciembre de 1876–22 de octubre de 1973)
reflexionó sobre su vida
y encontró la clave de la plenitud en nunca dejar de trabajar con amor y en
vivir despierto ante la maravilla del mundo:
“Si continúas trabajando y absorbiendo la belleza que te rodea,
descubres que la edad no necesariamente significa envejecer. Al menos,
no en el sentido habitual. Siento muchas cosas con mayor intensidad que
nunca antes, y para mí la vida se vuelve cada vez más fascinante.”
Al continuar practicando y ofreciendo conciertos, Casals abordaba su rutina
diaria como un microcosmos de esa actitud ante la existencia:
“Voy al piano y toco dos preludios y fugas de Bach. No puedo imaginar
hacer otra cosa. Es una especie de bendición para la casa. Pero ese no
es su único significado para mí. Es un redescubrimiento del mundo del
que tengo la dicha de formar parte. Me llena de conciencia sobre la
maravilla de la vida, con una sensación del increíble prodigio que
significa ser un ser humano. La música nunca es la misma para mí, nunca.
Cada día es algo nuevo, fantástico, increíble. ¡Eso es Bach, como la
naturaleza: un milagro!”
GRACE PALEY
Al final de su sesentena, Grace Paley (11 de diciembre de 1922–22 de agosto
de 2007)
abordó la tarea de «adelantarse al tiempo»
y concluyó su magnífica reflexión con un regalo de despedida: un consejo
transformador que ella misma había recibido de su anciano padre:
“Mi padre había decidido enseñarme cómo envejecer. Le dije: «Está bien».
A mis hijos no les pareció una idea muy buena. Pensaban que, si yo sabía
cómo hacerlo, podría envejecer demasiado fácilmente. «No, no», les dije,
«eso será más adelante, dentro de muchos años. Y además, si lo aprendo
bien, quizá pueda serles útil a ustedes cuando llegue el momento».
Ellos dijeron: «¿De verdad?».
Mi padre quería comenzar lo antes posible.
[…]
«Siéntate», me dijo. «Ten paciencia. Lo principal es esto: cuando te
levantes por la mañana debes tomar tu corazón entre tus dos manos. Debes
hacerlo cada mañana».
«Eso es una metáfora, ¿verdad?».
«¿Metáfora? No, no. Puedes hacerlo. Por la mañana, haz unos pequeños
ejercicios para las articulaciones, sin exagerar. Luego coloca tus
manos, como formando una copa, una encima y otra debajo del corazón.
Debajo del pecho», dijo con tacto. «Probablemente sea más fácil para un
hombre. Después habla suavemente, no grites. Debajo de las costillas,
presiona un poco. Cuando despiertes, debes hacer este masaje. Quiero
decir: da unas palmaditas, acaricia un poco, no te avergüences. Es muy
probable que nadie te esté mirando. Después debes hablarle a tu
corazón».
«¿Hablar? ¿Qué digo?».
«Di cualquier cosa, pero hazlo con respeto. Puedes decir, por ejemplo:
“Corazón, pequeño corazón, late suavemente, pero nunca olvides tu tarea:
la sangre”. También puedes susurrar: “Recuerda, recuerda”».”
ENLACE AL ARTÍCULO ORIGINAL:
The Continuous Creative Act of Holding on and Letting Go: 10 Beautiful
Minds on the Art of Growing Older
Aproximación del artículo al español por Isaias Ferreira Medina











No hay comentarios.:
Publicar un comentario