sábado, 15 de agosto de 2026

EL CONTINUO Y CREATIVO ACTO DE AFERRARSE Y DEJAR IR...

... diez grandes mentes reflexionan sobre el arte de envejecer

Revista The Marginalian

Una de las grandes paradojas de estar vivos en esta civilización es que hemos llegado a temer y desvalorizar el triunfo que supone haber vivido, olvidando que envejecer no es un castigo, sino un privilegio: el de haber sobrevivido a la soledad de la infancia, a la impetuosa inseguridad de la juventud y a las turbulencias de la mediana edad, para así comenzar el continuo acto creativo de aferrarse mientras se aprende a dejar ir.

Esto no resulta fácil en una cultura que fetichiza la juventud y que nos envuelve en un manto de invisibilidad a medida que la vida nos va despojando del tiempo. Necesitamos toda la ayuda posible: un equivalente psicológico de lo que Eva Perón intentó lograr en el ámbito político con su decálogo constitucional para la dignidad de la vejez. A continuación presento la mejor ayuda que he encontrado a lo largo de los años: una especie de decálogo para la constitución del país interior.

JANE ELLEN HARRISON


Lo primero que debemos hacer en esta cultura es refutar la idealización romántica de la juventud, recalibrar las métricas con las que nos valoramos a nosotros mismos. Y nadie lo ha expresado con mayor concisión y creatividad que Jane Ellen Harrison (9 de septiembre de 1850–15 de abril de 1928), una de las intelectuales más audaces y menos valoradas del siglo pasado, en su extraordinaria reflexión sobre la juventud y la vejez:

“La gente me pregunta: «¿Le gustaría volver a ser joven o no?». Desde luego, es una de esas preguntas tontas que nunca deberían formularse, porque son imposibles. Tú —la persona que eres— no puedes volver a ser joven, porque ya no eres la persona que eras. No puedes desenrollar esa bola de nieve que eres tú: no existe un «tú» separado de tu vida... la que has vivido. Pero, aun dejando eso de lado, cuando uno se levanta de lo que alguien llamó «el banquete de la vida», con el rostro encendido por el vino de la existencia, ¿puede realmente desear volver a sentarse a la mesa? 

Cuando has escalado la montaña y el paisaje comienza por fin a desplegarse ante tus ojos, ¿quieres volver a escalarla desde el principio? ¡Mil veces no! Quien de verdad desea volver a ser joven es porque nunca ha vivido; solo ha imaginado, solo ha representado un papel.”

URSULA K. LE GUIN


Al comenzar la década de sus sesenta —ese umbral en el que muchas personas, y especialmente las mujeres, empiezan a sentir el frío desdén de la sociedad, las pequeñas crueldades del rechazo cotidiano y las sutiles insinuaciones de la irrelevancia—, Ursula K. Le Guin (21 de octubre de 1929–22 de enero de 2018) se planteó qué significa realmente la belleza a medida que envejecemos, atravesando el colágeno de nuestra ideología cultural para celebrar lo más hermoso de envejecer: cómo el paso de los años templa y fortalece la identidad personal, cincelando el mármol de la personalidad hasta revelar la escultura del alma desnuda:

“Para las personas mayores, la belleza ya no viene gratis con las hormonas, como ocurre en la juventud. Tiene que ver con los huesos. Tiene que ver con quién es realmente una persona. Cada vez tiene más que ver con lo que brilla a través de esos rostros y cuerpos surcados por el tiempo.

[…]

Hay algo en mí que no cambia, que no ha cambiado a lo largo de todas las extraordinarias, emocionantes, inquietantes y decepcionantes transformaciones por las que ha pasado mi cuerpo. Hay una persona ahí que no es solamente su apariencia. Y para encontrarla y conocerla tengo que mirar más allá, mirar hacia dentro, mirar en lo profundo. No solo en el espacio, sino también en el tiempo.

BERTRAND RUSSELL


En el primer año de sus ochenta, cuando ya había recibido el Premio Nobel y sobrevivido a dos guerras mundiales, el filósofo, matemático y pensador polifacético Bertrand Russell (18 de mayo de 1872–2 de febrero de 1970) escribió un breve ensayo sobre cómo envejecer, cuyo eje es este consejo que ensancha el sentido de la vida:

“Procure que sus intereses se vuelvan, poco a poco, más amplios y menos centrados en usted mismo, hasta que, gradualmente, los muros del ego retrocedan y su vida se funda cada vez más con la vida universal. La existencia de un ser humano debería parecerse a un río: al principio es pequeño, avanza confinado entre estrechas orillas y se precipita con ímpetu entre rocas y cascadas. Poco a poco el río se ensancha, las orillas se alejan, sus aguas fluyen con mayor serenidad y, al final, sin que exista una ruptura visible, desemboca en el mar y pierde, sin dolor, su existencia individual.”

HENRY MILLER


Al cumplir ochenta años, Henry Miller (26 de diciembre de 1891–7 de junio de 1980) puso por escrito todo lo que había aprendido sobre el envejecimiento y el secreto para conservar un espíritu joven. Su extensa reflexión se resume magistralmente en este breve pasaje:

“Si gozas de buena salud; si todavía disfrutas de un buen paseo y de una buena comida, con todos sus acompañamientos; si puedes dormir sin necesidad de tomar una pastilla; si los pájaros y las flores, las montañas y el mar siguen inspirándote, eres una persona verdaderamente afortunada, y deberías arrodillarte cada mañana y cada noche para dar gracias a Dios por el don de la vida y por su protección.

Si puedes enamorarte una y otra vez; si eres capaz de perdonar a tus padres el «delito» de haberte traído al mundo; si te conformas con no tener que llegar a ninguna parte y simplemente acoges cada día tal como viene; si sabes perdonar tanto como olvidar; si logras no volverte agrio, hosco, amargado ni cínico, amigo, ya tienes la mitad de la batalla ganada.”

SIMONE DE BEAUVOIR


Al adentrarse en la década de sus sesenta, Simone de Beauvoir (9 de enero de 1908–14 de abril de 1986) dirigió su mirada hacia la vejez en un pasaje de sus memorias y formuló un consejo tan apasionado como desprovisto de sentimentalismo. Aunque parecía dirigírselo a sí misma, terminó convirtiéndose en una valiosa orientación para todos:

“Solo hay una manera de evitar que la vejez se convierta en una absurda parodia de la vida que hemos vivido: seguir persiguiendo fines que den sentido a nuestra existencia; entregarnos a otras personas, a grupos o a causas; dedicarnos al trabajo social, político, intelectual o creativo...

Al llegar a la vejez, deberíamos seguir teniendo pasiones lo bastante intensas como para impedir que nos encerremos en nosotros mismos. La vida conserva su valor mientras seamos capaces de reconocer el valor de la vida de los demás, por medio del amor, la amistad, la indignación y la compasión.”

JOAN DIDION


Joan Didion (5 de diciembre de 1934–23 de diciembre de 2021) tenía apenas treinta y cuatro años cuando, al reflexionar sobre el valor de llevar un diario, iluminó de manera indirecta lo que quizá sea una de las actitudes más importantes que podemos cultivar hacia nosotros mismos a medida que pasan los años: impedir que el paso del tiempo se convierta en un arma de revisionismo y arrepentimiento.

“Creo que hacemos bien en mantener una relación cordial con las personas que alguna vez fuimos, nos resulten o no una compañía agradable. De lo contrario, reaparecen sin avisar y nos sorprenden; llaman con insistencia a la puerta de la mente a las cuatro de la madrugada de una mala noche y exigen saber quién las abandonó, quién las traicionó y quién va a reparar el daño. Olvidamos demasiado pronto las cosas que creíamos imposibles de olvidar. Olvidamos por igual los amores y las traiciones; olvidamos lo que susurramos y lo que gritamos; olvidamos quiénes fuimos.
[…]
Por eso es buena idea mantener el contacto; supongo que mantener el contacto significa, en el fondo, mantener abiertas esas líneas de comunicación con nosotros mismos.”

NICK CAVE


No mucho después de ofrecerle a un joven de trece años algunos excelentes consejos sobre cómo crecer y madurar, Nick Cave, ya bien entrado en la sesentena, reflexionó sobre las dos cualidades cuyo cultivo garantiza que envejecer sea una ampliación, y no un estrechamiento, de la vida: una manera de contemplar el mundo con mayor sutileza y de transitar por él con más ternura:

“La primera es la humildad. La humildad consiste en comprender que el mundo no está dividido entre personas buenas y personas malas, sino que está formado por individuos de toda clase, cada uno marcado por sus propias heridas, cada uno inmerso en la lucha común de la condición humana y cada uno con la capacidad de hacer tanto cosas terribles como cosas hermosas. Cuando entendemos y aceptamos de verdad que todos somos seres imperfectos, nos volvemos más tolerantes con las limitaciones de los demás, y el mundo empieza a parecer menos discordante, menos aislante y menos amenazador.

La otra cualidad es la curiosidad. Cuando observamos con curiosidad a quienes no comparten nuestros valores, dejan de parecernos una amenaza y se convierten en personas interesantes. A medida que he envejecido, he aprendido que el mundo y quienes lo habitan son sorprendentemente interesantes, y que cuanto más se mira y se escucha, más interesantes se vuelven. Cultivar una mente inquisitiva —de la que la conversación es su principal instrumento— enriquece nuestra relación con el mundo. He descubierto que conversar con alguien con quien no estoy de acuerdo es uno de los grandes placeres de la vida, un placer que la abraza en toda su amplitud.”

KAHLIL GIBRAN


Aunque Kahlil Gibran (6 de enero de 1883–10 de abril de 1931) nunca llegó a la vejez, nació con el alma de un anciano y supo reconocer con claridad las recompensas de las etapas posteriores de la vida. Su hermosa meditación lírica sobre el arte de llegar a ser uno mismo a lo largo del recorrido de la existencia se sustenta en una confianza en sí mismo, conquistada con esfuerzo, que nos fortalece frente a los vaivenes de las circunstancias:

“En mi juventud no era más que un esclavo del flujo y reflujo de la marea, y un prisionero de las medias lunas y de las lunas llenas.

Hoy permanezco de pie en esta orilla, y ya no subo ni desciendo con ellas.”

PABLO CASALS


Poco después de cumplir noventa y tres años, el legendario violonchelista Pablo Casals (29 de diciembre de 1876–22 de octubre de 1973) reflexionó sobre su vida y encontró la clave de la plenitud en nunca dejar de trabajar con amor y en vivir despierto ante la maravilla del mundo:

“Si continúas trabajando y absorbiendo la belleza que te rodea, descubres que la edad no necesariamente significa envejecer. Al menos, no en el sentido habitual. Siento muchas cosas con mayor intensidad que nunca antes, y para mí la vida se vuelve cada vez más fascinante.”

Al continuar practicando y ofreciendo conciertos, Casals abordaba su rutina diaria como un microcosmos de esa actitud ante la existencia:

“Voy al piano y toco dos preludios y fugas de Bach. No puedo imaginar hacer otra cosa. Es una especie de bendición para la casa. Pero ese no es su único significado para mí. Es un redescubrimiento del mundo del que tengo la dicha de formar parte. Me llena de conciencia sobre la maravilla de la vida, con una sensación del increíble prodigio que significa ser un ser humano. La música nunca es la misma para mí, nunca. Cada día es algo nuevo, fantástico, increíble. ¡Eso es Bach, como la naturaleza: un milagro!”

GRACE PALEY


Al final de su sesentena, Grace Paley (11 de diciembre de 1922–22 de agosto de 2007) abordó la tarea de «adelantarse al tiempo» y concluyó su magnífica reflexión con un regalo de despedida: un consejo transformador que ella misma había recibido de su anciano padre: 

“Mi padre había decidido enseñarme cómo envejecer. Le dije: «Está bien». A mis hijos no les pareció una idea muy buena. Pensaban que, si yo sabía cómo hacerlo, podría envejecer demasiado fácilmente. «No, no», les dije, «eso será más adelante, dentro de muchos años. Y además, si lo aprendo bien, quizá pueda serles útil a ustedes cuando llegue el momento».

Ellos dijeron: «¿De verdad?».

Mi padre quería comenzar lo antes posible.

[…]

«Siéntate», me dijo. «Ten paciencia. Lo principal es esto: cuando te levantes por la mañana debes tomar tu corazón entre tus dos manos. Debes hacerlo cada mañana».

«Eso es una metáfora, ¿verdad?».

«¿Metáfora? No, no. Puedes hacerlo. Por la mañana, haz unos pequeños ejercicios para las articulaciones, sin exagerar. Luego coloca tus manos, como formando una copa, una encima y otra debajo del corazón. Debajo del pecho», dijo con tacto. «Probablemente sea más fácil para un hombre. Después habla suavemente, no grites. Debajo de las costillas, presiona un poco. Cuando despiertes, debes hacer este masaje. Quiero decir: da unas palmaditas, acaricia un poco, no te avergüences. Es muy probable que nadie te esté mirando. Después debes hablarle a tu corazón».

«¿Hablar? ¿Qué digo?».

«Di cualquier cosa, pero hazlo con respeto. Puedes decir, por ejemplo: “Corazón, pequeño corazón, late suavemente, pero nunca olvides tu tarea: la sangre”. También puedes susurrar: “Recuerda, recuerda”».”


Aproximación del artículo al español por Isaias Ferreira Medina

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