¿Lo que al ratón tocaba si te viera
haces con el ratón, cuando, espantada,
huyes y gritas, siendo, bien mirada,
en limpieza y en trampas ratonera?
Juzgara quien huyendo de él te viera,
eras de queso añejo fabricada,
y con razón, que estás tan arrugada
que pareces al queso por de fuera.
¿Quién pensó, por si ansí tu espanto abones,
que coman solimán, que atenta guardas
el que en tu cara juntas a montones?
¿Saltar huyendo quieres aun las bardas,
cuando en roer no piensan los ratones
tu tez de lana sucia de las cardas?
ANÁLISIS CRÍTICO
Por
Víctor Villoria, de Poesía Necesaria
La crueldad satírica de
Quevedo
alcanza en este soneto una de sus expresiones más elaboradas y
desconcertantes. El poema conjuga ingenio conceptual extremo con una violencia
verbal que no escatima en recursos degradantes para construir un retrato
femenino donde la fealdad, la vejez y la hipocresía social se entrelazan
mediante una metáfora central tan sorprendente como repulsiva: la mujer como
ratonera viviente. La pieza ejemplifica hasta qué punto el
virtuosismo formal
puede ponerse al servicio de contenidos que hoy resultan éticamente
inadmisibles, planteando al lector contemporáneo la inevitable tensión entre
apreciación estética y rechazo moral.
El tema central del soneto gira en torno a la paradoja absurda
de una mujer vieja y fea que finge espantarse de los ratones, cuando
ella misma, por sus características físicas repugnantes, debería provocar el
terror en estos animales. El tono es de
burla despiadada y sarcasmo corrosivo, sostenido mediante una argumentación lógica en apariencia rigurosa. La
estructura argumentativa imita perversamente los silogismos escolásticos:
si los ratones buscan el queso, y esta mujer parece hecha de queso añejo
por sus arrugas, entonces los ratones deberían perseguirla a ella y no al
revés; pero dado que ni siquiera los ratones, animales supuestamente poco
exigentes, se interesan por ella, queda demostrada su absoluta repulsividad.
El primer cuarteto plantea la cuestión mediante
una pregunta retórica compleja que constituye por sí misma un acertijo
conceptista. El poeta interroga a la mujer sobre por qué huye espantada de los
ratones cuando ella misma es, «bien mirada», una ratonera tanto «en limpieza»
como «en trampas». La doble significación es característica del ingenio
quevedesco:
por un lado, sugiere que la mujer es tan sucia como una ratonera (lugar
inmundo donde quedan atrapados y mueren los roedores); por otro, insinúa
que ella misma funciona como trampa o engaño, posiblemente en el terreno
amoroso o social.
La expresión «lo que al ratón tocaba» alude a la conducta que correspondería
al ratón (huir de ella), pero que ella invierte fingiendo terror del animal
cuando debería ser al contrario.
El segundo cuarteto desarrolla la metáfora central del queso con una
precisión anatómica repugnante.
Quien la viera huyendo del ratón pensaría lógicamente que está «de queso
añejo fabricada», pues se encuentra «tan arrugada / que pareces al queso
por de fuera». La comparación del rostro femenino arrugado con la corteza rugosa y
envejecida del queso constituye
una imagen de potencia visual extraordinaria, pero de una crueldad
absoluta.
El queso añejo, además de arrugado, desprende mal olor y presenta una textura
repulsiva; todas estas connotaciones se proyectan sobre el cuerpo de la mujer
satirizada. La lógica aparentemente impecable del razonamiento
(los ratones buscan queso; tú pareces queso; luego los ratones deberían
buscarte)
esconde una premisa profundamente deshumanizadora:
reducir a la mujer a un objeto inanimado de consumo, y además a uno en
estado casi de putrefacción.
El primer terceto introduce un elemento técnico fundamental en la sátira
quevedesca contra las mujeres que intentan disimular su fealdad o vejez: el
solimán. Este producto cosmético, ampliamente utilizado en la España
del Barroco, era un blanqueador facial compuesto principalmente de
azogue (mercurio) que las mujeres aplicaban en grandes cantidades para
conseguir la palidez aristocrática considerada entonces signo de belleza y
distinción.
El solimán resultaba extremadamente tóxico: su uso prolongado provocaba
daños terribles en la piel, caída del cabello, problemas dentales y
envenenamientos graves que podían causar la muerte. Quevedo, como otros
moralistas y satíricos de su época, atacaba ferozmente esta práctica tanto
por hipócrita (pretender mediante artificios lo que la naturaleza negó) como
por los peligros reales que comportaba.
En este contexto, la pregunta del poeta adquiere un doble filo mordaz:
«¿Quién pensó, por si ansí tu espanto abones, / que coman solimán, que
atenta guardas / el que en tu cara juntas a montones?».
Quevedo sugiere que los ratones deberían comer el solimán acumulado en el
rostro femenino,
lo que implica simultáneamente que la mujer lleva tal cantidad de este
veneno que podría servir de alimento (envenenado) para los roedores,
y que su supuesto miedo a los ratones podría «abonarse» (justificarse)
pensando que estos animales vendrían a lamer o consumir el cosmético tóxico de
su cara.
El terceto final remata la argumentación con
una imagen textil de extraordinaria precisión técnica. El poeta
pregunta burlonamente si la mujer pretende saltar las bardas (las vallas o
paredes) huyendo de los ratones,
«cuando en roer no piensan los ratones / tu tez de lana sucia de las
cardas».
Las cardas son instrumentos provistos de púas metálicas que se utilizan
en el proceso de preparación de la lana para desenredar, limpiar y alinear las
fibras antes del hilado.
La «lana sucia de las cardas» es, por tanto, la lana todavía sin lavar ni
procesar completamente, llena de impurezas, restos vegetales, tierra y
grasa natural del animal.
Al comparar la tez de la mujer con esta lana sucia, Quevedo está afirmando
que su piel es tan áspera, mugrienta y repulsiva que ni siquiera los
ratones, animales que roen prácticamente cualquier cosa, se dignarían
tocarla. Esta conclusión desmonta definitivamente el miedo fingido de la mujer:
su espanto ante los ratones resulta absurdo porque estos animales jamás
se acercarían voluntariamente a algo tan repugnante como su piel.
La estructura lógica del poema merece atención especial.
Los dos cuartetos plantean la premisa (la mujer huye de los ratones
siendo ella misma una ratonera de queso añejo); los dos tercetos
desarrollan dos argumentos complementarios que demuestran el absurdo de
tal conducta (los ratones podrían buscar el solimán de su cara, pero en
realidad ni siquiera se acercarían a su piel repulsiva).
El conjunto forma una especie de reductio ad absurdum donde la
conducta femenina queda expuesta como hipocresía ridícula. Este procedimiento
argumentativo, típico del
conceptismo más
elaborado, convierte la sátira en un ejercicio intelectual que exige del
lector seguir un razonamiento complejo mientras disfruta (o se escandaliza)
con las imágenes grotescas que lo ilustran.
Las metáforas acumuladas pertenecen todas al registro de
lo material más bajo:
ratonera sucia, queso podrido, veneno cosmético, lana sin lavar.
Esta selección léxica no es casual sino perfectamente calculada para degradar
lo humano femenino mediante su equiparación sistemática con objetos inmundos,
sustancias tóxicas o materias primas en su estado más burdo y repugnante. El
procedimiento se inscribe plenamente en la poética del
Barroco que,
frente al equilibrio y armonía renacentistas, cultiva los extremos: lo
sublime y lo grotesco, lo espiritual y lo escatológico, la belleza ideal y
la fealdad absoluta.
Resulta significativo que todo el soneto esté construido mediante
preguntas retóricas. Ninguna de ellas espera respuesta real; todas
funcionan como afirmaciones encubiertas que intensifican el efecto satírico al
obligar al lector a participar activamente en la construcción del sentido. Las
interrogaciones crean además una sensación de diálogo, como si el poeta
estuviera encarándose directamente con la mujer satirizada, sometiéndola a un
interrogatorio público que la ridiculiza mediante la exhibición de sus
contradicciones. Esta estrategia dialogal convierte el poema en una escena
dramática donde la víctima, aunque no responde, queda expuesta a la vergüenza
pública.
La
intertextualidad con otros poemas satíricos quevedianos sobre mujeres
viejas, feas o afeitadas es evidente.
El tema del solimán y otros afeites aparece obsesivamente en su obra burlesca,
siempre asociado con la crítica moral contra la vanidad femenina y el engaño
social. En obras como La hora de todos, Quevedo dedica pasajes enteros a
describir con detalle repulsivo los rituales de maquillaje de las mujeres,
presentándolos como operaciones de falsificación que convierten el rostro en
una máscara mentirosa.
La sátira quevedesca contra los cosméticos tiene, sin embargo, una
dimensión que trasciende la simple misoginia: apunta hacia una crítica
general del artificio barroco, de la sociedad de las apariencias donde todo
se disimula, se maquilla y se falsifica.
Las mujeres que se afeitan se convierten así en símbolo de una época
caracterizada por el engaño universal.
Sin embargo,
sería ingenuo ignorar que esta dimensión alegórica o simbólica no elimina
la violencia específicamente dirigida contra las mujeres que caracteriza
gran parte de la sátira quevedesca.
Frente a otros blancos de su burla (médicos, abogados, poetas gongorinos,
arbitristas), las mujeres reciben un tratamiento particularmente encarnizado.
La insistencia obsesiva en la fealdad física femenina, en los procesos
corporales degradantes, en la asociación de lo femenino con lo sucio, lo
podrido y lo demoníaco, revela estructuras mentales profundamente arraigadas
que no pueden explicarse solo por tradiciones literarias heredadas.
La lectura de
este tipo de poemas obliga necesariamente a confrontar una tensión
irresoluble entre excelencia formal y contenido problemático. No cabe duda
de que Quevedo domina como pocos los recursos del lenguaje y que su
capacidad para crear imágenes memorables resulta asombrosa. Tampoco cabe duda de que el soneto funciona perfectamente según los
parámetros de la sátira burlesca barroca: sorprende, divierte mediante el
ingenio, provoca la risa cómplice y exhibe un virtuosismo conceptual
admirable. Sin embargo,
todo este despliegue de habilidad técnica se pone al servicio de una
deshumanización radical de las mujeres,
reducidas a objetos repugnantes dignos solo de escarnio y asco. Reconocer
ambas realidades sin cancelar ninguna de las dos constituye quizá
la única aproximación honesta a una obra que, siendo indudablemente
genial desde el punto de vista literario, resulta profundamente
perturbadora desde cualquier perspectiva ética contemporánea.
¿Quién es Víctor Villoria?
Hola. Soy Víctor Villoria, profesor de Literatura actualmente en la Sección
Internacional Española de la Cité Scolaire International de Grenoble, en
Francia. Llevo más de treinta años como profesor interesado por las nuevas
tecnologías en el área de Lengua y Literatura españolas; de hecho he sido
asesor en varios centros del profesorado y me he dedicado, entre otras cosas,
a la formación de docentes; he trabajado durante cinco años en el área de
Lengua del Proyecto Medusa de Canarias y, lo más importante he estado en el
aula durante más de 25 años intentando difundir nuestra lengua y nuestra
literatura a mis alumnos con la ayuda de las nuevas tecnologías.
Ahora soy responsable de esta página Poesía
necesaria en la que intento seguir difundiendo nuestra literatura.
¡Disfrútala!
ENLACE:
Poemas de Quevedo: de lo sublime a lo grotesco, Diente de León

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