Fragmentos de EL MONJE NEGRO (1894), relato de Antón Chéjov (Ucrania,
1860 - Alemania, 1904).
El intelectual Kovrin sufre de alucinaciones.
[…]
Cuando volvió a la casa, indolente y descontento, el oficio ya había
terminado. Yegor Semiónich y Tania, sentados en los peldaños de la terraza,
bebían té. Estaban conversando, pero al ver a Kovrin se callaron. Por la
expresión de sus rostros, el enfermo dedujo que hablaban de él.
—Me parece que es hora de que tomes la leche —le
dijo Tania a su marido.
—No, aún no —respondió éste, sentándose en el
peldaño más bajo—. Bébela tú. A mí no me apetece.
Tania intercambió con su padre una mirada llena de
inquietud y dijo con voz culpable:
—Tú mismo has dicho que la leche te hace bien.
—¡Sí, mucho bien! —dijo Kovrin entre risas—. Les
felicito: desde el viernes he engordado una libra —se apretó con fuerza la
cabeza con las manos y comentó con pesar—: ¿Por qué, por qué tratan de curarme
ustedes? Preparados de bromuro, ociosidad, baños calientes, vigilancia,
temores pusilánimes de cada bocado que como y cada paso que doy: todo eso
acabará por convertirme en un idiota. Había perdido la razón, tenía manía de
grandeza, pero al menos me sentía contento, animoso e incluso feliz, era una
persona interesante y original. Ahora me he vuelto más razonable y reposado,
pero soy como todo el mundo: un mediocre, y la vida me aburre… ¡Ah, qué
crueles han sido ustedes conmigo! Tenía alucinaciones, pero ¿a quién
molestaba? A ustedes se lo pregunto: ¿a quién molestaba?