En la edición número 257 (correspondiente al otoño de 2026) de la revista The Paris Review, una de sus dos entrevistas es una fascinante conversación entre Elena Kostyuchenko y Svetlana Alexievich (Aleksiévich o Alexiévich), la autora bielorrusa ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, «por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo».
Después de leer la entrevista, ya un poco menos desinformado, impulsado por mi curiosidad me dispuse a averiguar más profundamente sobre la gran mujer que recién había descubierto en mi lectura: he aquí
un compendio de lo que averigüé.
El contenido de estas notas comienza con mi traducción de la introducción a la
entrevista de The Paris Review, seguida por una nota biográfica,
la que contiene apuntes sobre los temas de su literatura y algunas de sus
obras más destacadas; a eso siguen un par de citas sobre
la literatura rusa tomadas de su discurso al recibir el nobel; un breve
apunte sobre la similitud de temas y técnicas literarias entre Alexiévich y
Dostoievski, como escritores polifónicos, aunque dilatados en el
tiempo, la primera en obras de no ficción en el siglo XXI, y Dostoievski en
obras de ficción en el siglo XIX; y, por último, un breve resumen sobre el
concepto de
novela polifónica según el crítico ruso Mijaíl Bajtín.
SVETLANA ALEXIEVICH, THE ART OF ORAL HISTORY NO. 1 (SVETLANA ALEXIÉVICH, EL
ARTE DE LA HISTORIA ORAL NO. 1)
Introducción a la entrevista por Elena Kostyuchenko
Svetlana Alexiévich me hizo tantas preguntas como yo a ella. De vez en
cuando proponía que hiciéramos una pausa para poder grabarme [mientras yo respondía a sus cuestionamientos]. En una de
nuestras últimas sesiones, cuando vino la fotógrafa Lena Kashirsky a
retratarla, Alexiévich insistió en que se quedara a conversar. Quería saber
qué libros estábamos leyendo, si una revolución podía ser incruenta, qué
música escuchaban últimamente los adolescentes en Moscú, si yo creía que Putin
era una persona feliz. También preguntó sobre el amor: qué es y por qué
creemos que aparece o desaparece. Hace años que dejó de utilizar una grabadora
de mano; la aplicación de su iPhone le funciona perfectamente.
Alexiévich tenía sesenta y siete años cuando recibió el Premio Nobel de
Literatura en 2015, «por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento
y al coraje de nuestro tiempo». Para entonces, llevaba casi cuarenta años
trabajando en el proyecto que ella denomina Voces de la utopía. Basada en miles de testimonios grabados, la pentalogía retrata momentos
históricos
tal como se vivieron dentro de las vidas de sus protagonistas y a su
alrededor: la Segunda Guerra Mundial, desde la perspectiva de las mujeres soviéticas
que participaron en ella, en
La guerra no tiene rostro de mujer (War’s Unwomanly Face o The Unwomanly
Face of War, 1985; traducciones de 1988 y 2017), y desde la perspectiva de quienes eran
niños en aquella época, en Últimos testigos (Last Witnesses, 1985;
2019); la guerra soviética en Afganistán, en
Los muchachos de zinc (Zinky Boys o Boys in Zinc, 1989; traducciones de
1992 y 2017); la explosión de 1986 en la central nuclear de Chernóbil, en
Voces de Chernóbil (Voices from Chernobyl o Chernobyl Prayer, 1997;
traducciones de 1999, 2005 y 2016); y la caída de la Unión Soviética, en
El fin del «Homo sovieticus» (Secondhand Time, 2013; 2016).
La primera vez que me encontré con Alexiévich fue cuando estaba en
octavo grado y hojeaba los viejos ejemplares de mi madre de
Semia i shkola (La familia y la escuela), una revista soviética
dirigida a maestros. Una de aquellas ediciones dedicaba varias páginas a las
cartas de los lectores de Los muchachos de zinc, cuyo título
alude a los ataúdes recubiertos de zinc en los que los cuerpos de los
soldados soviéticos eran enviados de regreso a casa desde Afganistán.
En aquellas cartas, Alexiévich aparecía, según quién escribiera,
como una mentirosa, la única escritora que decía la verdad, una histérica
desquiciada, una gran mujer, una traidora o un monstruo amoral.
Naturalmente, fui a la biblioteca a buscar el libro que había provocado
semejante revuelo. No se parecía a nada de lo que había leído sobre la guerra.
Lejos de ser relatos heroicos, aquellas historias
hablaban de personas perdidas y desconcertadas, que luchaban por seguir
viviendo consigo mismas después de lo que habían vivido y hecho.
Más tarde, Alexiévich fue demandada por cuatro personas a las que había
entrevistado para el libro: veteranos de guerra y madres de soldados muertos
en el conflicto, quienes afirmaban que había distorsionado o inventado sus
palabras. Tres de los casos fueron desestimados o archivados. En uno de ellos,
el tribunal falló en su contra: Alexiévich no pudo demostrar la
autenticidad de dos pasajes que el tribunal consideró difamatorios. Me dijo
que no había conseguido localizar a tiempo la grabación para presentarla en la
audiencia.
Alexiévich nació el 31 de mayo de 1948 en la ciudad de Ivano-Frankivsk, en el
oeste de Ucrania, donde el Ejército Insurgente Ucraniano todavía resistía a la
Unión Soviética. Pasó su infancia entre las aldeas de las regiones de
Vinnytsia, en el centro de Ucrania, más alineadas con el régimen soviético, y
de Homyel, en Bielorrusia.
Me contó que, cuando era niña, una maestra la reprendió porque había dicho que
no comprendía la idea de una «nación heroica».
—Ella dijo: «Nuestra nación es poderosa», cosas de ese tipo. Pero incluso entonces me negaba a ver las cosas de esa
manera.
Cuando pensaba en los hombres y mujeres que conocía de aquellas aldeas,
Alexiévich dice:
—No podía evitar ver a cada persona como un individuo. Recuerdo los
rostros de las mujeres, sus lágrimas… Referirme a ellas como «la nación»
era algo que no podía soportar.
Esta aversión ha sido evidente para sus lectores desde
La guerra no tiene rostro de mujer, una obra que presenta detalles
radicalmente incompatibles con la iconografía soviética oficial de la Segunda
Guerra Mundial.
Voces de Chernóbil tardó once años en completarse. Mientras escribía el
libro, Alexiévich se convirtió en madre de Natalia, la hija de
su hermana menor, Tamara, a quien le habían diagnosticado cáncer antes
de la explosión de la central nuclear y que murió poco después, cuando
Natalia tenía cuatro años. Alexiévich sigue creyendo que su
muerte fue una consecuencia indirecta de la explosión, cuyos efectos, según me
dijo, acabaron primero con los más vulnerables.
En 2020, Alexiévich se vio obligada a huir de Minsk, dejando atrás a
amigos, familiares y las transcripciones de sus entrevistas para un nuevo
libro sobre la naturaleza del amor. El fin del «Homo sovieticus» estaba
destinado a ser el último volumen de su ciclo de cinco libros, pero, como me
explicó Alexiévich, «el Hombre Rojo seguía disparando».
Se estableció en Berlín, donde ha estado trabajando en su libro más reciente,
un intento de comprender la naturaleza del odio y la violencia a través
de la revolución bielorrusa de 2020, «aplastada», y de la guerra entre Rusia y
Ucrania.
El apartamento de Berlín donde vive desde hace varios años tiene un aire
provisional. Está limpio y amueblado con austeridad, con libros apilados en el
suelo y sobre los sillones. La habitación que más parece habitada es aquella
donde hay una larga mesa de comedor y seis sillas desparejadas. Allí trabaja.
Las transcripciones de las entrevistas, los artículos impresos, los libros…
todo tiene su lugar. Entre los papeles hay piedras planas que
Alexiévich utiliza como posavasos para el té y el café. Guarda sus
bolígrafos en un recipiente de madera recubierto de corteza de abedul.
En el centro de la mesa hay una pila de hojas en blanco junto a otra de
páginas manuscritas, con los renglones muy espaciados para facilitar las
correcciones. Alexiévich escribe sus libros a mano.
Nos reunimos varias veces entre julio y octubre de 2025. Antes de cada sesión,
Alexiévich ponía sobre la mesa un plato de empanadas de carne, cortaba un poco
de queso y me preparaba café. Yo veía aquello como una especie de costumbre de
aldea: alimentar al huésped antes de sentarse a conversar de asuntos serios.
Las empanadas las preparaba Liuba, una de sus asistentes;
Alexiévich confesó que ella misma nunca había aprendido a cocinar.
Cuando el pasado mes de julio le entregué personalmente la versión final de la
entrevista, la llenó de correcciones. Retiró la mayoría de ellas, sin embargo,
después de que le leyera primero los pasajes originales y luego sus
revisiones.
«Tengo mucho mejor oído para las voces de los demás», me dijo. «Gracias por no dejarme desfigurar mi propia voz».
NOTA DEL TRADUCTOR: The Paris Review publica sus entrevistas bajo
categorías numeradas según el género literario en que se ocupa el entrevistado. Por ejemplo:
The Art of Fiction (El Arte de la Ficción), está dedicada a novelistas y cuentistas; analiza la estructura de la
trama, la creación de personajes y las rutinas técnicas del narrador.
The Art of Poetry (El Arte de la Poesía); enfocada en poetas, explora con precisión milimétrica el ritmo, la
métrica, la musicalidad y la disposición del lenguaje lírico.
The Art of Oral History, una de sus adiciones más recientes, analiza la
recolección, el montaje coral y la transformación del testimonio hablado
directo en literatura perdurable. Esta sección ha sido inaugurada precisamente
con la entrevista a Svetlana Alexiévich. O sea, estamos siendo testigos directos de un hecho histórico.
Aproximación al español de la precedente introducción a la entrevista por Isaias Medina
Svetlana Alexiévich nació el 31 de mayo de 1948 en Ivano-Frankivsk,
entonces Stanislav, en la Ucrania soviética.
Su padre era bielorruso y su madre, ucraniana. Tras el servicio militar del
padre, la familia se trasladó a Bielorrusia, donde ambos progenitores
trabajaron como maestros. Alexievich estudió periodismo en la Universidad de
Minsk entre 1967 y 1972 y comenzó su carrera como periodista.
(Nobel Prize)
Desde muy temprano comprendió que
la historia oficial no era suficiente para explicar la experiencia
humana.
Los grandes acontecimientos —la Segunda Guerra Mundial, la guerra de
Afganistán, Chernóbil, la desaparición de la Unión Soviética— podían
encontrarse en los libros de historia,
pero faltaba algo esencial: la voz de quienes los habían vivido.
De ahí nació su proyecto literario.
Una literatura hecha de voces
Alexiévich desarrolló una forma singular de escritura documental: entrevista
(mientras graba sus voces) durante años a numerosas personas y después
construye con sus testimonios una especie de coro polifónico. No busca
que una voz individual represente toda la historia, sino que la multiplicidad
de voces revele sus contradicciones, recuerdos, silencios y emociones.
Ella misma explicó en su discurso del Nobel que trabaja con
«la historia de las almas», con aquello que la gran Historia suele
omitir: los sentimientos, pensamientos y palabras de la vida cotidiana.
(Nobel
Prize)
Por eso sus libros ocupan una zona fronteriza entre
periodismo, historia oral y literatura. No inventa personajes ni
acontecimientos; escucha a personas reales y organiza sus testimonios mediante
una composición literaria. El resultado es
una suerte de novela sin ficción, aunque la propia autora ha preferido
hablar de una literatura de voces.
Su procedimiento exige un enorme trabajo: las entrevistas y la elaboración de
cada libro pueden prolongarse durante años.
(Rees SAS
Upenn)
La guerra desde el punto de vista de quienes la padecieron
Su primer gran libro fue
La guerra no tiene rostro de mujer (U voiny ne zhenskoe litso, 1985).
Durante años entrevistó a mujeres soviéticas que habían participado en la
Segunda Guerra Mundial: enfermeras, francotiradoras, pilotos, médicas,
radioperadoras y otras combatientes.
El título ya contiene una provocación: la guerra que presenta no es la epopeya
heroica de los discursos oficiales, sino
la guerra experimentada por seres humanos concretos. Sangre, miedo,
hambre, amor, maternidad, muerte y recuerdos aparecen allí donde la historia
oficial solía colocar únicamente heroísmo y victoria.
El libro sufrió problemas con la censura soviética; algunas partes fueron
suprimidas y posteriormente restauradas.
(Rees SAS
Upenn)
Después publicó Últimos testigos, construido a partir de los recuerdos
de personas que eran niños durante la guerra. El cambio de perspectiva es
fundamental:
la historia deja de ser la de los soldados para convertirse en la memoria
de quienes, siendo niños, contemplaron la destrucción de su mundo.
Afganistán: Los muchachos de zinc
En Los muchachos de zinc (1990), Alexiévich dirigió su mirada hacia la
guerra soviética de Afganistán (1979-1989). El título alude a los ataúdes de
zinc en los que eran devueltos los soldados muertos.
La obra rompió con la representación oficial de aquella guerra y provocó una
fuerte controversia. Alexievich fue acusada de difamar al ejército y de
mancillar la memoria de los soldados. El libro llegó a ser prohibido
temporalmente y la autora tuvo que enfrentarse a procedimientos judiciales.
(Nobel Prize)
Aquí se hace evidente uno de los rasgos esenciales de su literatura:
no pregunta quién ganó una guerra; pregunta qué hizo la guerra con las
personas.
Chernóbil: cuando la catástrofe se vuelve íntima
En Voces de Chernóbil (Chernobyl Prayer, 1997), probablemente su libro
más conocido, recoge testimonios de supervivientes, trabajadores, familiares y
habitantes afectados por el desastre nuclear de 1986.
Chernóbil no aparece solamente como un accidente tecnológico o un
acontecimiento político. Se convierte en una experiencia humana: personas que
regresan a sus casas, esposas que acompañan a maridos moribundos, familias
desplazadas, recuerdos de lugares que ya no pueden visitar.
La catástrofe se transforma así en memoria.
El fin de la Unión Soviética
Su proyecto alcanzó una dimensión todavía mayor con
El fin del «Homo sovieticus» (Secondhand Time, 2013).
Aquí ya no se trata de una guerra o de un desastre concreto. Alexiévich
intenta escuchar la vida interior del ciudadano soviético después del
derrumbe de la Unión Soviética:
antiguos comunistas, nostálgicos, jóvenes, víctimas, oportunistas, idealistas
y personas que simplemente intentan comprender qué ocurrió con el mundo en el
que habían vivido.
Por eso sus libros pueden leerse como partes de una obra mayor que ella
denominó «Voces de la utopía»: una historia de la experiencia
soviética contada desde abajo, desde el individuo.
(Nobel Prize)
La escritora de la memoria
Alexiévich ha explicado que todos sus libros constituyen, en cierto sentido,
un solo libro: la historia de una utopía y de los seres humanos que
intentaron vivir dentro de ella.
(Nobel
Prize)
Su objeto verdadero no es, por tanto, la guerra, Chernóbil o la Unión
Soviética por separado. Es el ser humano enfrentado a la Historia.
Y ahí reside la originalidad de su literatura. Los historiadores suelen
preguntarse qué ocurrió; los políticos, quién tuvo la responsabilidad; los
periodistas, qué sucedió. Alexievich pregunta algo diferente:
¿Cómo se sintió vivir aquello?
Su literatura rescata precisamente esa dimensión que desaparece cuando los
acontecimientos se convierten en fechas, estadísticas y nombres.
El Nobel
En 2015 recibió el Premio Nobel de Literatura, otorgado
«por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje de
nuestro tiempo».
(Nobel Prize)
La expresión «escritos polifónicos» es especialmente acertada:
Alexiévich no habla por sus entrevistados;
construye una obra en la que muchas voces hablan simultáneamente.
En su discurso de aceptación explicó que no estaba sola ante el Nobel: a su
alrededor estaban «cientos de voces». Para ella, esas voces la habían
acompañado desde la infancia.
(Nobel Prize)
Y quizá ahí esté la mejor manera de comprender su obra:
Alexiévich convirtió la escucha en una forma de literatura.
Alexiévich no solo transcribe grabaciones, sino que eleva el testimonio oral a la categoría de alta literatura. Tradicionalmente, la entrevista se consideraba periodismo o un recurso histórico secundario. Su método comprende: la empatía, el silencio y la edición de las voces ajenas como un acto de creación artística pura.
No escribe para sustituir la memoria de los otros, sino para
conservarla.
Su gran tema no es la Historia, sino el recuerdo humano de la Historia.
Y su gran descubrimiento literario consiste en demostrar que, cuando muchas
voces individuales cuentan lo que vivieron, pueden revelar una verdad que
ningún relato oficial consigue contener por sí solo.
CITAS EN SU DISCURSO DEL NOBEL SOBRE LA LITERATURA RUSA
En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 2015,
titulado "Sobre la batalla perdida", Svetlana Alexiévich dedicó pasajes fundamentales a reflexionar sobre
la cultura y la literatura rusa. En ellos plasma la dualidad de pertenecer a
esa gran tradición artística mientras retrata el desgarrador sufrimiento de su
historia política.
A continuación se presentan las citas más destacadas que abordan esta
temática, organizadas por ejes conceptuales:
Su identidad y la cultura rusa
Alexiévich define su identidad a través del afecto familiar y la inmensidad de
las letras rusas:
"Tengo tres hogares: mi tierra bielorrusa, la patria de mi padre, donde
he vivido toda mi vida; Ucrania, la patria de mi madre, donde nací; y la
gran cultura rusa, sin la cual no puedo imaginarme. Todos ellos me son muy
queridos".
La influencia de Dostoievski y la búsqueda del alma
En una referencia directa a la tradición de Fiódor Dostoievski, la
autora explica cómo aborda sus entrevistas y la crudeza del entorno como
catalizador espiritual:
«En "Los demonios" de Dostoievski, Shátov le dice a Stavrogin al comienzo
de su conversación: “Somos dos criaturas que se han encontrado en la
infinitud planetaria... por última vez en el mundo. ¡Deje ese tono y hable
como un ser humano! Por una vez siquiera, hable con voz humana”. Así es,
más o menos, como empiezan mis conversaciones con mis protagonistas».
Alexiévich también reflexiona sobre cómo el sufrimiento en la vida rusa
ensalza el espíritu:
"La vida rusa necesita ser viciosa y despreciable. Entonces, el alma se
eleva, se da cuenta de que no es de este mundo… Mientras más sucias y
sangrientas son las cosas, más espacio hay para el alma…"
La paradoja del sufrimiento y las "dos palabras" de Rusia
Heredera de la constante obsesión de los clásicos rusos por descifrar el dolor
del pueblo, la autora sintetiza la dolorosa inercia histórica de la región al
señalar que los conceptos fundamentales de su entorno se reducen a
"guerra' y 'prisión'". Asimismo, discute la fragmentación de la verdad
frente a la realidad.
SVETLANA ALEXIÉVICH Y DOSTOIEVSKI
La conexión entre Svetlana Alexiévich y titanes de la literatura rusa como
Fiódor Dostoievski y León Tolstói trasciende las simples
temáticas históricas, las épocas y los géneros literarios; se manifiesta
directamente en la estructura misma de sus obras y en cómo conciben el alma
humana frente al dolor.
Aunque Dostoievski escribió ficción en el siglo XIX y Alexiévich construye
obras de no ficción en el siglo XXI
a base de testimonios reales, ambos comparten una misma obsesión: descifrar
los misterios del alma humana frente al dolor, la culpa y las grandes crisis
morales. Alexiévich es considerada por muchos críticos como la heredera
directa de esta tradición, ganándose el apelativo de la "Dostoievski de la no
ficción", porque utiliza la historia oral documental para explorar las mismas
preguntas morales profundas y agonizantes sobre el sufrimiento humano, la
conciencia y el alma que Fiódor Dostoievski investigó en sus novelas.
El método polifónico y la desaparición del autor
El punto de encuentro técnico más importante entre ambos autores es el uso de
la polifonía, un concepto acuñado por el crítico Mijaíl Bajtín para describir
la literatura de Dostoievski. En las novelas dostoievskianas, el autor no
impone una única verdad moral; en su lugar, crea personajes con ideologías
complejas y contradictorias que discuten entre sí en igualdad de condiciones.
Alexiévich traslada esta técnica exacta al periodismo literario y a la
historia oral. En libros como Voces de Chernóbil o
El fin del "Homo sovieticus", la escritora renuncia a tener la última
palabra y borra su propia presencia para entrelazar cientos de voces reales.
Cada testimonio funciona como un monólogo autónomo donde las personas
corrientes exponen sus propias verdades, dolores y contradicciones sin el
filtro o juicio de un narrador omnisciente.
El sufrimiento como espejo del alma
Tanto Dostoievski como Alexiévich sitúan a los seres humanos en los escenarios
más extremos posibles (el crimen, el gulag, la guerra o la catástrofe nuclear)
porque consideran que es ahí donde se revela la verdadera naturaleza del
espíritu. Dostoievski exploraba cómo el sufrimiento extremo despojaba al
hombre de sus máscaras sociales, obligándolo a enfrentarse a su propia
conciencia y a la posibilidad de la redención. Alexiévich persigue exactamente
el mismo objetivo con sus entrevistas. En su discurso del Nobel, citó
explícitamente la novela Los demonios de Dostoievski para
explicar cómo aborda a sus entrevistados: buscando que dejen de hablar desde
el discurso oficial o la propaganda política, despojando el ruido social y
comiencen, por fin, a hablar con una "voz humana" auténtica y descarnada,
cruda y genuina.
La verdad fragmentada frente al dogma
Ninguno de los dos autores busca ofrecer respuestas sencillas ni panfletos
ideológicos. En Los hermanos Karamázov, Dostoievski permite que
argumentos ateos y nihilistas convivan con profundas declaraciones de fe,
dejando el conflicto moral abierto para el lector. De manera similar,
Alexiévich expone los traumas de la sociedad postsoviética mostrando tanto la
nostalgia de quienes extrañan el antiguo régimen como el dolor de quienes
fueron destruidos por él. Al igual que su predecesor, entiende que la realidad
no es uniforme y que la única forma de acercarse a la verdad de la historia es
a través de la acumulación de perspectivas humanas individuales, desgarradoras
y, a menudo, irreconciliables.
EL CONCEPTO DE NOVELA POLIFÓNICA EXPLICADO POR EL CRÍTICO MIJAÍL BAJTÍN.
El concepto de novela polifónica fue acuñado por el crítico y teórico
literario ruso Mijaíl Bajtín en su célebre libro
Problemas de la poética de Dostoievski (1929). Bajtín utilizó este
término musical (donde varias melodías independientes se superponen para crear
una armonía) para describir la revolución formal que Fiódor Dostoievski
introdujo en la literatura mundial.
Los pilares de la polifonía según Bajtín
• Pluralidad de voces
independientes:
A diferencia de la novela tradicional, la novela polifónica no está dominada
por una única perspectiva. Alberga una multiplicidad de conciencias autónomas
que tienen el mismo peso y validez dentro del relato.
• La desaparición del autor
monológico:
En la novela monológica (como las de León Tolstói), el autor actúa como un
dios supremo; juzga a los personajes y dicta la verdad moral de la obra. En la
polifonía, el autor renuncia a ese control absoluto. Se sitúa al mismo nivel
que sus personajes, dialoga con ellos y no los reduce a meros portavoces de su
propia ideología.
• El personaje como sujeto, no
como objeto:
Los personajes de Dostoievski no son tipos sociales fijos ni marionetas
psicológicas. Son conciencias vivas y libres capaces de rebelarse contra el
propio diseño del autor y de defender visiones del mundo completamente
opuestas entre sí.
• El diálogo dialogado:
Para Bajtín, la vida es dialógica por naturaleza. En la novela polifónica, la
verdad no reside en una sola mente, sino que se genera en el espacio
intermedio, cuando las diferentes conciencias interactúan, chocan y discuten.
La conexión con Svetlana Alexiévich
Aunque Bajtín diseñó este concepto exclusivamente para analizar la ficción de
Dostoievski, la crítica contemporánea coincide en que
Svetlana Alexiévich aplicó con éxito la polifonía a la no ficción. En
sus libros de historia oral, ella asume el rol del autor polifónico
bajtiniano: se desvanece casi por completo del texto para permitir que el coro
de "pequeñas personas" reales exponga sus propias verdades
contradictorias e irreconciliables sobre la historia.
Enlace a biografía de
Svetlana Aleksiévich, en Wikipedia
Nota
biobibliográfica, en el sitio web del Premio Nobel
Compendio elaborado por Isaias Medina con información y datos extraídos
(y verificados) de varias fuentes en la red, exploradas con la asistencia
de IA




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