Por Maria Popova
Susan Sontag sostenía que
las listas confieren valor y garantizan nuestra existencia. Umberto Eco veía en ellas
«el origen de la cultura». Pero las listas, resulta ser, pueden constituir una herramienta
extraordinariamente poderosa para sacudir a la musa y hacer que se manifieste:
un poderoso detonante de esa etapa de
procesamiento inconsciente
tan fundamental para el proceso creativo, en la que
el divagar de nuestra mente hace posible que ocurra la magia.
En
Zen en el arte de escribir, uno de estos
diez libros esenciales sobre escritura, Ray Bradbury (22 de agosto de 1920–5 de junio de 2012) describe un
inusual ejercicio creativo que empleaba cuando tenía poco más de veinte años:
comenzó a elaborar largas listas de sustantivos como detonantes de ideas y
posibles títulos para sus cuentos:
«Estas listas eran, en última instancia, las provocaciones que hacían
aflorar lo mejor de mi obra. Estaba tanteando el camino hacia algo
auténtico, algo oculto bajo la trampilla situada en la parte superior de mi
cráneo.
Las listas eran más o menos así:
EL LAGO. LA NOCHE. LOS GRILLOS. EL BARRANCO. EL ÁTICO. EL SÓTANO. LA
TRAMPILLA. EL BEBÉ. LA MULTITUD. EL TREN NOCTURNO. LA SIRENA DE NIEBLA. LA
GUADAÑA. EL CARNAVAL. EL CARRUSEL. EL ENANO. EL LABERINTO DE ESPEJOS. EL
ESQUELETO.»
Con el tiempo, Bradbury llegaría a expresar su convicción de que
la mente intuitiva es la que impulsa la gran escritura, pero fue a través de estas listas como intuyó el poderoso mecanismo de
reconocimiento de patrones que alimenta la creatividad. Haciéndose eco de la noción de Einstein del
«juego combinatorio», Bradbury reflexiona sobre el verdadero valor de elaborar estas listas:
«Empezaba a ver un patrón en la lista, en aquellas palabras que simplemente
había lanzado sobre el papel, confiando en que mi subconsciente, por así
decirlo, les diera alimento a los pájaros. Al echar un vistazo a la lista,
descubrí mi antiguo amor y mi antiguo miedo relacionados con los circos y
los carnavales. Recordé —y luego olvidé, y después volví a recordar— lo
aterrorizado que había estado cuando mi madre me llevó por primera vez a
montar en un carrusel. Mientras el organillo chillaba, el mundo giraba y los
terribles caballos saltaban, añadí mis propios gritos al estruendo. No volví
a acercarme al carrusel durante años.
Cuando finalmente lo hice, décadas más tarde, me llevó hasta el corazón de
Something Wicked This Way Comes (La feria de las tinieblas).»
Así que siguió haciendo listas, con la esperanza de que estas desencadenaran
esas asociaciones fructíferas que la mente racional guarda en los archivos de
«conocimientos inútiles»:
EL PRADO. EL BAÚL DE JUGUETES. EL MONSTRUO. EL TIRANOSAURIO REX. EL RELOJ DE
LA CIUDAD. EL VIEJO. LA VIEJA. EL TELÉFONO. LAS ACERAS. EL ATAÚD. LA SILLA
ELÉCTRICA. EL MAGO.
En el margen de aquellos sustantivos, tropecé con una historia de ciencia
ficción que no era una historia de ciencia ficción. Mi título era “R is for
Rocket” («C es para cohete»). El título con el que fue publicada era
«King of the Grey Spaces» («El rey de los espacios grises»), la
historia de dos muchachos, grandes amigos, uno de los cuales es elegido para
ir a la Academia Espacial, mientras el otro se queda en casa.
Bradbury, quien más tarde compartiría enseñanzas intemporales sobre
cómo resistir la tormenta del rechazo, recuerda:
«El cuento fue rechazado por todas las revistas de ciencia ficción porque,
después de todo, solo era una historia sobre una amistad puesta a prueba por
las circunstancias, aunque esas circunstancias fueran los viajes espaciales.
Mary Gnaedinger, de Famous Fantastic Mysteries, leyó mi relato y lo
publicó de inmediato. Pero, una vez más, yo era demasiado joven para
comprender que “C es para cohete” sería el tipo de historia que me definiría
como escritor de ciencia ficción: admirado por algunos y criticado por
muchos, quienes observaban que yo no era un escritor de ciencia ficción,
sino un escritor de “historias humanas” ¡y al diablo con eso!
Seguí haciendo listas, relacionadas no solo con la noche, las pesadillas, la
oscuridad y los objetos guardados en los áticos, sino también con los
juguetes con los que los hombres juegan en el espacio y con las ideas que
encontraba en las revistas de detectives.»
Pero, más que limitarse a compartir la divertida historia de aquella
peculiar costumbre de su juventud, Bradbury cree que esta práctica
puede ser enormemente beneficiosa para cualquier escritor, tanto para quien ya
escribe como para quien aspira a hacerlo, pues constituye una herramienta
fundamental de autodescubrimiento:
«Si eres escritor, o esperas llegar a serlo, unas listas semejantes,
extraídas de los recovecos de tu cerebro desequilibrado, bien podrían
ayudarte a descubrirte a ti mismo, tal como yo anduve dando tumbos hasta
que, finalmente, me encontré a mí mismo.»
Y él mismo se ofrece como prueba de ello:
«Comencé a recorrer aquellas listas, escogía un sustantivo y luego me
sentaba a escribir sobre él un largo poema en prosa-ensayo.
En algún punto, aproximadamente a la mitad de la página, o quizá en la
segunda página, el poema en prosa se transformaba en un cuento. Es decir, de
repente aparecía un personaje y decía: “Ese soy yo”; o bien: “¡Esa es una
idea que me gusta!”. Y entonces el personaje terminaba la historia por mí.»
Empezó a resultar evidente que estaba aprendiendo de mis listas de
sustantivos, y que además estaba aprendiendo que mis personajes harían el
trabajo por mí, si los dejaba en paz, si les daba rienda suelta; es decir, si
les permitía tener sus fantasías y sus miedos.
Y exhorta al escritor que aspira a serlo:
«Conjura los sustantivos, alerta a tu yo secreto, saborea la oscuridad…
habla en voz baja y escribe cualquier palabra, la que sea, que quiera saltar
de tus nervios a la página…»
Poco antes de su muerte, Bradbury conversa con su biógrafo oficial, Sam Weller
—quien también realizó la
entrevista perdida de Bradbury en la Comic Con—
y vuelve sobre el tema de hacer listas en una
entrevista para The Paris Review:
«Hay tres cosas en tu cabeza. Primero, todo lo que has experimentado desde
el día en que naciste hasta este mismo instante. Cada segundo, cada hora,
cada día. Después, está la manera en que reaccionaste ante esos
acontecimientos en el momento en que ocurrieron, ya fueran desastrosos o
alegres. Esas son dos cosas que tienes en la mente para proporcionarte
material.
Luego, separadas de las experiencias vividas, están todas las experiencias
artísticas que has tenido: todo lo que has aprendido de otros escritores,
artistas, poetas, directores de cine y compositores. Así que todo esto está
en tu mente como un magnífico mantillo, y tienes que sacarlo de ahí.
¿Cómo hacerlo? Yo lo hice elaborando listas de sustantivos y luego
preguntándome: ¿Qué significa cada sustantivo? Puedes hacer tu propia lista
ahora mismo y sería diferente de la mía.
La noche. Los grillos. El silbato del tren. El sótano. El ático. Los
zapatos deportivos. Los fuegos artificiales.
Todas estas cosas son muy personales.
Luego, cuando tienes la lista, comienzas a hacer asociaciones de palabras a
partir de ella. Te preguntas: ¿Por qué escribí esta palabra? ¿Qué significa
para mí? ¿Por qué escribí este sustantivo y no alguna otra palabra?
Haz esto y estarás en camino de convertirte en un buen escritor.
No puedes escribir para otras personas. No puedes escribir para la izquierda
ni para la derecha, para esta religión ni para aquella religión, para esta
creencia ni para aquella creencia. Tienes que escribir de la manera en que
tú ves las cosas.
Yo le digo a la gente: haz una lista de diez cosas que odias y destrúyelas
en un cuento corto o en un poema. Haz una lista de diez cosas que amas y
celébralas.
Cuando escribí Fahrenheit 451, odiaba a los quemadores de libros y
amaba las bibliotecas. Así que ahí lo tienes.»
(Eso es exactamente lo que hizo Roland Barthes en 1977, con un
resultado encantador).
Zen en el arte de escribir
sigue siendo un libro de lectura imprescindible en su totalidad y una
excelente incorporación a la
colección de consejos de grandes escritores. Puedes complementarlo con las reflexiones de Bradbury sobre
escribir con alegría
y con este fantástico
documental de 1974
sobre su prodigiosa imaginación.
Para obtener más sabiduría sobre la escritura, consulta a
Stephen King sobre
el arte del «sueño creativo»; las
10 reglas de escritura de Elmore Leonard; las
trece doctrinas de Walter Benjamin; los
consejos de H. P. Lovecraft para quienes aspiran a ser escritores; la
carta de F. Scott Fitzgerald a su hija; las
10 reglas de escritura de Zadie Smith; los
10 consejos sin rodeos de David Ogilvy; los
11 mandamientos de Henry Miller; las
30 creencias y técnicas de Jack Kerouac; los
6 consejos de John Steinbeck; y las
enseñanzas sintetizadas de Susan Sontag.
Approximation to Spanish by Isaias Medina of the original article
“Ray
Bradbury on How List-Making Can Boost Your Creativity”, taken without
authorization from Maria Popova’s Website The Marginalian.
© Both, the original work and this translation are the property of Maria
Popova.
Aproximación al español por Isaias Medina del artículo original
Ray
Bradbury on How List-Making Can Boost Your Creativity, copiado sin
autorización de la página Web de Maria Popova,The Marginalian.
© Tanto el trabajo original como esta traducción son propiedad de Maria
Popova.


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