De igual manera que en una vida –lo aprendemos con los años– caben muchas
vidas, también en una palabra caben muchas palabras. Toda palabra, por
mucho que hoy la usemos con la despreocupación que da lo cotidiano,
arrastra consigo, en realidad, una historia milenaria de cambios,
evoluciones y mutaciones; de aventuras y viajes; de odios y amores; de
conquistas, luchas e invasiones; de contactos culturales e intercambios
comerciales; de olvidos, desapariciones, y reapariciones.
Como sucede con otros milagros cotidianos, la fuerza de la costumbre hace que
muchos hablantes hayan perdido ya la capacidad de asombro y fascinación ante
el milagro del lenguaje, que hoy ya sólo nos deslumbra, maravilla y embelesa
cuando, al comienzo de la vida, el bebé va adquiriendo, con esfuerzo y placer,
las primeras palabras: mamá, papá, tete, agua, nene, no. Pero esta fascinación
de
los padres ante las primeras palabras de su hijo dura poco. En seguida nos
dejamos ganar por el tedio de la rutina, el encanto de lo nuevo se
desvanece,
y nadie se admira más de que ese mismo niño, luego adulto, siga adquiriendo
de forma constante, y por millares, nuevos vocablos que le permiten expresar
el mundo que percibe a su alrededor, los sentimientos que brotan en su
interior, y las ideas y pensamientos que elabora.
Un modo seguro de recuperar la fascinación por el lenguaje, más allá de los
primeros balbuceos del bebé, es pedir a las palabras que nos hablen de su
origen y de su historia. De eso trata este libro. Y digo que es modo seguro
porque
resulta imposible conocer la historia de las palabras y no amarlas.
Buena prueba de ello es el propio Ricardo Soca. Basta echar un vistazo
a sus notas etimológicas para advertir en este periodista uruguayo, carioca de
adopción, a un enamorado de las palabras. A un filólogo, podríamos decir en
puridad etimológica; pues las raíces griegas phyllos y logos nos demuestran
que, antes de convertirse en los cargantes sabiondos rodeados de libracos
polvorientos que hoy conocemos, los filólogos hubieron de ser logófilos
empedernidos y hubieron de estar apasionadamente enamorados de las palabras,
amartelados con los vocablos, encelados con el idioma. Logófilos empedernidos
serán asimismo, a ciencia cierta, buena parte de los lectores atraídos por
este libro. Y, lo que es más importante, logófilos llegarán a ser –estoy
convencido de ello–, muchos otros lectores que tal vez por mera curiosidad
hayan tomado este libro del anaquel de la librería, pero que habrán de
sentirse luego atrapados por
La fascinante historia de las palabras.
Y es que La fascinante historia de las palabras lo es de veras.
Soca se vale de
la etimología, disciplina que se ocupa del origen de las palabras, para
llevarnos de viaje por tierras remotas –remotas en la distancia o en el
tiempo– y presentarnos a grandes personajes de la historia o a figuras
anónimas de todos los tiempos que, sin ellos ni nosotros sospecharlo, acuñaron
las palabras que hoy empleamos y sentimos propias.
Hojeando las páginas que siguen aprenderemos –o, en el caso de los más
eruditos, recordaremos– que el
alcohol y la belladona guardan íntima relación con la historia de la
cosmética y la belleza femenina; que nada menos que
Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, está en el origen mismo de la
voz adefesio;
que
para los etruscos –y para nosotros con ellos–, los adivinos eran hombres
divinos.
Aprenderemos que
el nombre del edredón, como su uso, nos vino de la fría Escandinavia,
y, de modo parecido,
el nombre del ajedrez, como el mismo juego, nos vino de la lejana India;
la misma
lejana India que nos ha dado también, más modernamente, palabras como
champú o pijama.
Conoceremos personajes insólitos:
¿quién fue esa princesa Berenice que prestó su nombre a nuestro
barniz? ¿Sabías acaso, lector, que un instrumentista vienés bautizó al
acordeón, un químico alemán a la aspirina, un economista francés a la
burocracia, un médico poeta italiano a la sífilis, y un navegante cartaginés
al gorila?
Descubriremos docenas de otras historias notabilísimas más que las palabras
llevan consigo:
Aristóteles, casi cuatro siglos antes de Cristo, usó ya el término
católico; el nombre de la cerveza lo tomaron prestado los
romanos de los galos; los copistas medievales usaron ya en sus escritos el
signo @, que hoy nos parece tan moderno e internético; el
armiño tomó su nombre de Armenia, pese a que, como es bien sabido, en
Armenia no hay armiños; en la Grecia clásica, Anfitrión tuvo en su
casa un invitado de lo más indeseable; la designación del
tulipán procede no de Holanda, como cabría pensar, sino de Turquía;
las Bahamas son en realidad las islas de la Bajamar; los
duendes de Gonzalo de Berceo eran muy distintos de los
nuestros; la hamburguesa, como su propio nombre bien claramente
indica, no viene de los Estados Unidos. En el siglo XVII, los españoles
llamaban corsarios a los filibusteros franceses y a los
bucaneros ingleses, todos ellos piratas. Las afortunadas islas
Canarias recibieron su nombre de un animal muy abundante en ellas,
que no es el canario. Cuando hoy un niño se trabuca y dice, con su lengua de
trapo, murciégalo en lugar de murciélago, o
crocodilo en lugar de cocodrilo, en realidad está llamando a
estos animales por su verdadero y primitivo nombre.
El estudio del origen de las palabras nos depara, asimismo, sorpresas de lo
más curioso. Según la etimología,
una televisión es lo mismo que un telescopio; los varones
somos, por definición, inmunes a las crisis de histeria; los soldados
de infantería no pueden hablar jamás;
el trabajo es siempre una tortura, e igual da
un zar ruso, que un káiser alemán o un césar romano. Desde el punto
de vista etimológico,
el hígado viene del higo, el rosario de la rosa, el salario de la sal, y
el verdugo del color verde, sí, pero
los coroneles, en cambio, nada tienen que ver con las coronas. Y las
boticas, tan serias y farmacéuticas ellas, son, por su origen, primas
hermanas no sólo de las borrachuelas bodegas, sino incluso de las finas y
elegantes boutiques de moda.
¿Quién hubiese imaginado todo ello en este libro? Y así, medio millar de
historias más.
Con todo, Ricardo Soca no ha hecho más que empezar. La increíble
riqueza de nuestra lengua –de todas las lenguas– ofrece un campo inmenso de
trabajo para la labor curioso‑etimológica. Aventuro y deseo, pues, larga vida
a La palabra del día en la
internet, y, con ella, varios tomos recopilatorios más a modo de continuación
de este que ahora, lector, sostienes en la mano. Curiosidades etimológicas,
desde luego, no habrán de faltarle al autor para mantenerse ocupado durante
los próximos años. A modo de botón de muestra, y para facilitarle la tarea,
aquí va una sugerencia para iniciar el segundo tomo de
La fascinante historia de las palabras: porque, vamos a ver, ¿no es acaso sorprendente que al material con que
escriben niños y maestros en encerados y pizarras lo llamemos en España
‘tiza’ (que es palabra nahua –de origen puramente mejicano, pues–,
pero que hoy nadie usa en Méjico), mientras que en Méjico lo llaman
‘gis’ (que es palabra de origen latino, muy anterior al nacimiento
del español como lengua, pero que hoy nadie entiende en España)?
Lista alfabética de La palabra
del día
Médico, traductor médico y etimólogo,
autor del Diccionario crítico inglés español de medicina,
Madrid, McGraw Hill, 2000 y de
Parentescos insólitos del lenguaje, Madrid, Ediciones del Prado, 2002.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario