— Por
Arturo Pérez-Reverte, miembro de la Real Academia Española, elegido el 23 de enero de 2003 para
ocupar el sillón T.
— Publicado en El Mundo, el 12 de enero de 2026
— Artículo copiado sin autorización de
elcastellano.org
La célebre divisa de la Real Academia Española —Limpia, fija y da esplendor— surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una
institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla. Pero el tiempo no
pasa en balde. Trescientos trece años después de su fundación, para un buen
número de hablantes, lingüistas, escritores y lectores, esa promesa ya no se
cumple. No porque el español esté en decadencia —al contrario, camina más vivo
e imparable que nunca— sino porque crece la impresión de que la RAE ha dejado
de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y
cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería.
Decir que la RAE ya no limpia, ni fija, ni da esplendor es, lamentablemente,
una impresión generalizada.
Intentaremos explicarlo, aunque ni sea fácil ni sea cómodo, ni agradable.
Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos
incorrectos, confusos o innecesarios. No se trataba de imponer un castellano o
español rígido, sino de establecer criterios claros que facilitaran la
comprensión y la alta calidad expresiva. Sin embargo, la Academia se repliega
ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, aunque rara vez sus
miembros lo admitamos en público. Esto da ocasión a debates académicos
internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más
allá de la sala de plenos. Debates que a menudo han opuesto y oponen dos
formas distintas de entender la RAE, su función y sus obligaciones.
El argumento habitual de un sector académico, en el que se sitúan
principalmente lingüistas —aunque no se trata de grupos compactos—, es que la
Academia registra el uso. El problema, replica a eso otro sector donde abundan
escritores o creadores, es que registrar no es limpiar. Si todo uso
mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido,
la noción misma de corrección pierde sentido. Y ahí reside uno de los
problemas. La actual RAE acepta construcciones que hace años habría
considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión
externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso
mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada
vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias
firmes, sometido a los vaivenes de las modas y, lo que es peor, a la
proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa
formación cultural. Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden
tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura
retórica exagerada. Es que realmente ocurre.
Como institución colectiva, y desde hace tiempo, la RAE ha estado esquivando
la constante petición de algunos académicos —cada vez menos, pues los más
combativos van falleciendo o se cansan de bregar— en los debates de los plenos
de los jueves: una declaración pública anual sobre el estado de la lengua
española, a modo de balance, y no para imponer normas policiales, sino para
prevenir y advertir de errores y malos usos antes de que éstos sean
irremediables. Pues, al no establecer límites claros, la RAE deja de proteger
precisamente a quienes más necesitan normas o referencias claras: estudiantes,
docentes y hablantes no nativos. Pero esa renuncia de la Academia a limpiar
—advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio— no responde
sólo a la fría concepción científica de algunos académicos, sino también a un
miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o
excluyentes en un ámbito cultural hipersensible, en una España y una
Hispanoamérica propensas a desconfiar de toda autoridad lingüística aunque esa
autoridad sea noblemente compartida por todos los componentes de la Asociación
de Academias de la Lengua Española. Que —a diferencia de la notoria
incompetencia panhispánica del ministro español de Asuntos Exteriores, señor
Albares— sí mantienen excelentes relaciones entre ellas y participan juntas en
un Diccionario, una Ortografía y una Gramática milagrosamente comunes.
Fijar no es congelar la lengua.
En cuanto a la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen
congelar la lengua, sino establecer consensos estables. Todo idioma necesita
puntos de anclaje; sin ellos, se fragmenta y empobrece. Paradójicamente, hoy
la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas
ortográficas son un ejemplo elocuente. Cambios poco justificados,
explicaciones confusas y decisiones cuestionables erosionan la autoridad
académica. ¿Se escribe solo o sólo? ¿Guion o guión? ¿Mayúsculas opcionales?…
La respuesta académica suele ser tibia: “depende”, “es válido”, “se
recomienda, pero no es obligatorio”. Una institución que no fija, duda; y una
que duda, deja de ser referencia. Además, y esto es asombroso, la RAE
institucional hace caso omiso del criterio de escritores consagrados —muchos
de ellos fueron en vida o son hoy académicos— para quienes la lengua era y es
una herramienta con la que trabajan a diario. Sucede lo contrario: la Academia
externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de
comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto. Y con
esa claudicación, en vez de orientar hacia el buen uso, la RAE lo desprecia.
Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no
se reduce a pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y
eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del
idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la
lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece
diluida. El sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y
comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la
palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar,
adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a
menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay.
Las redes sociales, desde luego, representan el grado extremo del problema.
Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y la falta de
contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas como modelo
normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba de uso.
El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es
fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la
vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje
peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo
suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se
usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores,
estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural,
una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del
confuso ruido social.
Y, bueno. Los resultados están a la vista. La sumisión de la RAE a las redes
deteriora su imagen. El criterio académico se hace coloquial, el rigor es
negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera,
a Cervantes, Galdós o García Márquez. El antes buscado esplendor exigía
distancia, profundidad, autoridad y exigencia sin complejos. Además, y como
postre, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente a
la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento
léxico. Aunque a veces los adapta, no siempre propone alternativas
convincentes o realistas —todavía me sangran los ojos ante el amago de algún
académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet—. Y cuando las
alternativas razonables son asumidas, llegan tarde o no se aplican. El mensaje
implícito es de resignación: la lengua cambia, y poco se puede hacer sino
seguirle el paso, aunque sea cojeando.
La politización del lenguaje
Otro de los factores negativos para la autoridad de la RAE es su relación
ambigua con el debate político, sobre todo respecto al llamado lenguaje
inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la
contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la respuesta más
frecuente, y dice poco en favor de la institución que las respuestas enérgicas
se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos —Javier Marías lo
hizo siempre de forma destacada— que se atreven, por su cuenta y sobre todo su
riesgo, a intervenir en el debate público. En la grotesca injerencia del
oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia
lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada
de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la
cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Esa prudencia, o
ambigüedad, es interpretada como debilidad e incluso como cobardía. Cada vez
que la Real Academia Española parece más preocupada por no irritar al poder
político que por su propia coherencia y obligaciones, pierde autoridad. Y no
se trata de negar debates sociales, que son necesarios, sino de establecer con
claridad qué pertenece al ámbito de la lengua y qué al de la ideología, y ser
inflexible con quienes desde el interés partidista intentan contaminar la
lengua o adaptarla a sus intereses. Al no plantar cara públicamente a ese
oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE contribuye a la confusión
general y abdica de su autoridad y prestigio.
Otro síntoma inquietante es la invisibilidad intelectual de muchos actuales
académicos. Históricamente, la RAE estaba integrada por figuras literarias y
filológicas de primer orden, cuya autoridad provenía tanto de su obra como de
su pensamiento. Hoy, aunque sigue habiendo elementos brillantes entre los
lingüistas —Ignacio Bosque, Pedro Álvarez de Miranda— y también hay
escritores de reconocido prestigio y notables académicos de otras
especialidades, sus voces públicas suenan aisladas, cuando suenan, y la
institución en su conjunto no proyecta una voz prestigiosa y sólida. Las
discusiones importantes sobre la lengua se dan fuera de la Academia, en
universidades, medios, redes sociales y espacios independientes. La RAE suele
reaccionar tarde y mal, y rara vez lidera el debate. Ha pasado de ser un faro
que guía a comentarista de lo que hay.
Pero lo más grave, en mi opinión, es que en el corazón de la Real Academia
Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal
fuente de autoridad. Durante tres siglos, la RAE entendió que la lengua se
establecía principalmente de abajo arriba, pero enriquecida, contrastada,
analizada y devuelta desde arriba hacia abajo mediante la literatura, el
pensamiento, la tradición escrita y el criterio de autores solventes cuya obra
demostraba excelencia, precisión y capacidad de perdurar. Hoy, en cambio,
entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir
dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa
jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal
escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a
la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o
trabajan la lengua con rigor. Se anteponen, más de lo necesario, los usos de
un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico mal traducido a la
obra de
Soledad Puértolas, Carlos García Gual, Juan Mayorga, José María Merino,
Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, José Manuel Sánchez Ron, Clara Sánchez,
Javier Cercas
y tantos otros académicos vivos o muertos.
La inversión de la autoridad lingüística
Tradicionalmente, los buenos escritores no se limitaban a utilizar la lengua
española: la afinaban. La literatura era un laboratorio de posibilidades
expresivas, de creación e innovación, pero sobre todo un espacio de autoridad.
Un uso reiterado en Cervantes, Galdós, Borges o Vargas Llosa tenía más peso
que mil ocurrencias bastardas o efímeras. La Academia observaba todo eso
registrando cuanto había, pero aconsejando utilizar lo mejor.
Don Manuel Seco, al que mi querido don Gregorio Salvador definió
como “el académico perfecto”, abrió siempre su
diccionario
al lenguaje popular y su evolución natural, pero nunca perdió de vista la
autoridad superior de los grandes escritores. Durante mucho tiempo —llevo 23
años en la RAE y he conocido otras épocas— los sucesivos directores de la RAE
incluido Darío Villanueva, el penúltimo de ellos, mantuvieron un
exquisito y útil equilibrio entre lingüistas y creadores. Hoy ocurre todo lo
contrario. Los debates lingüísticos —aquellas tradicionales papeletas de toda
la vida— han desaparecido de los plenos y se solventan en comisiones parciales
o con decisiones casi personales, ajenas al criterio general. En 2009, cuando
Ignacio Bosque iba a publicar su importantísima Gramática, todos los
académicos leímos, comentamos y discutimos durante mucho tiempo el borrador.
Hoy eso sería imposible: suele imponerse el hecho consumado.
Recuerdo con añoranza mi primera década en la Academia, en la que tardé años
en abrir la boca si no me preguntaban. Hoy están lejos los tiempos en que los
jueves suponían fascinantes discusiones de gran altura: lingüistas de
categoría como
García Yebra, Rodríguez Adrados, Manuel Seco, Gregorio Salvador, se
medían y enfrentaban en debates inteligentes, respetables y amistosos con
Camilo José Cela, José Luis Sampedro, Mario Vargas Llosa, Claudio Guillén,
Carmen Iglesias, Francisco Ayala o Castilla del Pino. Ahora, lamentablemente, el núcleo de lingüistas
al que la actual dirección confía las decisiones maneja con naturalidad y sin
apenas control, como justificación normativa, titulares periodísticos
redactados con descuido o usos masivos en redes sociales, aunque estos
contradigan principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente
asentados. La repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa.
Se confunde frecuencia con legitimidad, visibilidad con corrección. Y esta
inversión es muy grave, porque los medios de comunicación actuales —con pocas
y honrosas excepciones— ya no funcionan como filtros de calidad lingüística.
La presión del clic, la velocidad de publicación y la precariedad laboral han
erosionado el cuidado del idioma. Que la Academia tome ese material como
referencia prioritaria equivale a aceptar como patrón lo que antes habría
considerado síntoma de deterioro.
Una de las actitudes más discutibles, siempre en mi opinión, es que la RAE
apenas advierte ya con claridad del mal uso. Tiene verdadero miedo de hacerlo.
Antes, el diccionario y la gramática no se limitaban a indicar qué se decía,
sino también qué se debía o podía evitar. En el
Diccionario o fuera de él constaban marcas claras: incorrecto, impropio,
desaconsejado, vulgar… Hoy, esas advertencias se han atenuado o desaparecido,
sustituidas por fórmulas ambiguas: se documenta, se usa, es frecuente en la
lengua hablada. El problema no es admitir que un uso existe, pues la RAE está
obligada a registrarlo, sino elevarlo a la categoría de aceptable o correcto
sin un juicio crítico. Cuando se deja de señalar un error, el error ya no se
percibe como tal: el hablante pierde herramientas para distinguir entre el
descuido y el rigor, entre una solución pobre y una rica, entre una desviación
ocasional y una norma consolidada. Y de ese modo la Academia ya no corrige la
incorrección, sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se
imponga por cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora
al Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así,
la autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.
La marginación de los escritores solventes
Mientras tanto, como dije, la voz de los académicos escritores que por
naturaleza son creadores, trabajadores y especialistas del lenguaje, apenas
cuenta hoy en la RAE. Muchos de ellos, vivos o recientemente fallecidos, han
señalado errores, empobrecimientos y banalizaciones del idioma, sólo para ver
cómo el sector ahora dominante en la Academia —los talibanes del todo vale—
los ignora o trata como opiniones respetables, pero irrelevantes. Durante el
mandato del actual director —al que por otra parte se deben importantes
logros, como la labor panhispánica en América y la salvación económica de una
RAE asfixiada por el ex presidente Mariano Rajoy— se ha roto el vínculo
histórico, el respeto mutuo, el equilibrio al que antes aludía entre creación
literaria y técnica lingüística. Y esto es especialmente grave, porque los
escritores no solo conservan la lengua: la trabajan y proyectan hacia el
futuro. Son quienes exploran sus límites sin romper su coherencia. Prescindir
de su criterio equivale a amputar la dimensión estética e intelectual del
idioma, reduciéndolo a un mero instrumento funcional. La lengua sin autoridad
literaria se vuelve plana; y una academia que no escucha a quienes mejor la
manejan renuncia a dar esplendor en el sentido más profundo del término.
El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor, la Academia lo acepta,
y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al legitimar, los medios se
esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la corrección es irrelevante y
reproduce usos cada vez más pobres. Pero este empobrecimiento no es sólo
estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada piensa peor. La precisión
léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza expresiva no son adornos
superfluos, sino herramientas para comprender y describir la realidad. Cuando
la norma se rebaja, también se reduce la capacidad de pensar con claridad.
Decir que la Real Academia Española ya no limpia, ni fija, ni da
esplendor no es negar su utilidad, su hermosa y noble historia ni su
necesario futuro, sino prevenir una crisis. La lengua española no necesita
una policía autoritaria, pero sí una institución capaz de establecer
criterios, defender la excelencia y asumir que toda norma implica
incomodar a alguien. Sin limpieza no hay claridad; sin fijación no hay
estabilidad; sin esplendor no hay belleza.
Si la RAE no mantiene esa triple vocación, su lema será una reliquia retórica.
La Real Academia Española no perderá autoridad porque la lengua evolucione y
cambie; la perderá si continúa consagrando más el ruido que el pensamiento,
más el error y la vulgaridad que la excelencia. Privilegiar a periódicos mal
escritos y redes sociales sobre escritores solventes y tradiciones literarias
contribuirá a la pérdida de calidad del español. Mientras no practique la
valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la
autoridad superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor
escribieron y escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil
pero traidora a sí misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho.
Y una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por
renunciar a su grandeza.
• Arturo Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española, elegido el 23
de enero de 2003 para ocupar el sillón T.
Nota de Elcastellano.org:
Tal vez valga la pena recordar unos conceptos del célebre académico español
Manuel Seco (1928-2021)(*) sobre el papel de la Academia.
“La autoridad que desde el principio se atribuyó oficialmente a la Academia
en materia de lengua, unida a la alta calidad de la primera de sus obras,
hizo que se implantase en muchos hablantes, españoles y americanos —hasta
hoy— la creencia de que la Academia ‘dictamina’ lo que debe y lo que no debe
decirse. Incluso entre personas cultas es frecuente oír que tal o cual
palabra ‘no está admitida’ por la Academia y que, por lo tanto ‘no es
correcta’ o ‘no existe’.
En esta actitud respecto a la Academia hay un error fundamental, el de
considerar que alguien —sea una persona o una corporación— tiene autoridad
para legislar sobre la lengua. La lengua es de la comunidad que la habla, y
es lo que esta comunidad acepta lo que de verdad ‘existe’, y es lo que el
uso da por bueno, lo único que en definitiva es correcto”
Manuel Seco (Madrid, 20 de septiembre de 1928-16 de diciembre de 2021) fue
un lexicógrafo, filólogo y lingüista español, miembro de la Real Academia
Española. Es autor de dos obras capitales de la lexicografía de la lengua
castellana y su uso: el Diccionario de dudas y dificultades de la
lengua española y el Diccionario del español actual.
(*) Erratas de las fuentes (al momento de publicar el artículo en Cauce de Letras): Wikipedia en español escribe que Manuel Seco nació el 20 de septiembre de 1940, el sitio Biblioteca Virtual Cervantes que fue, correctamente, el 20 de septiembre de 1928. En Wikipedia en inglés, y en el resumen de datos a la derecha de Wikipedia en español, está correcto.
Elcastellano.org dice que Manuel Seco murió en 2001, sin embargo, el sitio web Biblioteca Virtual Cervantes y Wikipedia establecen que fue, correctamente, en 2021.


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